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El viernes y el arte de aceptar que la fiesta ya no siempre es nuestra

3 de agosto de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Creo que, para contar la historia del primer Low Festival en Torrevieja, hay que empezar por Fangoria. No porque fueran los primeros en tocar, que no lo fueron. Ni siquiera porque ofrecieran el mejor concierto de la jornada, que tampoco. Hay que empezar por ellos porque, mientras Alaska se preguntaba si todo aquello era una comedia, una tragedia o directamente una mentira, una luna a medias vigilaba desde el cielo a las 15.000 personas que estrenaban el nuevo recinto del Parque Antonio Soria de Torrevieja.

Y allí, apretando el culo, comenzó nuestra propia pelea existencial…

Porque mudarse también es esto. Llegar a un lugar nuevo y buscar bajo el sol implacable de la Vega Baja dónde han colocado aquello que antes conocías de memoria. Calcular las distancias, localizar las barras, decidir qué escenario merece el esfuerzo y asumir que, por mucho que el festival conserve el nombre, ya no estamos en el mismo Low.

Ni nosotros somos exactamente los mismos…

La tarde había arrancado en el Escenario 3. Eso no ha cambiado, sigue siendo el santo y seña de la esencia del festival, el sitio que no falla. Como muestra, la apertura del día con Perro, que esta vez ladró solo la mitad de lo que acostumbra porque Aarón no llegó a la cita.

Se echa de menos la segunda batería, pero siguió siendo fiel a su condición de animal libre. Los murcianos volvieron a demostrar que pueden mezclar post-punk, ruido y humor sin pedir permiso ni ofrecer demasiadas explicaciones. Un concierto todavía bajo el sol, cuando el recinto comenzaba a reconocerse a sí mismo y el público buscaba su sitio.

Además, fue divertido, ver el show al lado de tres tíos que llevaban camisetas de Karpin, Finidi y Hasselbaink…. solo faltaron la Reina de Inglaterra y la popera (guiño, guiño)

Después de ese despliegue de adrenalina llegó Rufus T. Firefly, haciendo que el calor pareciera parte de la escenografía. Su psicodelia fue creciendo sin aspavientos, envolviendo el escenario hasta construir uno de esos conciertos que no necesitan obligarte a mirar porque, sencillamente, consiguen que dejes de hacerlo hacia otro lado. En un festival todavía empeñado en demostrar el tamaño de sus escenarios principales, Rufus recordó que la intensidad no siempre se mide en metros de pantalla.

Y mola eso de que sepan qué traje corresponde a cada escena que protagonizan. Y en Marmarela, hace unos meses, fue una cosa consciente y apta solo para fans de verdad. Y el viernes, en cambio, tuvieron los santos ovarios de demostrar que un bucle más digno de Woodstock que de un «festival de gafapastas» cabe en esta sucesión de escaparates de coronas de flores y outfits poperos. La nebulosa Jade impregnó hasta el más simple de los presentes y en «todas las cosas buenas» hay hueco para el salto, la fe, el berreo, la paz y el principio de todo, dejándote con ganas de más.

Estar al nivel de eso, era complicado, pero la primera gran sacudida emocional con la noche oscureciendo el recinto, llegó con Iván Ferreiro.

Su gira Hoy x Ayer celebra 35 años de canciones, aunque lo ocurrido en Torrevieja tuvo más de excavación arqueológica que de aniversario. Si aquellos hermanos fueron un día Piratas, ahora somos nosotros quienes desenterramos sus tesoros. Canciones que quizá no poseen para las generaciones más jóvenes el valor casi sagrado que conservan para quienes llegamos a ellas con el capítulo empezado, pero que siguen teniendo la capacidad de abrir habitaciones y percepciones que creíamos cerradas.

Los que nos enamoramos del personaje aprendimos a utilizar toda aquella oscuridad para sobrevivir. Para entender que el amor podía existir después del naufragio, más allá del abordaje y, muchas veces, incluso más allá de nosotros mismos.

Iván Ferreiro y su banda no ofrecieron únicamente un repertorio. Entregaron una memoria compartida. joyas como Extrema Pobreza, Hoy por ayer, Muertos, Inerte, M, Te echaré de menos, o El equilibrio es imposible. Que no sólo recordamos, sino que nos conceden el lujo de rejuvenecer por un rato, para volver a aquel Garito en Ilumbe con el Ubago jugador de billar, el bar que destapaba la esencia de «Ultrasónica» mientras te servían el primer café con Baileys, o aquellos discos de recopilaciones de la Rockdelux que todavía guardamos por ahí.

Los siguentes que aparecieron en el escenario Vibramahou fueron Fangoria.

La máquina de éxitos funcionó como siempre para quien tenga todo eso que he contado de Iván Ferreiro con la historia de Fangoria. Esas que bailando a nuestro lado definían todo esto como precisa, brillante, exagerada y consciente de su propia condición de monumento popular. Hasta fuegos artificiales hubo, con coreografías y canciones que ya forman parte de una educación sentimental que comenzó con la Bruja Avería, pegamoides y Dinarama y terminó atrapada en un presente gobernado por los algoritmos.

“Yo me eduqué con la Bruja Avería y ahora lo único que me llegan son opiniones de mierda de gente más preocupada por tener más ‘likes’ que por aportar algo a la sociedad”.

Podría ser la frase del día. Porque a estas alturas parece mucho más fácil conseguir corazones por ser guapo que por decir la verdad. Y la conversación en si misma, fue bastante más entretenida que el show manido que Alaska y compañía repiten hasta el puto aburrimiento.

Supongo que Fangoria juega con eso de que la nostalgia es un negocio, pero también que una fiesta solo existe donde uno decide bailarla. Mientras sonaba “A quién le importa”, el cielo de Torrevieja se llenó de pólvora y lueces. Luego llegó “Ardiendo” y, esta vez sí, una parte de Madrid ardió frente al Mediterráneo.

Aunque también aparecieron momentos extraños. Escuchar “Héroes”, de Bowie, dentro del repertorio despertó cierta sensación de programa de homenajes póstumos. No es que una le desee nada malo a Alaska —faltaría más—, pero convendría revisar cuánto pasado puede soportar una sola actuación antes de convertirse en su propio funeral (artístico, obviamente).

Y ahí regresó la pelea.

A veces nos cuesta crecer. Mucho. Nos cuesta aceptar que lo que viene no sabemos si es mejor, pero sí sabemos que es diferente. Y que gusta especialmente a esa gente que todavía no tiene hijos, hipotecas ni la necesidad de sentarse cinco minutos entre concierto y concierto.

Quizá por eso resultó tan revelador comprobar que, durante buena parte de la noche, era más rentable invertir el tiempo en el Escenario 3 que en el 1 o el 2.

Allí, Toldos Verdes ofreció rock cotidiano, directo y sin maquillaje. Canciones capaces de convertir una frustración común en algo que merece ser gritado. Agustín y los suyos tocaron como si todavía fuera posible levantar una banda desde abajo sin tener que convertir cada estribillo en contenido para redes sociales.

Y después llegó Parquesvr, uno de los grandes conciertos, sino el mejor, del viernes.

Ácidos, incómodos, irreverentes y, en muchos momentos, brutalmente divertidos. Parquesvr cantan sobre el fracaso, la precariedad y la estupidez contemporánea sin adoptar la distancia superior de quien cree estar fuera del problema. Ellos también están dentro…. como nosotros ¡joder!

En algún momento, su cantante se convirtió en una especie de Santi Balmes de extrarradio, un profeta averiado señalando las miserias de una generación que se ríe porque la alternativa sería ponerse a llorar. Su concierto fue una sucesión de bofetadas envueltas en canciones. No buscan caer bien. Quizá por eso resultan tan necesarios. Porque los que hoy llevan una camiseta retro de fútbol, o no miran lo que están gastándose en la barra, mañana lloran con «arde, quema, duele» o se paran ante el nombre de la puerta que va cerrándose delante de ti.

La Plata cerró el escenario sumergiéndolo en una oscuridad de guitarras y ruido que solo pudimos ver un rato, porque la madrugada todavía guardaba el último gran nombre.

Kasabian apareció a las dos y diez de la mañana, cuando el cuerpo ya había empezado a negociar con el cansancio. Los británicos salieron con energía de cabeza de cartel y con esa seguridad de las bandas que saben perfectamente cómo levantar a un público que empezaba a parecer exhausto o pasado de rosca… Pero no… el músculo, la actitud de gentleman británico y algunas canciones nuevas, nos despertaron un sensación inevitable: a esas horas, el rock no se escucha, se resiste.

Y resistimos. Porque aunque la sensación de haberlos visto mil veces está ahí, tengo un vínculo de amistad fiel y eterna con alguien con el que he hecho miles de kilómetros en coche con «fire», «LSF» O «Underdog» sonando a toda hostia. Y se echa de menos, o quizá es que sigue ahí intacto, esperando a que esa conexión entre el «Hey Jude» de Los Beatles y el «Club foot», llene la vida de más colores que la camisa que llevaba Sergio Pizzorno.

El primer día del Low en Torrevieja dejó un recinto estrenado por 15.000 personas, distancias que todavía habrá que aprender y un nuevo mapa emocional que no se parece al anterior. También dejó una certeza: el festival ya no está donde lo habíamos dejado.

Puede que eso sea lo que más duela.

Pero Fangoria ya nos lo había advertido. No sabemos si todo esto es una comedia, una tragedia o una mentira. Lo único seguro es que la fiesta está donde tú decidas que ocurra y lo importante no es el escenario, sino la persona que te acompaña físicamente, viajando en un coche que ya no corre, en un bar que cerró, o en la vida que podrías, o quieres, tener.

* Todas las fotos del reportaje son de Rafa Galán

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Publicado en: crónicas, en portada, festivales de música, MÚSICA, noticias breves, Noticias de festivales, REVISTA Etiquetado como: Baltimore, Low, Torrevieja




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