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¡Aquí no hay quien viva! La poesía de la precariedad de Las Víctimas Civiles cierra las Jornadas Críticas al Turismo Masivo de Alicante

29 de septiembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Mientras en la terraza de la sede del PCE de Alicante nos regocijábamos —porque a veces no queda otra— en nuestras propias penurias, a unos cientos de kilómetros… Madrid recuperaba una imagen que parecía archivada en otro tiempo: miles de personas se manifestaban por la crisis de la vivienda y, al terminar, parte de ellas plantaba sus tiendas en la Puerta del Sol. Una acampada que inevitablemente remitía a la utopía incumplida del 15-M.

La coincidencia tenía algo de guion perfecto – -como el de «La Bola Negra». Y con él… Las Víctimas Civiles cerraban el sábado las III Jornadas Críticas al Turismo Masivo con un concierto acústico mientras la vivienda volvía a ocupar plazas y conversaciones, que en el fondo es el fin de jornadas de reflexión y puesta en común como esta.

Pocas bandas han sabido convertir tan bien esa sensación de vivir permanentemente al borde de algo —del desahucio, del agotamiento, de la siguiente crisis— en canciones.

–«Aquí no hay quien viva» – gritó- y a mis 45 años me di cuenta de que, en realidad, nunca he tenido una ocasión real de comprarme una casa. Ni siquiera de imaginar seriamente que algún día podría hacerlo. Esa imposibilidad, que para parte de una generación ha dejado de ser una etapa transitoria para convertirse en una (jodida) forma de vida, encuentra en las canciones de Héctor Arnau y Las Víctimas Civiles una especie de banda sonora «incómoda».

Porque si alguien ha aprendido a poetizar nuestras derrotas contemporáneas son ellos…. Y por desgracia, Hace tiempo que su mensaje no se paseaba por Alicante. Las malas lenguas hablan de vetos institucionales; sea cierto o no, resulta fácil comprender por qué su discurso no siempre encuentra acomodo en programaciones demasiado prudentes. Las Víctimas Civiles no practican precisamente el arte de insinuar. Prefieren poner nombre a las cosas, exagerarlas, retorcerlas y devolverlas en forma de ironía.

Ahí están La autodestrucción o el humor y Dulce exceso del progreso. Dos títulos (los últimos de su colección de maravillas) que ya contienen buena parte del diagnóstico.

Cuando el punk se queda sin enchufe…

El formato acústico cambió necesariamente las reglas del juego. Faltaba esa base distorsionada que suele envolver las canciones y convertirlas en punk de la extrema pereza —o en canción política tocada por tipos que parecen haber llegado tarde incluso a su propia revolución—. Pero precisamente por eso las letras quedaron aún más en pelotas

Sin el muro eléctrico detrás, cada frase adquiría más peso. A Héctor Arnau, con ese valenciano orgullosamente macarrónico de sus «espeaches», le resulta complicado ejercer de poeta al uso. No tiene demasiada gracia escribir versos sobre florecillas y amoríos cuando el alquiler vence el día uno. Sus canciones hablan de aquello que quizá preferiríamos no encontrarnos durante nuestro tiempo de ocio: precariedad, especulación, consumo, trabajo, frustración, derrota política y esa idea de progreso que prometía hacernos libres y ha terminado instalándonos aplicaciones para pedir hamburguesas a domicilio.

Arnau recita, canta, provoca. Pau Miquel responde con unos coros que en algunos momentos sonaban casi como consignas que el público repite gustosamente.

Por momentos aquello tenía algo extraño: una pequeña terraza, unas cervezas en lata, palomitas como si estuviéramos en el cine y varias decenas de personas cantando sus problemas en común. Nada especialmente heroico. Y quizá precisamente por eso resultaba tan reconocible.

Alicante puede ser muchas cosas. Pero de revolución anda justa. Hay excepciones como esa revisión del whisky malo, con tortilla o vainilla en la terraza del PCE y, el día anterior, en el Tio Cuc, donde las jornadas habían planteado el debate entre turismo y patrimonio. Lugares diferentes unidos por una idea que atravesó todo el fin de semana: ante problemas que individualmente parecen inabarcables, queda al menos la posibilidad de encontrarse y hablarlos juntos.

No parece gran cosa. Quizá lo sea. Pero después de que a la manifa de hace una semana fuéramos cuatro gatos, uno no sabe si decepcionarse, volarse la cabeza, o volársela a algún hijo de puta especulador. Las Víctimas Civiles manejan especialmente bien esa contradicción entre derrota y celebración. Sus canciones pueden describir un paisaje bastante desolador y, unos segundos después, obligarte a corearlo levantando el vaso.

La verdad es que nunca debería asustarnos el progreso. Otra cuestión es preguntarnos quién decide qué significa avanzar y quién termina pagando la factura. De ahí que Dulce exceso del progreso funcione tan bien como título y como concepto: la modernidad puede venir acompañada de nuevos derechos y oportunidades, pero también de ciudades convertidas en escaparates, barrios que pierden a sus vecinos y calles cada vez más parecidas unas a otras.

La distopía contemporánea quizá no necesite coches voladores ni replicantes. Puede bastarle con llenar todas las esquinas de Starbucks y McDonald’s.

La coincidencia con lo que ocurría esa misma noche en Madrid añadió inevitablemente otra lectura al concierto. La acampada de Sol surgió después de una manifestación vinculada a la crisis de la vivienda y al desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que llevaba décadas viviendo en la misma casa. Las imágenes de tiendas de campaña regresando a la plaza despertaron inmediatamente comparaciones con 2011.

Desde la terraza alicantina era tentador bautizar aquello como 15-M 2.0, aunque todavía sea demasiado pronto para saber qué terminará significando. Y ahí estaba seguramente la mayor ironía de la noche: nosotros cantando sobre una realidad que, al mismo tiempo, estaba sacando de nuevo gente a la calle.

Aquí, no hubo grandes proclamas finales ni solución milagrosa. Sólo hubo canciones. Un concierto acústico que, precisamente por carecer de la violencia sonora habitual, dejó las palabras todavía más expuestas. Hubo risas cuando tocaba reírse y silencios cuando la ironía dejaba de tener tanta gracia. Hubo un público reconociéndose en frases que hablan de una precariedad demasiado cotidiana para resultar excepcional.

Y quedó también esa sensación incómoda de que “Víctimas Civiles” hace tiempo que dejó de parecer únicamente el nombre de una banda.

Las víctimas civiles pueden ser cinco sobre un escenario. O pueden ser muchas al otro lado…. Al menos durante un par de horas, en aquella terraza de Alicante, algunas de ellas estuvieron bastante bien avenidas. Y eso, en estos tiempos de egoísmos e individualismos, ya es un logro, mientras esperamos qué coño pasa hoy en el Congreso, y que hacemos después con toda esta poesía, cuando la decepción nos haga ver que, seguramente, se nos quedará corto, como el concierto, la fiesta, o los metros cuadrados de la casa en la que vivimos.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, conciertos top, Crítica Social, crónicas, en portada, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA, SOCIAL




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