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irónicamente (des)conectados…

12 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay veces en que un artículo no se limita a circular: se infiltra. Se mete en conversaciones privadas, en audios de madrugada, en silencios incómodos después de un café. No porque el algoritmo haya decidido premiarlo —ese oráculo caprichoso al que culpamos de casi todo— sino porque nombra algo que muchos ya sentían y nadie había terminado de formular.

Hoy me ha sucedido algo así con una idea incómoda que me ha absorbido unos segundos de ese tiempo de scroll en la taza del vater, la certeza de que ya no compartimos la vida, nos la resumimos.

Al tercer audio me di cuenta de que todos los mensajes que repetían una misma confesión: “esto es exactamente lo que me pasa”. Amigos que preguntan, medio en broma medio en serio, si ellos también habían caído en esa deriva. Un millón de visualizaciones después, lo verdaderamente viral no era el texto, sino la sensación de estar viviendo relaciones comprimidas, editadas, reducidas a titulares.

Nos vemos para ponernos al día. La expresión, en apariencia inocua, es reveladora. Ponerse al día implica que la vida sucede en otro lugar y que el encuentro es apenas una actualización de software. Como si la amistad funcionara por versiones: 2.3, 2.4, 2.5. Nos sentamos frente a alguien a quien queremos y procedemos a enumerar hitos: trabajo, pareja, mudanza, ansiedad, un viaje si lo hubo. El otro escucha, asiente, responde con su propio resumen ejecutivo. Dos biografías comprimidas en una hora y media antes de que cada cual vuelva a su agenda de la nimiedad.

O lo que es lo mismo, la certeza de que: Estamos conectados, pero no acompañados.

Las redes nacieron como puente y han terminado siendo sustituto. Si puedo mandarte un audio, ¿para qué quedar? Si ya has visto mis fotos, ¿qué queda por contarte? Si has reaccionado con un corazón a mi desgracia, ¿no es eso una forma de presencia? La tecnología prometía acortar distancias; lo que ha hecho, en muchos casos, es convertir la vida en contenido. Y cuando la vida se vuelve contenido, también se vuelve editable. Breve. Consumible.

Hay una tristeza particular en esa economía de la síntesis. La presión por no aburrir, por no extenderse, por no ocupar demasiado espacio. Editamos nuestra experiencia incluso ante quienes, en teoría, deberían soportar nuestras digresiones, nuestros silencios, nuestras repeticiones. Hemos aprendido a narrarnos como si siempre hubiera un público impaciente al otro lado.

Al mismo tiempo, la amistad se ha convertido en una tarea. Gestionar, organizar, buscar hueco. El lenguaje no es casual: hablamos de nuestras relaciones como hablamos del trabajo. La vida adulta, con su culto al rendimiento y su ansiedad por el futuro, ha colonizado también el territorio afectivo. Quedar requiere coordinación logística, cálculo de tiempos, conciliación de agendas. A veces, solo pensarlo agota.

No es extraño que muchos prefieran quedarse en casa con el móvil. La pantalla no exige desplazamiento, ni exposición, ni la vulnerabilidad que implica estar físicamente frente a otro. Pero esa comodidad tiene una contraprestación: una soledad que no siempre se reconoce como tal. Porque mensajes hay. Notificaciones también. Lo que falta es la experiencia compartida en tiempo real, sin filtro, sin botón de pausa.

Hay quien apunta a un problema generacional. Otros hablan de un fenómeno urbano: en las ciudades nadie se encuentra por casualidad, todo se planifica. En los pueblos aún existe la posibilidad de tropezarse, de improvisar un café, de dejar que la tarde se estire sin objetivo claro. Quizá no sea solo cuestión de edad ni de geografía, sino de un modelo de vida que ha puesto la productividad en el centro y ha relegado lo demás a los márgenes.

La pregunta incómoda es evidente: si todos sentimos que algo no funciona, ¿por qué no lo cambiamos? Tal vez porque el sistema que nos acelera es más grande que nuestras buenas intenciones. No podemos detener la rueda del trabajo, ni acortar las distancias físicas, ni desactivar de un día para otro la lógica de la eficiencia. Pero sí podríamos empezar por sospechar de ella cuando invade nuestros vínculos.

Compartir la vida no es lo mismo que informarse mutuamente sobre ella. Compartir implica tiempo improductivo, conversaciones que no avanzan hacia ninguna conclusión, planes que no tienen foto final. Implica aburrirse juntos, repetirse, callar. Implica no tener nada nuevo que contar y aun así querer estar.

Quizá estemos llegando a un punto de saturación. Una resaca digital que nos obligue a reconocer que la hiperconexión no ha resuelto la soledad, solo la ha maquillado. Cuando todo se vuelve instantáneo y breve, empieza a resultar subversivo lo lento. Cuando todo se resume, empieza a ser revolucionario detenerse o explayarse.

La viralidad de aquella reflexión no demuestra que sepamos cómo salir de esta inercia. Pero sí confirma algo más importante: que no estamos solos en la sospecha de que algo se ha roto. Que, detrás de cada “tenemos que vernos para ponernos al día”, hay una nostalgia compartida por los días en que no había nada que actualizar porque la vida se estaba viviendo al mismo tiempo, en el mismo lugar.

Conectados estamos. La cuestión es si estamos dispuestos a volver a acompañarnos. Así que aprovecha que es fin de semana, apaga el móvil y queda con alguien cara a cara.

Publicado en: Crítica Social, Psicología - Sociología, REVISTA, SOCIAL, WORLD




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