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Las Cigarreras o el arte de encargar diagnósticos no vinculantes

11 de junio de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay reuniones que no necesitan grandes titulares para explicar una década entera de bondades y despropósitos. A veces basta una frase final, casi administrativa, para que todo encaje: las conclusiones del proceso no serán vinculantes.

Y ahí está, precisamente, el resumen perfecto de buena parte de lo que Alicante —y su cultura precarizada— lleva años padeciendo: burbujas, estudios, diagnósticos, proyectos importados, titulares de impacto y muy poca voluntad real de escuchar a quienes sostienen el tejido cultural de la ciudad.

La reunión informal con Taso, la empresa adjudicataria del contrato para proponer una posible forma de gestión de Las Cigarreras —o de lo que quede de Las Cigarreras, incluso en el nombre— sirvió más para confirmar certezas que para despejar dudas. La empresa analizará, recogerá impresiones, convocará algunas conversaciones más y elaborará un documento. Pero ese documento, conviene repetirlo, no será vinculante.

Es decir: se destinarán alrededor de 100.000 euros a un estudio que puede acabar siendo una pieza más en la estantería de los informes bien maquetados, mientras el problema real sigue intacto. Porque el problema no es la falta de diagnósticos, que los hay, ni de ejemplos posibles. El problema es la falta de escucha, de proyecto sostenido, de presupuesto suficiente, de pertenencia, de humildad institucional y de respeto hacia lo que ya existe. O dicho de forma técnica: política cultural.

La visión externa puede ser útil. Claro que sí. Puede ordenar ideas, comparar modelos, detectar inercias y aportar una perspectiva no contaminada. Pero resulta difícil de asumir que esa mirada pese más que diez años de experiencia acumulada por quienes han habitado, defendido, discutido, programado, trabajado y sufrido Las Cigarreras desde dentro. Alicante no parte de cero. Las Cigarreras tampoco.

Ese es uno de los errores de fondo: tratar el espacio como si fuese un solar vacío sobre el que colocar piezas a presión. Un museo internacional, un espacio para la danza que nadie termina de saber de dónde ha salido, proyectos grandilocuentes, usos acumulados como si el centro fuese un contenedor infinito capaz de absorber cualquier ocurrencia. Pero no. Lo que hace falta es un criterio y un plan. Porque Las Cigarreras tiene memoria reciente, capas, conflictos, posibilidades y una comunidad cultural que no debería ser consultada al final, sino tenida en cuenta desde el principio.

Alicante lleva demasiado tiempo confundiendo política cultural con ocurrencia mediático-circense. Y no son lo mismo.

La política cultural exige reconocer lo que hay, dotarlo de recursos, profesionalizarlo, corregir sus errores, ampliar sus públicos y sostenerlo en el tiempo. La ocurrencia mediática, en cambio, funciona a golpe de anuncio: hoy una exposición inmersiva, mañana una cesión espectacular, pasado mañana un museo de ambición internacional, mientras los proyectos consolidados sobreviven con presupuestos raquíticos, equipos insuficientes y una dependencia del público compensada con precariedad, imaginación y entusiasmo.

Se habla de grandes contenedores mientras faltan recursos para los contenidos. Se imaginan marcas culturales mientras se debilitan los ecosistemas. Se plantean modelos de gestión sin resolver lo básico: quién programa, con qué presupuesto, con qué equipo técnico, con qué criterios, con qué continuidad, con qué autonomía, con qué relación con el entorno y para quién.

Porque las claves no requieren 100.000 euros para ser formuladas. Están a la vista de cualquiera que haya pisado Las Cigarreras con algo más que una carpeta de consultoría.

Hace falta pensar seriamente en fórmulas de autogestión, cogestión o participación real de la comunidad cultural. No como decoración, no como trámite, no como encuesta posterior, sino como principio estructural. La pertenencia no se decreta: se construye permitiendo que quienes han dado vida a un espacio formen parte de sus decisiones.

Hace falta dotación presupuestaria estable. Sin dinero, cualquier modelo es literatura. No hay programación sólida, ni mediación, ni producción, ni acompañamiento a creadores, ni continuidad. Alicante lleva demasiado tiempo compensando la pobreza estructural de su presupuesto cultural con anuncios de alto voltaje simbólico, mientras buena parte de lo que ocurre se sostiene más por el IVC, el Consorci de Museus o la resistencia de los agentes culturales que por una apuesta municipal clara.

Hace falta profesionalización técnica. Un centro cultural de la complejidad de Las Cigarreras no puede depender eternamente de soluciones provisionales. Se necesitan perfiles especializados, equipos de producción, mediación, comunicación, coordinación técnica y gestión cultural. Lo contrario es condenar al espacio a funcionar siempre por debajo de sus posibilidades.

Y hace falta atender a lo menos glamuroso, pero imprescindible: almacenamiento, conservación, mantenimiento, seguridad, logística, infraestructura real. La cultura también necesita almacenes, condiciones técnicas, previsión y cuidado material. Conviene recordarlo antes de invertir dinero en reparar problemas que nacen, precisamente, de no haber pensado para qué servían los espacios.

Las Cigarreras tampoco debería pensarse como una isla ni como un tótem institucional, sino como un nodo conectado con otros centros culturales, museos, librerías, salas privadas, proyectos independientes, espacios de formación, iniciativas de barrio y redes provinciales. La cultura no crece por acumulación de edificios, sino por conexiones: artísticas, sociales, territoriales y ciudadanas.

También urge consolidar económicamente los proyectos que ya han demostrado resistencia. Hay iniciativas que llevan una década aguantando en condiciones volátiles, dependientes del público, de pequeñas ayudas, de colaboraciones intermitentes o de una energía que no puede ser infinita. Si la administración quiere hablar de talento, debería empezar por no dejarlo exhausto entre burocracia, precariedad y pagos suspendidos en el limbo.

Por eso la reunión con Taso deja una sensación más agria que dulce. No porque una empresa no pueda hacer un informe útil, sino porque el método vuelve a colocar el centro de gravedad fuera del lugar donde debería estar. Una empresa analizará desde Sevilla una realidad que en Alicante lleva años siendo explicada, discutida, escrita, defendida y padecida por mucha gente. Se escucharán algunas voces, se redactará un documento y después, ya veremos.

Pero la cultura no puede seguir funcionando con ese “ya veremos” permanente.

Las Cigarreras necesitaba crecer desde lo que ya existe. No fosilizarse, no repetirse, no cerrarse sobre sí misma, sino avanzar con sentido. Revisar sus usos, sí. Ampliar sus públicos, también. Mejorar su gestión, por supuesto. Pero sin borrar su memoria, sin imponerle identidades artificiales y sin convertirla en un decorado para políticas no culturales de escaparate.

Lo más grave de este proceso no es solo el gasto en un estudio no vinculante. Es la constatación de que se podría hacer mejor política cultural simplemente escuchando de verdad. No para cumplir expediente, no para legitimar decisiones ya tomadas, no para añadir anexos participativos a un informe, sino antes incluso de imaginar un plano.

Quizá el gran problema de Alicante no sea que falten ideas. Quizá el problema sea que sobran ocurrencias y falta responsabilidad. Sobran relatos de impacto y falta continuidad. Sobran proyectos con ambición mediática y faltan estructuras capaces de cuidar lo cotidiano.

Y la cultura, aunque algunos lo olviden, se construye mucho más en lo cotidiano que en los titulares.

Las Cigarreras todavía puede ser un espacio vivo, útil, complejo y necesario. Pero para eso hace falta asumir que no se gestiona un ecosistema cultural como quien rellena un catálogo de usos posibles. Hace falta pertenencia, autogestión, presupuesto, técnica, memoria, comunidad y futuro.

Todo lo demás, si no es vinculante, corre el riesgo de ser exactamente eso: otro documento más sobre la mesa. Otro diagnóstico. Otra burbuja. Otro vacío perfectamente redactado, como tantos otros: Aba Seis, el Palacio de Congresos, Las Harineras, el TRAM a los barrios, el PGU, los autobuses 24 horas, el paseo del frente litoral. Y podríamos seguir hasta mañana enumerando proyectos que no se vinculan, nunca, con la realidad.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, en portada, noticia cultural, opinión, REVISTA, SOCIAL




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