
Alicante ha decidido decir no. La negativa a conceder licencia al proyecto hotelero para el Cine Ideal marca un punto de inflexión en una ciudad demasiado acostumbrada a perder piezas de su identidad, y lo hace por una razón poco habitual: la protección real del patrimonio.
El proyecto planteado implicaba vaciar el edificio por dentro y reconstruirlo desde cero manteniendo únicamente la fachada. Una operación conocida, casi rutinaria, que convierte la arquitectura en decorado y la memoria en maquillaje, pero que en este caso ha chocado con los criterios de conservación que exigen preservar también la estructura interna del inmueble.
Y aquí es donde aparece la ironía inevitable. Si este mismo rigor se hubiera aplicado de forma sistemática durante décadas, Alicante sería hoy otra ciudad, menos fragmentada, más consciente de su historia y seguramente más atractiva desde lo cultural que desde lo meramente especulativo.
La decisión no llega sola ni de la nada. Detrás hay años de presión, recursos, manifestaciones y una batalla constante por parte del colectivo Salvem l’Ideal, que ha sabido convertir un edificio abandonado en un símbolo de resistencia cultural. Su trabajo, sostenido y altruista, ha sido clave para mantener viva la conversación cuando parecía definitivamente perdida.
En ese recorrido hay nombres propios que no deben olvidarse. Juan Antonio Sala Pascual representa esa forma de compromiso que rara vez encuentra recompensa inmediata, pero que termina dejando huella, junto a tantas otras personas que han defendido el Ideal como algo más que un inmueble: como un espacio de memoria colectiva.
Porque el Cine Ideal no es solo un edificio centenario. Es un espejo de lo que Alicante ha sido —y de lo que podría volver a ser si decide cuidar lo que tiene—. En una ciudad que a menudo ha dado la espalda a su patrimonio, esta decisión abre una posibilidad distinta.
Ahora queda lo más difícil. Imaginar un futuro en el que el Ideal no sea solo lo que no se derribó, sino lo que se recuperó, un espacio cultural vivo que vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la vida de la ciudad.
Si dentro de 30 años Alicante quiere reconocerse en algo más que en su crecimiento, haría bien en mirar hacia aquí. Porque proteger un símbolo no es un gesto aislado: es una declaración de intenciones sobre el modelo de ciudad que se quiere construir.























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