
Hay algo profundamente estimulante —y necesario— en ver cómo el tejido audiovisual de territorios cercanos decide dejar de mirarse de reojo para empezar a trabajar en común. La colaboración entre regiones no es solo deseable, es imprescindible para construir una industria sólida. El Foro de Coproducción del Festival de Cine de Alicante, que conecta a la Comunidad Valenciana y Murcia, apunta en esa dirección: menos compartimentos estancos, más circulación de ideas, recursos y talento.
La imagen es potente. Estudios como Ciudad de la Luz convertidos en punto de encuentro, televisiones públicas implicadas, asociaciones de productores alineadas, proyectos en desarrollo buscando aliados. El ecosistema parece, por fin, organizado en torno a una idea de industria compartida. Y, en efecto, sin industria no hay cine sostenible, ni continuidad, ni tejido profesional que aguante más allá de la épica de cada rodaje.
Pero conviene no quedarse solo en la foto. La construcción de industria no puede limitarse a la escenografía del encuentro profesional. Porque junto a esa voluntad de colaboración —que merece ser celebrada— aparece también una sensación que el sector conoce bien: la de que estos espacios, a menudo, funcionan como círculos relativamente cerrados.
Diez proyectos seleccionados, agendas de reuniones, networking dirigido… dinámicas que, sin un criterio transparente y exigente, corren el riesgo de convertirse en un ecosistema endogámico donde siempre orbitan los mismos nombres. Sin apertura real, la industria se convierte en un circuito cerrado que se retroalimenta sin crecer.
Y ahí es donde está el verdadero reto. No basta con conectar profesionales: hay que garantizar la calidad, la diversidad y la renovación del talento. Si de verdad se quiere construir industria, no basta con reunir profesionales en un mismo espacio ni con invocar la palabra “sinergia” como mantra. Hace falta algo más incómodo: criterio.
Criterio en la selección de proyectos, en la apertura a nuevas voces, en la capacidad de detectar talento fuera de los circuitos habituales. El criterio es lo único que puede evitar que la coproducción se convierta en un intercambio de favores con apariencia de estructura industrial.
El cine —también el que se hace desde lo local— necesita músculo, sí, pero también necesita riesgo, diversidad y una cierta porosidad. Sin riesgo ni diversidad, no hay evolución posible. Que entren otros relatos, otras miradas, otros equipos que no formen parte del mapa habitual. De lo contrario, el modelo puede consolidarse… pero sobre una base limitada.
La alianza entre territorios es una excelente noticia. Ahora bien, si ese espacio compartido no se abre lo suficiente, si no cuestiona sus propios márgenes, puede acabar pareciendo más un coto que un ecosistema. Y el cine, si quiere ser industria de verdad, no puede funcionar como un club cerrado.























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