
No… no es que tocaran Los Planetas (por desgracia…) pero el segundo día de Low empezó con una odisea, nada que ver con la peli de Nolan, ni con la espacial de Kubrik, ni con una canción, ni con una cerveza tibia, ni con esas carreras absurdas que hacemos de un escenario a otro.
El sábado debería haber empezado con mala gestión, y en cierta manera así fue. En minúsculas: la derivada de un autobús averiado, dos horas detenidos junto al motor y una inesperada visita turística por un polígono industrial de Alicante.
Cuando la vida te pisa, tienes dos opciones: enfadarte o pedir un café en la sala de espera de un taller mecánico.
Elegimos el café…
Y también el humor, porque pocas cosas unen más que compartir una desgracia menor con desconocidos. Durante un rato, aquel grupo que sólo pretendía llegar a un festival se convirtió en una pequeña comunidad atrapada entre elevadores, neumáticos y olor a aceite.
Unos se pillaron un Uber…pero se perdieron el vínculo que crea adaptarse a la situación. No hace falta saber el nombre de nadie. Basta con mirarse cuando vuelve a fallar el motor y reírse por no llorar.
Me perdí un concierto. Seguramente, el que más me apetecía ver, el de Mala Gestión (este sí, el grupo). Pero más allá de la «broma», que parece escrita por un guionista cabroncete, la realidad es que uno va a un festival para vivir cosas diferentes y, técnicamente, pasar dos horas junto al motor de un autobús… también lo es.
Además, este domingo se cumple un año desde que me quedé sin coche. Por eso es inevitable pensar que hay días que parecen escritos para recordarte que el universo tiene sentido del humor. Malo, a veces, pero lo tiene.
Acabada la odisea, llegamos a tiempo para ver el final del concierto de Alcalá Norte.
La banda madrileña volvió a hacer lo que sabe: ruido, épica de barrio, una bota de vino y miles de personas esperando “La vida cañón” como si fuera un himno generacional escrito hace décadas y no una canción que todavía huele a nuevo.
Entiendo que llegando de un taller, es inevitable ser más consciente, si cabe, de que vivimos inmersos en la ansiedad y ya no sabemos esperar. Pero este show, tal cual, lo hemos visto quince veces en un año. La misma liturgia, los mismos gestos, la corona, «la calle Elfo» y un repertorio al que se le empiezan a notar las costuras de tanto estirarlo. No es culpa de las canciones. Es la velocidad con la que ahora consumimos todo, incluidos los grupos que nos gustan.
En el bus vine hablando sobre que los Rolling en 50 años han tocado 30 veces en España. Y ahora hay bandas que te encuentras (exagerando) 30 veces en un año. Quizá el problema no sea Alcalá Norte. Tal vez seamos nosotros, o el modelo, que nos hemos acostumbrado a que en 2 años quieres descubrir, elevar a los altares, exigir y esperar que cuando este año saquen el segundo disco, todo esté a la altura de eso. Y es una discusión que habrá que tener algún día, cuando se vuelva a joder otro bus, supongo.
La Paloma ya ha pasado por eso, con «un golpe de suerte» – el disco que les encumbró… que diría si fuera el típico cronista. Pero con ellos tengo una dualidad que hace que – para variar – casi me guste más escucharlos en casa que verlos en directo (con lo que yo soy del sonido crudo en vivo…)
Son jóvenes. Tienen canciones, actitud y una cara rockera que resulta mucho más atractiva cuando se olvidan de agradar. Su parte más áspera, las guitarras abiertas y esa sensación de que algo puede romperse son mucho más interesantes que los momentos en los que rebajan el pulso y se acercan a la balada – esa que en casa yo me salto, y ante el escenario, no puedo-.
Mi duda es si esas dos caras son compatibles, o si es una cuestión de personalidades, o es algo que hacen conscientemente y por que quieren. Si es así… perfecto. Crecer también consiste en probar todo eso delante del público y en descubrir qué parte de ti es realmente tuya y cuál has construido pensando en la reacción de los demás.
La frescura estaba ahí eso es innegable. Igual que el talento, el «esfuerzo honesto» o «la edad que tengo». Pero yo no estaba para eso, al menos, esta vez.
Y con ese panorama, tengo la sensación de que los que me sacaron, de verdad, del motor del autobús fueron The Hives. Durante la primera parte del concierto todavía quedaba demasiada luz. A sus trajes iluminados les faltaba oscuridad para convertirse en el espectáculo que prometían. Pero daba igual. Pelle Almqvist no necesita que el escenario le ayude. Él mismo es el escenario.
Tiene veinte años más que entonces, pero sigue siendo el puto rey del show. Ya no se sube por los andamios —la edad también consiste en aprender qué huesos no merece la pena romperse—. Lo que no quita para que sude como un pollo, lance bafles, golpee Coca-Colas, salte, se retuerza y recorra las tablas con un traje convertido en una sauna sueca portátil. Llevar aquello durante una hora, en agosto y en Torrevieja, debería considerarse deporte extremo.
Pelle habla, provoca y convierte cualquier silencio en una ofensa personal y luego le acompaña una tormenta de hits («Hate to say I told you so», «Come on», «Tick Tick boom») que hacen que la hora y poco, aparte de espídica sea más que divertida.
El tipo se descojonaba en su español de Duolingo diciendo que a los suecos les gusta Benidorm, pero que esa noche están en “Torrejoven”, porque Torrevieja, «tu puta maaaadre». Después ordena gritar a las «señoritas», a los «señores». «Nunca silencio». Nunca una pausa que no pueda transformarse en espectáculo.
Y hay algo muy serio en todo eso.
The Hives hacen música para un garito oscuro: un riff de Telecaster, un bajo repetitivo, un tupa-tupa de batería y gritos. Nada que no estuviera inventado antes de que ellos nacieran. Los Sonics ya enseñaron que, con tres acordes, suciedad y un alarido bien colocado, podía bastar.
Pero luego aparece la magia.
Un riff sencillo no es necesariamente un riff fácil. Una nota puede sostener un concierto entero cuando quien la toca sabe por qué está ahí. The Hives llevan décadas demostrando que el rock no siempre necesita evolucionar. A veces basta con ejecutarlo como si acabara de ser descubierto.
Pelle pidió que no permitiéramos que aquella fuera la última vez. Y creo que deberíamos hacerle caso.
Por eso, mientras Love of Lesbian reunía a una multitud en uno de sus últimos conciertos antes del «parón», el Escenario Radio 3 ofrecía una realidad paralela.
Los Chivatos tocaron como si un gaztetxe hubiera aparecido de repente en medio de Torrevieja.
Guitarras grunge, letras afiladas recitadas y un público que no necesitaba grandilocuencia para justificar estar allí. En un momento dado, el bajista terminó con el instrumento sobre la cabeza. Cerca, alguien lucía una camiseta de Oyarzabal – una risa por el parecido razonable que el máximo goleador de la roja tiene con el cantante…» más retro, supongo, que la de Matthäus y Gullit que llevaban otros espectadores unas filas atrás.
Hay veces que lo fácil es preguntarse por qué alguien está viendo a Los Chivatos cuando podría estar ante Love of Lesbian. Pero cada uno se educa —o sobrevive— dentro de su propio ecosistema y el Escenario de Radio 3, es lo que propone abierta y claramente. Lo que toda la puñetera vida ha sido esto: Descubrir, rodearte de gente – como la del bus – que igual no vas a conocer nunca, pero que te podrían caer bien, y disfrutar. Mucho además.
Unos necesitan una producción enorme, canciones generacionales y miles de voces cantando al mismo tiempo. Otros buscan una sala imaginaria, sudor, distorsión y la posibilidad de que el concierto se desmorone en cualquier momento. Volviendo a lo importante, los Chivatos parecen nuevos, pero ya tiene 3 díscos, el último «pulpa» muy bueno, por cierto. Tanto que se les quedó pequeño el sitio. Lo que demuestra que no existe una elección superior, ni mejor. Solo tu puto gusto expresándose. Eso y unas cuantas tribus diferentes compartiendo recinto.
Y puede que a mí me pase exactamente lo mismo. Critico las lealtades ajenas mientras protejo las mías con la misma intensidad. Y eso es más fácil con temas como «skol», «oro» o «desplázate o corre».
Y como dice esta canción… » a gusto estoy» y ahí nos quedamos de cháchara esperando a que llegaran los Nuevos Vicios.
Un sonido obsesivo es lo que ofrecen estos cuatro chavales. Han escuchado mucho rock alternativo de los 90. Parece simple, pero no, juegan en esa mezcla de melodías pop, con estribillos que se te quedan toda la puta noche en la cabeza como el de «rara vez» o del de «Gravedad cero».
Además, su concierto nos permitió recuperar al menos una parte de aquello que el autobús nos había robado. Mala Gestión apareció en una colaboración y, durante una canción, el círculo se cerró.
No vimos un concierto entero de ellos, pero al menos los vimos suceder y poner en valor el «sonido Valencia» – no confundir con lo de Paco Pil – , que estaba más que bien representada por ellos, La Plata, y las reminiscencias y herencias palpables de Cuello, Betunizer, Antiguo Régimen…
En los festivales uno aprende que perderse algo forma parte del recorrido. No existe el itinerario perfecto. Siempre hay un solapamiento, una avería, una cola o una conversación que se alarga más de la cuenta.
Pero si no pasa, es porque se suple por otras luces que alumbran diferente. Y muchas veces lo que no estaba previsto termina explicando mejor el día que aquello que habías marcado con un círculo en el cartel.
Y otras veces, te pasas a ver a Editors y te das cuenta de que todo suma, pero que no toda la nostalgia es buena. Porque a veces, con los años se pierde la frescura, o lo que hace que un temazo como «Munich», «Papillon» o «an end has a start» pasen de hit indiscutible, a banda sonora de otra época. Y ojo, que aunque cuando nos vamos haciendo viejos pensemos que cualquier tiempo pasado fue mejor, es bueno encontrar matices para especificar en qué sí, y en qué hemos salido ganando.
Así que, con ese sabor agridulce a juego con las canas imperantes a esas horas… Dedidimos que de broche de oro, íbamos a acabar el sábado dando rienda suelta a nuestro amor platónico por La China Patino.
Lo que hace Cycle lleva décadas inventado: sintetizadores, distorsión, electrónica y rock. Nada de eso es nuevo. Sin embargo, el toque que ella imprime a una fórmula aparentemente sencilla sigue siendo brutal.
La China no entra en un escenario. Lo llena. Es una declaración en si misma. Pasan los años y la cabrona mantiene ese atractivo extraño, feroz y único. Puede comerse todo lo que tiene delante con una mirada provocadora desde la tarima. No necesita correr de un lado a otro, como el de los Hives, ni exigir al público que levante las manos. Le basta con estar ahí, con su vestido sin planchar y clavando los ojos en la multitud como si supiera algo que los demás todavía no hemos descubierto.
Cycle volvió a demostrar que el carisma no se programa. Pero los autobuses sí. Y el último salía a las 04.30h, así que cogí de la mano a mis dos nuevos amigos, y seguimos la conversación de los loops, las pinchadas, la música que no vamos a ver en estos festivales… y la vida, que dejamos a medias el día anterior.
La sensación final, es que en este remozado Low, hay gente con más criterio, mucho, aunque no sea el nuestro siempre. Y eso es bueno, creo, porque como decía mi abuelo, en la discusión (con gente sabia) está el principio del aprendizaje.
Además, entre motores averiados, nombres nuevos en nuestra agenda de contactos y bandas pendientes de escuchar está más claro por que alguien se permite el lujo de ver a Los Chivatos en vez de a Love Of Lesbian, el sentido de la balada de La Paloma o quien se sienta a comer, o pasa de ver a Ultraligera o a Ojete Calor… y por qué.
Cada uno busca en un festival algo distinto. Un recuerdo, una canción, una descarga, algo que te sorprenda o simplemente un lugar donde no pensar durante unas horas. O pensar, por fin, que tampoco es malo ¿no?
Pues eso…
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