
El futuro Museo Internacional de Exposiciones Temporales de Las Cigarreras sigue avanzando en sus trámites administrativos. La Mesa de Contratación ha propuesto a Giglon como adjudicataria de la plataforma de venta y gestión de entradas, un servicio presupuestado en 9.655 euros y vinculado a la apertura del nuevo espacio, prevista para finales de 2026.
Según la planificación anunciada, por Las Cigarreras pasarán exposiciones como “Mecenazgo y Coleccionismo en la Casa de Alba”, “Modigliani y sus amigos”, “Balenciaga y el arte”, “Obras maestras del Barroco”, “Chagall y el Mediterráneo” y “Sorolla a través de la luz”. Una relación de nombres de indudable atractivo, pero que sigue dejando abierta una pregunta fundamental: ¿cuál es el proyecto museístico de Las Cigarreras más allá de estas exposiciones?
Antes de abordar la plataforma de venta de entradas o de fijar cuánto costará acceder al recinto, parecería razonable que Alicante conociera con claridad qué museo se pretende construir, quién lo dirigirá, con qué criterios se elaborará su programación y cuál será su hoja de ruta a medio y largo plazo.
Por ahora, lo que se conoce públicamente es fundamentalmente una sucesión de grandes exposiciones temporales ya anunciadas. Falta por explicar cómo se relacionarán entre ellas, qué personalidad tendrá el museo, qué líneas de investigación o mediación desarrollará y, sobre todo, qué papel ocupará dentro del ecosistema cultural de Alicante.
La cuestión adquiere especial importancia porque Las Cigarreras no es un contenedor cultural cualquiera.
El antiguo complejo de la Fábrica de Tabacos forma parte de la memoria industrial y social de Alicante y arrastra una identidad propia que debería formar parte de cualquier proyecto que pretenda transformar el espacio. Pero también existe una historia mucho más reciente. Durante la última década, Las Cigarreras se ha consolidado como uno de los lugares de la ciudad vinculados a la creación contemporánea, las propuestas independientes, la música, las artes visuales, los colectivos culturales y una programación situada con frecuencia fuera de los circuitos más institucionales.
Convertir parte del complejo en un museo internacional de exposiciones temporales puede ampliar la oferta cultural de Alicante. Pero hacerlo sin incorporar esa doble identidad —la histórica y la contemporánea— supondría desaprovechar buena parte de lo que hace singular al espacio.
¿Tiene sentido cobrar diez euros?
El borrador de la ordenanza municipal plantea una entrada general de 10 euros, reducida a cinco euros para determinados colectivos, además de algunas franjas gratuitas: los martes por la tarde, los domingos por la mañana y el Día Internacional de los Museos.
La decisión merece, como mínimo, un debate más amplio.
Si el objetivo es convertir Las Cigarreras en un equipamiento cultural de referencia para la ciudad, resulta difícil entender que el acceso ordinario deba empezar necesariamente por una barrera económica, especialmente para los alicantinos y las alicantinas que sostienen con sus impuestos los equipamientos culturales municipales.
Alicante podría estudiar fórmulas que garanticen, como mínimo, la gratuidad para las personas residentes en la ciudad, o un sistema mucho más amplio de acceso libre que las franjas actualmente previstas. El debate no debería limitarse a determinar cuánto se cobra, sino a decidir qué relación quiere establecer el nuevo museo con la ciudadanía.
Porque un museo público no se construye únicamente con exposiciones capaces de atraer visitantes. También necesita crear comunidad, generar públicos, facilitar el acceso recurrente y conseguir que quienes viven en la ciudad puedan sentirlo como propio.
Cobrar diez euros por visitar una exposición puede resultar habitual en determinados centros culturales. Pero esa comparación solo es válida cuando detrás existe un museo con proyecto, dirección artística reconocible, programación continuada, actividades educativas, investigación, mediación y una identidad definida.
Y ahí está, precisamente, la cuestión pendiente en Las Cigarreras.
La adjudicación de una plataforma de entradas demuestra que la maquinaria administrativa avanza. Lo que Alicante necesita conocer ahora es algo bastante más importante: qué quiere ser el Museo Internacional de Las Cigarreras cuando hayan terminado las exposiciones ya anunciadas.
Porque antes de decidir cómo se compran las entradas quizá habría que explicar a qué museo se está entrando.















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