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Mistela Punx cambia de escenario, pero sin perder la esencia

4 de septiembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El Sarao de Mistela Punx estrenó el pasado sábado nueva sede en Las Cigarreras: más aire, más oscuridad, guitarras, proyecciones y ese saludable ruido que recuerda que la cultura también se construye desde los márgenes.

Mistela Punx estrena sede. Y, oye, aquí hay aire —aunque la cerveza te la tengas que beber fuera—.

Puede parecer poca cosa, pero no lo es. Hay más oscuridad, más espacio para el ruido y esa sensación de haber encontrado un agujero adecuado para montar un sarao sin pedir demasiados permisos al buen gusto. El sábado, Las Cigarreras volvió a demostrar que sigue siendo uno de esos lugares donde todavía pueden pasar cosas.

Y conviene decirlo precisamente ahora…

En tiempos de grandes anuncios, museos internacionales, proyectos con renders brillantes y discursos culturales escritos con corbata, pocas señales hay en Alicante tan necesarias como la que representa Mistela Punx. Un contrapeso. Una china en el zapato. Una forma de recordar que hay muchos tipos de arte y, sobre todo, muchas maneras de entenderlo.

Porque la cultura no consiste únicamente en conservar aquello a lo que ya hemos decidido ponerle un pedestal. También tiene que contar el hoy. Y para dibujar el presente, el rupturismo, el ruido y cierta incomodidad son puntos de partida imprescindibles.

Así que quien llegue con la excavadora —real o metafórica— dispuesto a desmontar la idiosincrasia de Las Cigarreras debería saber algo: hay patrimonios y hay historias que no se eliminan con un contrato, cuatro planos y una presentación en PowerPoint.

Pero volvamos al sarao.

Beta Máximo. Moscas. Verano. Sin alas, pero con guitarra.

Oscuridad de esa que en los ochenta acababa en pelea o hacía que pisaras a algún heroinómano tirado en el suelo. Una única luz verde de neón partiendo la negrura. Música lanzada contra las paredes. Gente pogueando en su propio universo, como si el suelo diese calambre.

A mí no me entusiasma eso de llevar la música proyectada, pero cada uno hace lo que puede. Y si la idea era obligarte a mirar alrededor, funcionó: aquellos Farfisas disparados como fantasmas electrónicos de otra época tuvieron su punto.

Por momentos, aquello parecía una cinta VHS encontrada cuarenta años después en el fondo de un cajón: la grabación deteriorada de algún concierto imposible, emitido a las tres de la mañana por una radio pirata desaparecida. Con chiste malo incluido.

Y estaba bien así.

Porque el punk también iba de eso: oscuridad, precariedad, hacer mucho con poco. Un sonido que parece salir de un ampli rescatado de un contenedor y que, por alguna razón, continúa escupiendo electricidad.

Raya son otro mundo.

Tampoco tiraron de batería, pero el disco que publicaron en febrero (este) va muy en serio. Y para quienes vimos al punk entrar prácticamente en la UVI resulta hasta divertido comprobar que ahora goza de semejante salud.

Será que la situación sociocultural exige más crank y menos postureo.

Se agradece ver a la chavalería subir las RPM, saturar los amplis, pisar el overdrive y soltar la rabia. Sin ponerse pesados. Una detrás de otra —como los Ramones—, mientras delante la gente se empuja, interioriza el mensaje y acaba corriendo a darle negocio al único que parece sacar tajada de todo aquello: el del chino.

Porque algún día habrá que hablar también de la pamplina de no poder vender cerveza en un centro cultural… cuando interesa. Echando un vistazo rápido a las latas acumuladas en las papeleras, la norma pudo significar tranquilamente 300 o 400 pavetes que dejaron de entrar en la caja del organizador o de «la sala».

Pero dejemos los monetarismos.

Porque hay algo diferente latiendo en esta ciudad depresión. Con la que está cayendo, el pesimismo todavía no ha absorbido a estas mentes jóvenes. Hay rabia, claro. La rabia de quien prefiere la ropa negra, la distorsión y un ampli pasado de vueltas. Pero también hay algo parecido a un despertar.

Quizá porque, entre gentrificación, alquileres por las nubes y ciudades convertidas poco a poco en escaparates, empieza a instalarse la sensación de que tampoco queda demasiado que perder.

Y ese sinsentido, al menos buena parte de quienes estaban allí, lo combate con firmeza.

Porque no conviene olvidar que todo gesto tiene una implicación política y una motivación social.

Aunque solo sea porque, durante un rato, bailemos lo mismo y a la vez.

Con Sikofonia, debutantes ilustres, llegó ese sonido patatero que cualquier productor moderno intentaría limpiar hasta dejarlo irreconocible y que allí tenía exactamente el sentido que debía tener.

No hacía falta pulir nada.

El punk nunca pidió permiso para sonar bonito.

Pidió sonar.

Con versión de La Macarena incluida.

Y sonó.

Pero entre guitarras, distorsión, cerveza digiriéndose fuera y sombras hubo algo todavía más importante:

la juventud estaba allí.

No mirando desde lejos. No preguntándose qué demonios hacían unos cuantos tipos empeñados en mantener viva una cultura subterránea.

Estaba delante.

Pogueando.

Participando.

Apoyando la causa.

Y eso sí que es una buena noticia.

Porque significa que todo esto no es únicamente nostalgia de quienes recuerdan fotocopias torcidas, casetes grabadas encima de otras casetes y fanzines grapados de cualquier manera.

Sigue existiendo gente que busca lugares donde la cultura no llegue perfectamente empaquetada, patrocinada, pasteurizada y explicada de antemano.

Mistela Punx sigue ofreciendo uno de ellos.

Ahora en Las Cigarreras.

Con más aire.

Con más oscuridad.

Y, afortunadamente, con el mismo ruido.

Por cierto, que esta noche la fiesta sigue, con sesión «vinílica» en el Jendrix después de los Flamin Groovies (que nos dicen por el pinganillo que han agotado entradas)👇

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, conciertos top, crónicas, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, noticias TOP, REVISTA, Sin categoría Etiquetado como: Alicante Cultura, Las Cigarreras, mistela punk




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