
Hubo un tiempo en el que el Festival de Cine de Sant Joan d’Alacant no necesitaba disfraces para existir. Tenía algo mucho más difícil de conseguir: criterio. Era un festival respetado, coherente, con una identidad clara que no se construía en una semana, sino durante todo el año. Porque aquello no era solo una cita en abril, era una red viva: una filmoteca activa, un trabajo constante con institutos, una conexión real con la industria que llegaba hasta los Premios Goya.
Y eso se notaba. En la selección de cortos, en el jurado, en el cuidado extremo de cada detalle. Tenían un canal de Youtube increíble, a web estaba actualizada —algo casi revolucionario—, el diseño era impecable y los carteles de cada edición eran acontecimientos culturales en sí mismos. Incluso el trato a los medios era ejemplar, algo que, en este ecosistema, ya roza la ciencia ficción. Todo respondía a una idea: el cine como eje, como lenguaje, como compromiso con el territorio.
Pero algo se rompió… Desde la salida de Toni Cristóbal, el festival parece haber entrado en esa deriva tan contemporánea donde la forma sustituye al fondo y el ruido sustituye al discurso. El dinero ya no se invierte en fortalecer lo que hacía único al festival, sino en una colección de actividades satélite que pueden ser vistosas, incluso simpáticas, pero que desvían el foco de lo esencial.
Este año, sin ir más lejos, abril será “el mes de la Fuerza”. Desfiles imperiales, talleres “galácticos”, conciertos temáticos, concursos de escaparates. Todo muy reconocible, muy fotografiable, muy compartible. Pero también profundamente superficial. ¿Dónde queda el cine? ¿Dónde el riesgo, la mirada, la selección cuidada de cortometrajes que daban sentido a todo lo demás?
No se trata de demonizar lo lúdico. Un festival puede —y debe— ser abierto, accesible, incluso festivo. El problema aparece cuando las “tonterías” dejan de ser complemento para convertirse en el centro. Cuando el continente se come al contenido. Cuando una rueda de prensa la protagoniza un personaje antes que una programación.
Porque entonces ya no estamos hablando de un festival de cine. Estamos hablando de otra cosa.
Lo preocupante no es solo la pérdida de nivel —que también—, sino la pérdida de dirección. Se ha abandonado un modelo que funcionaba, que generaba prestigio y que situaba a Sant Joan en el mapa cultural, para sustituirlo por una agenda que podría pertenecer a cualquier evento genérico de primavera. Sin identidad. Sin relato. Sin ambición.
Y mientras tanto, los cortos —que eran el corazón del festival— quedan relegados a una franja horaria correcta, funcional, casi administrativa. Como si fueran un trámite. Como si el cine fuera ahora lo secundario.
Quizá el problema no es exclusivo de Sant Joan. Quizá es una tendencia más amplia: llenarlo todo de estímulos para no tener que sostener una propuesta sólida. Mucha actividad, mucha foto, mucho impacto inmediato… y muy poca memoria.
Pero convendría recordar algo básico: sin contenido, no hay proyecto. Sin criterio, no hay comunidad. Y sin respeto por lo que se construyó, solo queda una carcasa brillante que, con el tiempo, acaba por vaciarse.
El Festival de Cine de Sant Joan no necesitaba la Fuerza. Ya la tenía. Y era mucho más interesante.




















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