
Es profundamente revelador la obsesión de las ciudades «modernas» por parecerse a sí mismas… eso sí… sólo en su versión más rentable. Alicante, que siempre ha tenido esa belleza imperfecta de las ciudades que no terminan de decidirse —entre puerto y secano, entre barrio y escaparate—, vuelve a mirarse al espejo. Y, una vez más, decide que su mejor perfil es el más comercial. La propuesta de “clonar” Maisonnave en Aguilera no es solo una operación urbanística: es casi una declaración estética. O, mejor dicho, una renuncia.
Porque la belleza urbana —esa que no sale en los renders— suele estar en los matices. En la transición. En ese trayecto que va de un teatro como el Arniches a un mercado como el de Babel, pasando por la vida cotidiana de Benalúa. En los pliegues, no en esa línea recta que tanto confunde la derecha en su acumulación de proyectos, y proyectos… y más proyectos.
Resulta más fácil copiar una fórmula que supuestamente funciona. Ampararse en aceras más anchas, bajos alquilables para franquicias reconocibles o un flujo constante de consumo vendido como panacea. Pero el traductor de Google no oficial, dice que eso es más una ciudad que no plantea preguntas, sino escaparates. Y, sin embargo, la paradoja es evidente: si Maisonnave funciona, es precisamente porque no todo es Maisonnave.
Convertir Aguilera en su reflejo no amplía la ciudad; la simplifica. Y lo hace, además, con una ironía difícil de ignorar. Porque en ese mismo eje, casi como un contrapunto involuntario, se levanta la flamante Ciudad de la Justicia. Justicia, precisamente. En una avenida pensada para ordenar flujos, optimizar recorridos y facilitar el consumo, la palabra suena casi como una grieta semántica.¿Qué justicia urbana hay en priorizar lo homogéneo frente a lo diverso? ¿En replicar modelos en lugar de leer el territorio?
Porque si de verdad se quisiera “humanizar” la avenida, quizá la conversación sería otra: más espacio peatonal continuo, mejor conexión real con los barrios del sur, una integración más ambiciosa con la futura estación, con Elche, con el eje inerte con Casa Mediterráneo y Las abandonadas harineras, con la costa… Menos coches, no más parkings. Más tránsito de vida, no solo de consumo.
Pero no. Se ensanchan las aceras para que crezca el comercio, mientras se soterran coches para que nada cambie demasiado. Se invoca el transporte público, pero se piensa en clave de circulación. Se habla de ciudad, pero se diseña desde la lógica del centro comercial. Y entonces aparece la pregunta incómoda y tristemente repetida entre los que pensamos en ella y su futuro: ¿para quién se está construyendo esta ciudad?
Alicante nunca debería tratarse como una especie de suma de avenidas rentables. Es, o debería ser, un equilibrio delicado entre necesidades y gustos de casi 400.000 personas. Entre quien pasea, quien trabaja, quien compra o quien simplemente vive. Entre quien viene de fuera y quien nunca se ha ido.
Seguramente me equivocaré, porque el debate parece reducido a 4 asociaciones de vecinos sin voz ni voto y un equipo de Gobierno que no tengo claro cuánto ha aportado en realidad, al presente de esta ciudad. Y aún así pretende hacerse cargo del futuro con los mismos conceptos que dibujan en todos los proyectos vacíos que nos han presentado durante 7 años.
La belleza es discutible… pero, al final, no está en que todo encaje perfectamente. Está en que convivan las diferencias. Y clonar Maisonnave, dicho así y sin leer la letra pequeña, puede parecer una solución. Pero también puede ser una forma elegante de borrar lo que no encaja en ese modelo: lo cotidiano, lo diverso, lo que no se puede franquiciar.
Y quizá ahí —en lo que se pierde más que en lo que se gana— es donde deberíamos estar mirando en lugar de al titular.























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