• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal
Quefas

Quefas

  • INICIO
  • AGENDA
  • ¿DÓNDE ESTÁS?
    • ALACANTÍ
    • ALICANTE CIUDAD
    • ELCHE
    • L´ALCOIÀ
    • LES MARINES
    • VEGA BAJA
    • VINALOPÓ
  • ¿QUÉ BUSCAS?
    • ARTE
      • exposiciones
    • CINE
      • Cartelera de Cine de Alicante
      • estrenos
      • series
    • ESCÉNICAS
    • LETRAS
    • MÚSICA
      • EL BUEN VIGÍA
      • FESTIVALES
    • NENICXS
    • SOCIAL
    • TURISMO
      • GASTRONOMÍA
      • Rastros y mercadillos
      • Visitas
  • REVISTA
    • CRÓNICAS
    • DESTACADOS
    • NOTICIAS
    • NOTICIAS CULTURALES
    • OPINIÓN
  • CONTACTO
    • Contacta con nosotr@s
    • El mapa de la cultura alicantina.
    • Envíanos tus eventos
    • Envíanos tus novedades
    • Envíanos tus cartas al director
    • TARIFAS de quefas.es
  • RRSS y SUSCRIPCIONES

Candela, Secun y la belleza de lo que no tiene guion

6 de julio de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El 04 de julio, mientras Estados Unidos celebraba 250 de la declaración de «Independencia»… en el Teatro Principal de Alicante Candela Peña y Secun de la Rosa practicaban una forma de libertad mucho más interesante que la que promulga el gilipollas de Trump: subirse a un escenario con una camisa negra y un vestido cuadrado, sin la red aparente de un texto cerrado, sin la coartada de un personaje fijo, dos salidas diferentes y 90 minutos por delante.

En el programa de mano, Peña + Peña se presentaba como un espectáculo de improvisación, una charla sin filtros, un encuentro irrepetible entre dos intérpretes (amigos) que comparten anécdotas de cine, televisión y vida, y que responden a las preguntas del público. Pero definirlo solo así sería quedarse en la superficie. Porque lo que ocurrió en el Principal tuvo menos que ver con la mecánica del show improvisado que con la construcción, a golpe de memoria, humor y desvíos emocionales, de un pequeño territorio común entre escenario y patio de butacas.

Toda comedia tiene un contrapunto dramático. O quizá es que no siempre una se puede reír de todo en esta vida sin que, en algún momento, algo te abra una grieta existencial por dentro. Hasta el punto que la velada terminó con una imagen de una enorme potencia escénica: el escenario fundido en negro y un foco de recorte alumbrando a Candela Peña. -“Solo quiero llorar, Secun”-, decía. Y en esa frase, casi lanzada al borde del apagón, se condensaba buena parte del sentido del espectáculo: la risa como punto de partida, sí, pero también como antesala de una emoción más honda.

Entre dramas y comedias, la performance nos recordó que siempre debería quedar tiempo para un abrazo, un vino o una conversación distendida en la que contar anécdotas sin un móvil grabando, obviamente. Porque, como los cuentos populares, hay historias que nunca acaban de escribirse del todo: se matizan, se deforman, se engrandecen o se desnudan cuando alguien las vuelve a contar. Y quien las tiene y las puede contar con gracia es, sencillamente, porque ha vivido cosas.

Candela Peña y Secun de la Rosa son amigos. Se nota. Y saben moverse en ese lugar inestable donde lo aparentemente casual requiere oficio. En su complicidad hay escucha, ritmo y una naturalidad que no excluye el cálculo teatral. La noche avanzó entre recuerdos, digresiones, preguntas del público y pequeñas estampas que iban apareciendo como si salieran de una urna emocional más que de un recipiente escénico.

La urna, de hecho, no dio tanto de sí como en Donosti… O quizá sí, porque no siempre las preguntas importan tanto como las derivas que provocan. Hubo Begoñas, Josés, amigas de Candela entre el público, chapas con la imagen del mural de LKN, guiños a obras y nombres que iban activando capas de memoria compartida. No hay que contestar a todo. A veces, basta solamente con desenterrar los Samarcandas que todas llevamos dentro.

También hubo espacio para los homenajes. Apareció el recuerdo a Marisa Paredes y a su «Óscar» (alado) enterrado en un macetero de una plaza de Madrid, y con él esa forma tan particular que tiene el teatro de convocar a los ausentes sin solemnidad impostada. Hubo anécdotas, mojones, risas y una evocación de El cover, aquella película rodada en Benidorm con la que Secun de la Rosa miraba al mundo de los artistas como quien mira un circo ambulante lleno de precariedad, deseo y belleza. En Alicante, por fin, parecía haber encontrado de nuevo ese circo de los famosos que un día vino a buscar. Esta vez, al menos, no estaba colgado en las alturas rodando un corto, como cuando volvió a ver a su amor platónico del instituto.

Es un crack. Y su naturalidad, «peleada» con la exposición mediática de Candela Peña, le hizo sobresalir, si cabe, más. Porque a estas alturas, aparte de salirle de cojones, el papel de maricón, muestra sin reparo el resto de sus talentos, que son muchos.

Y así, supongo que uno descubre que el espectáculo funciona cuando acepta su propia naturaleza dispersa. No busca una progresión dramática convencional ni una arquitectura cerrada. Su interés está precisamente en la acumulación de materiales vivos: la anécdota que se convierte en confesión, la broma que roza el pudor, la autopromoción irónica —ahí quedó la mención a la próxima serie de Secun, Veredicto—, el recuerdo cinéfilo, la pregunta incómoda, la respuesta que se esquiva y el silencio que, de pronto, pesa más que el chiste.

Hay en Peña + Peña una reflexión involuntaria —o quizá muy consciente— sobre la edad, la exposición y la belleza. Ahora que me estoy acabando «A cuatro patas», de Miranda July, me resulta más fácil entender que la belleza no está necesariamente en la carrera, ni en un vestido cuadrado, ni siquiera en llenar por completo el viejo Teatro Principal. La belleza, aquí, estaba en otra parte: en ser lo bastante moderno como para apagar el móvil durante dos horas, mirar a dos intérpretes jugarse algo en presente, reírse sin grabarlo todo, dejarse ver desfilando por el centro de las butacas y preguntarse, aunque sea de forma fugaz, cómo respondería una misma a esa vida sin guion.

Candela Peña y Secun de la Rosa no ofrecieron una función perfecta en el sentido tradicional del término. Tampoco parecía ser esa la intención. Ofrecieron algo más frágil y, por momentos, más valioso: una velada sostenida sobre la presencia, el oficio y la confianza en que el público también sabe habitar lo imprevisto. La libertad, por un lado, y el teatro – como el de Chejov o Shakespeare – .

Porque Peña + Peña, como la vida que invoca, no tiene apuntadores. Y quizá por eso, cuando al final Candela Peña quedó sola bajo la luz diciendo que solo quería llorar, el espectáculo encontró su verdad más nítida: detrás de toda risa que merece la pena siempre hay alguien intentando no romperse del todo.

Porque aunque no nos tomáramos el sugerido vino colectivo, fue un placer rompernos, y reirnos juntos durante casi dos horas.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, en portada, ESCÉNICAS, noticia cultural, noticias breves, REVISTA Etiquetado como: teatro, Teatro Principal de Alicante




Síguenos en whatsapp
Síguenos en Telegram

Entradas recientes

  • José Antonio Fontal Álvarez inaugura en La Barbera la muestra fotográfica ‘Al margen de lo común’
  • Gastro Cinema abre la convocatoria de cortometrajes para su 8ª edición
  • Jazz mil… una forma maravillosa de celebrar 30 años de vida y buena música
  • Recomendaciones para la alerta amarilla por altas temperaturas
  • El mercado de artesanía de verano abre en la Playa de San Juan hasta el 6 de septiembre

Interacciones con los lectores

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quefas © 2026

X