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Argentina y la evidencia de que votar no es un capricho sino una responsabilidad

12 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Está bien desear un cambio. Es humano, incluso saludable. Pero convendría preguntarse —antes de depositar una papeleta con la ligereza de quien cambia de marca de teléfono— si ese cambio nos eleva o nos empuja hacia abajo. El Senado argentino ha aprobado una reforma laboral impulsada por Javier Milei que permite el despido libre y jornadas de hasta doce horas. Y su presidente celebró el resultado con un exultante “VLLC” en redes sociales. La libertad convertida en eslogan cabe en un tuit; sus consecuencias no.

Se habla mucho de libertad. Se la envuelve en celofán brillante, se la vende como derecho a consumir más, a pagar menos impuestos, a que nadie “te diga lo que tienes que hacer”. Pero la libertad no es una etiqueta en rebajas. Para ser libre hace falta tiempo, dignidad, salario suficiente, servicios públicos de calidad, derechos laborales que no se evaporen cuando cambia el viento político. Sin condiciones materiales, la libertad es solo una palabra bonita cuyas «consecuencias» sólo degustan ciertas minorías.

La reforma argentina llega tras una batalla parlamentaria y otra, literal, en la calle. Manifestantes heridos, detenidos, tensión en Buenos Aires. No es una metáfora: cuando se tocan los derechos laborales, se toca la memoria de generaciones que lucharon por ellos. Argentina tiene una larga historia sindical. Europa también. España, por supuesto. Y sin embargo, cada década parece necesitar que alguien recuerde que la jornada de ocho horas no cayó del cielo. Los derechos que se dan por garantizados son los primeros en retroceder. Y empiezan a hacerlo cuando se vota a gentuza que dice pensar en ti, como individuo, para que una vez aislado, te dejen en pelotas con una bonita y radiante bandera, eso sí.

Resulta curioso cómo muchos votantes abrazan discursos que prometen eficiencia y orden, sin detenerse a examinar qué modelo social hay detrás. En Madrid, la presidenta Isabel Díaz Ayuso ha hecho de la “libertad” una bandera constante. Pero la palabra cambia de significado según quién la pronuncie y qué políticas la acompañen. La ultraderecha la reduce con frecuencia a desregulación, a mercado sin contrapeso, a individuo sin red. No toda libertad amplía derechos; algunas los desmantelan. Y a los que ya no les gusta tanto el centro, usan esa libertad para corruptelas y colgar medallas a otros adalides de la paz ganada con trampas y mentiras que solo los necios sin capacidad crítica (mayoría por desgracia) se tragan.

En este punto es inevitable recordar Los santos inocentes, de Delibes. Aquella España rural donde la sumisión era norma y la dignidad, un acto casi subversivo. No es exagerado traerla aquí. La historia no se repite con el mismo vestuario, pero sí con la misma música de fondo: desigualdad aceptada, jerarquías naturalizadas, resignación aprendida. El pasado no vuelve idéntico; regresa disfrazado de novedad.

Hoy muchos delegan la reivindicación en otros. “Que lo arreglen ellos”, pensamos. Que el líder fuerte ordene, que el gestor audaz simplifique, que el outsider rompa el sistema. Pero quien se postula para hacerlo rara vez es neutral. Tiene intereses, alianzas, compromisos. Y no siempre coinciden con el estado de bienestar, el derecho a la vivienda o el principio de equidad. Nadie defiende tus derechos con más convicción que tú mismo.

Votar no es castigar a unos ni premiar a otros como en un concurso televisivo. Es elegir el tipo de sociedad en la que quieres envejecer, trabajar, criar a tus hijos. Es decidir si el mercado manda o si la política equilibra. Si la jornada se alarga o si el tiempo libre se protege. Cada papeleta es una declaración sobre qué consideramos irrenunciable.

Desear un cambio es legítimo. Pero conviene preguntarse siempre: ¿cambio hacia dónde? Porque cuando la realidad nos golpea —cuando la jornada es de doce horas y el salario no alcanza, cuando la vivienda es una utopía y el descanso un privilegio— ya no sirven los lemas. Entonces descubrimos que la libertad no era un grito, sino una responsabilidad. Y que la historia, si no la miramos de frente, encuentra la forma de repetirse. Así que mira a Argentina, que igual pronto eres tú el que recibe el palo en la calle.

Publicado en: noticias breves, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL, WORLD




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