
Las historias se escriben a base de experiencias. Para que sucedan tienes que salir de tu supuesta zona de confort, de tus deshoras de padre divorciado o de la soledad social que uno reinventa entre parques, ideales y nuevas amistades.
El sábado, fue como si alguien, en algún punto del calendario, hubiera decidido devolverme —sin previo aviso— a una versión de mi mismo que creía archivada entre facturas, grupos de WhatsApp del cole y planes de domingo por la mañana.
La Sala Marearock tiene algo de máquina del tiempo. No por nostalgia impostada, sino por la honestidad que allí se huele desde el primer momento que la pisas. No voy todo lo que debería – lo reconozco- pero las cosas siguen donde tiene que estar: la barra funcionando sin heroicidades, el sonido claro, la gente entrando sin postureo… Viña —la «cabeza pensante» del garito— me lo dijo nada más verme: “ya era hora de que te dejaras caer por aquí”. Y tenía razón. Lo que pasa es que los barrios, las custodias compartidas y la nocturnidad… no siempre son compatibles con ser un señor de cuarenta… y alguno… que aún cree que prefiere las matinales… aunque luego más que una verdad, salir de día sea una puta forma de resignación más.
Porque uno no puede ocultar lo que es. Ni dónde se siente en casa, aunque mis camisetas sean de grupos de otras épocas…
Tras una buena tarde de patxaranes y una cena de Falafel con conversación, llegamos justo a tiempo para ver como Ferretería Rosario abrían la (media)noche. Para quien no los conoce, el concepto es simple: un Power trío de la Marina, salvaje y divertido, con ese punto garajero que no sabes si has descubierto en un escenario o perdido en esas fiestas en Gata, La Mistelera o Pedreguer a las que a veces te escapas. Lo suyo más que nostalgia es inercia vital. Todo suena a sartenazo, a tuerca perdida y a sudor compartido. Así que el nombre les viene al pelo. Hay algo profundamente reconocible en su caos, como si el punk-rock de aquí —el de siempre— estuviera atornillado a su manera de tocar. Y funciona. Siempre funciona y sienta bien. Eso sobre todo.
El público presente responde con esa mezcla de cercanía y desorden que no se puede ensayar. Camisetas negras, a juego con la de Black Flag, muchas miradas cómplices y esa sensación de que, aunque hayan pasado décadas, seguimos sabiendo exactamente dónde colocarnos cuando empieza el ruido. Incluso cuando son demasiado jóvenes para que los conozcas.
Crim no tarda en salir… Presentan temas de su flamante Futur Medieval mezclados con clásicos de su repertorio, y lo hacen como lo hacen todo: sin complicaciones, sin artificio, con una intensidad que no necesita explicación. Si fueran de California, estaríamos hablando de ellos en términos de NOFX o Pennywise, pero son catalanes, y eso —lejos de restar— suma una capa de verdad que no se puede exportar.
Crim no posturean escenas, escupen su realidad mientras las celebran y las comparten. Simplifican el arte del directo hasta dejarlo en lo esencial. Saben lo que hacen, saben lo que tienen entre manos y lo convierten en una comunión que, por momentos, parece más política que musical. «Una cançò i una promesa» en la Alicante de Barcala y Les Naus, suena a declaración de intenciones; las partes reinventadas del disco del 2015 se quedan como esa cara B que te remueve por dentro cuando ya creías haberlo visto todo.
Cien personas berreando al unísono en una ciudad que muchas veces parece ir en otra dirección secundan la propuesta. Y, entonces piensas para ti —sin decirlo en voz alta— que algo de todo esto sí ha tenido sentido. Que las pequeñas resistencias, los espacios como Marearock, la gente que se deja la piel gestionando salas con precios populares y una ética clara, forman parte de una red que sostiene algo más que conciertos.
Aguantan una forma de estar en el mundo. Como eso que algún día imaginamos en el efímero Consell de Cultura y que ahí queda suspendido en el tiempo… esperando su momento. Porque mientras unos prometían, otros —como Viña, como los del Euterpe, como tantos militantes de barrios— decidieron hacer. Día a día. Sin titulares. Y currando, que es lo que, en realidad, cambia las cosas.
Y supongo que por eso y por muchas otras cosas, aquí seguimos un sábado cualquiera de marzo en una sala oscura repleta de ruido, sudor y coherencia. Porque hay decisiones pequeñas que dicen mucho de quién eres, incluso cuando creías haber cambiado.
Al salir, ya de madrugada, hay algo extrañamente familiar en el cansancio. No es el de antes, claro. Ahora pesa más. Pero tiene un aire conciliador que en la parte de atrás del coche de Javi recuerda cuales son tus ideales, qué los forjó y qué representa una camiseta negra y el punk rock en tu vida. Así que quizá, no hemos vuelto del todo, porque vivir esto… así… evidencia que, de alguna manera… nunca nos fuimos.
Y que volveremos.























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