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¡Nos están friendo el cerebro!

8 de septiembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay algo profundamente inquietante en una sociedad que tiene acceso a más información que ninguna otra generación en la historia y, al mismo tiempo, parece tener cada vez más dificultades para comprender lo que lee. Los últimos resultados educativos (extraídos del estudio OSCE 2025) deberían preocuparnos mucho más allá de la habitual guerra política sobre leyes, gobiernos y modelos de enseñanza. España vuelve a retroceder en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, y la Comunidad Valenciana aparece precisamente entre los territorios con peores resultados en lectura.

Ahora que empieza el curso, podemos a volver a discutir durante semanas sobre currículos, ratios, burocracia, metodologías, inversión educativa o leyes orgánicas. Y debemos hacerlo. Pero hay una realidad que atraviesa todas esas cuestiones y de la que quizá hablamos menos de lo necesario: estamos sometidos a una sobreexposición permanente de información, estímulos y mensajes que está modificando nuestra forma de leer, de aprender y, sobre todo, de pensar.

No es un problema exclusivo de los adolescentes. También afecta a los adultos. Vivimos pendientes de WhatsApp, Instagram, TikTok, titulares, vídeos breves, audios acelerados, mensajes, alertas y notificaciones que compiten constantemente por nuestra atención. Saltamos de un contenido a otro casi sin transición y nos hemos acostumbrado a recibir respuestas inmediatas, explicaciones comprimidas y mensajes cada vez más breves. Y si lo piensas, aportar, aportan poco.

En ese contexto, leer se convierte casi en una actividad contracultural. Comprender un texto requiere tiempo, atención y paciencia. Exige un bagaje previo, volver atrás, relacionar ideas, mantener la concentración y aceptar que no todo se entiende a la primera. Pensar críticamente requiere todavía más: detenerse, contrastar, dudar, formular preguntas y no conformarse con la primera respuesta disponible.

Ahí es donde aparece uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y nunca había sido tan importante saber filtrarla. Tener acceso a datos no significa comprenderlos. Encontrar una respuesta en unos segundos no implica haber aprendido nada. Copiar una explicación no equivale a saber explicarla y recibir información de forma constante no garantiza que seamos capaces de convertirla en conocimiento.

En las aulas esto se percibe cada día. Muchos alumnos pueden pasar horas delante de una pantalla, pero tienen dificultades para mantener la atención durante veinte minutos sobre un texto. Pueden desenvolverse con rapidez entre aplicaciones, vídeos y redes sociales y, sin embargo, mostrar problemas para identificar una idea principal, interpretar una pregunta o desarrollar una respuesta con cierta profundidad.

No se trata de idealizar tiempos pasados ni de afirmar que antes todo era mejor. La tecnología ha abierto posibilidades extraordinarias para aprender, comunicarnos y acceder al conocimiento. El problema aparece cuando la velocidad sustituye a la comprensión y cuando la facilidad para obtener respuestas (que no siempre son objetivas o únicas) empieza a debilitar el esfuerzo necesario para construirlas.

Y en medio de este escenario llega la inteligencia artificial generativa…

La IA puede ser una herramienta extraordinariamente útil. Puede explicar conceptos difíciles, adaptar textos, proponer ejemplos, ayudar a organizar ideas, comparar información o acompañar procesos de aprendizaje. Bien utilizada, puede mejorar la educación y facilitar el acceso al conocimiento. Pero también puede convertirse en una enorme máquina de evitar precisamente aquello que necesitamos ejercitar.

Puede permitirnos no leer, no escribir, no resumir, no buscar, no contrastar y no pensar demasiado. Puede generar un trabajo perfecto para un estudiante que no sabría explicar después lo que ha entregado. Puede ofrecer en segundos una respuesta que antes obligaba a leer varias páginas, seleccionar información y construir una conclusión propia.

Resulta especialmente significativo que una de las aplicaciones habituales de estas herramientas entre los estudiantes sea resumir textos que deberían leer. La paradoja es evidente: hemos creado una tecnología capaz de ayudarnos a comprender prácticamente cualquier contenido y corremos el riesgo de utilizarla precisamente para no enfrentarnos a él.

El problema, por tanto, no es la inteligencia artificial. El problema comienza cuando la usamos antes de pensar. Cuando preguntamos antes de intentar resolver. Cuando pedimos un resumen antes de leer. Cuando encargamos una redacción antes de haber formulado una idea propia. Cuando dejamos que la herramienta sustituya el proceso mental en lugar de complementarlo.

Hace años empezamos a externalizar parte de nuestra memoria al teléfono móvil. Ya casi nadie recuerda números de teléfono. Después externalizamos la orientación y dejamos de memorizar recorridos porque siempre tenemos un mapa disponible. Ahora existe el riesgo de externalizar también otras funciones cognitivas: redactar, sintetizar, argumentar, investigar o resolver problemas.

La pregunta importante no es si una inteligencia artificial puede hacer esas tareas. Evidentemente puede hacer muchas de ellas y cada vez mejor. La cuestión verdaderamente relevante es qué ocurre con nosotros cuando dejamos de hacerlas.

Esta obsesión por la respuesta inmediata tampoco nace con la IA. Lleva años creciendo. En las aulas aparece en preguntas que cualquier docente reconoce: “¿Qué hay que hacer?”, “¿Dónde está la respuesta?”, “¿Esto entra en el examen?”, “¿Cuántas líneas tiene que tener?”. Cada vez cuesta más sostener la incertidumbre, explorar una cuestión sin saber exactamente dónde conduce o aceptar que aprender exige tiempo.

Y los adultos no estamos fuera de esta dinámica. Leemos un titular y opinamos sin abrir la noticia. Compartimos un vídeo sin comprobar su procedencia. Escuchamos veinte segundos de una intervención y creemos conocer una discusión compleja. Construimos una posición política, social o científica a partir de fragmentos y, después, buscamos contenidos que la confirmen.

Las redes sociales han entendido perfectamente cómo funciona este mecanismo y explotan aquello que captura nuestra atención con mayor facilidad: la indignación, el miedo, el conflicto o la sorpresa. Todo lo que provoca una reacción inmediata tiene más posibilidades de mantenernos frente a la pantalla, mientras que la reflexión, que necesita tiempo, contexto y esfuerzo, compite en clara desventaja.

El resultado es una sociedad extraordinariamente informada en cantidad y, al mismo tiempo, cada vez más vulnerable a la manipulación. Porque el gran peligro de la desinformación no consiste únicamente en que existan noticias falsas. El verdadero problema comienza cuando perdemos las herramientas necesarias para reconocerlas.

Por eso la comprensión lectora no es simplemente una competencia académica que sirve para aprobar Lengua. Comprender un texto sirve para interpretar un contrato, entender una factura, detectar una estafa, analizar una noticia, leer un programa electoral, reconocer una manipulación estadística o saber qué estamos firmando.

También sirve para exigir derechos, cuestionar decisiones y enfrentarse a quien ejerce el poder. Una sociedad que pierde capacidad lectora pierde también capacidad de defensa. Y una ciudadanía incapaz de detenerse, contrastar información y construir argumentos resulta mucho más fácil de dirigir.

No hace falta censurar a una población que no lee o que apenas profundiza. Basta con mantenerla permanentemente distraída. Un vídeo detrás de otro, una polémica detrás de otra, una notificación detrás de otra, hasta que aquello verdaderamente importante quede enterrado debajo de toneladas de ruido.

En la Comunidad Valenciana deberíamos tomarnos esta cuestión especialmente en serio. Los malos resultados en comprensión lectora no pueden convertirse simplemente en otro argumento para el enfrentamiento político. Sería demasiado sencillo buscar un único culpable. Las causas del deterioro educativo son múltiples y tienen que ver con factores sociales, familiares, económicos, pedagógicos y culturales.

Pero también sería absurdo fingir que nuestros hábitos digitales no están transformando nuestra capacidad de atención.

Los centros educativos pueden regular o limitar el uso del móvil durante unas horas, y seguramente es razonable hacerlo. Pero el problema continúa cuando el alumnado sale del instituto y vuelve a una vida dominada por las pantallas. Y continúa también cuando llega a casa y encuentra a los adultos mirando el teléfono durante la comida.

Antes de convertir a los adolescentes en los únicos responsables de esta situación convendría observarnos. Basta mirar una cafetería, un autobús, una sala de espera o una mesa familiar. Los adultos tampoco estamos ganando precisamente la batalla de la atención.

Por eso la solución no puede limitarse a prohibir. Tenemos que recuperar y entrenar determinadas capacidades. Leer textos largos. Comentar libros. Escribir. Debatir. Argumentar. Buscar información en varias fuentes. Aprender a distinguir cuáles son fiables. Resolver problemas antes de buscar la respuesta. Formular preguntas que no puedan despacharse en diez segundos.

Y utilizar la inteligencia artificial, sí, pero después de pensar, no antes. Porque puede ayudarnos a llegar más lejos, pero no debería recorrer siempre el camino por nosotros.

Quizá una de las tareas más importantes de la escuela de los próximos años sea precisamente enseñar a detenerse. Recuperar la atención, la paciencia y la capacidad de permanecer durante un tiempo ante una misma idea. Porque comprender requiere tiempo y porque algunas de las cosas más importantes que necesitamos aprender no pueden convertirse en un vídeo de treinta segundos.

No todo necesita resumirse. No todo conocimiento tiene que ser inmediatamente entretenido. Aprender también implica esfuerzo, frustración, concentración y paciencia. En ocasiones hemos confundido facilitar el aprendizaje con eliminar cualquier dificultad, cuando buena parte del aprendizaje consiste precisamente en aprender a atravesarla.

La inteligencia artificial seguirá avanzando, los móviles seguirán acompañándonos y las redes sociales no van a desaparecer. No se trata de regresar a una supuesta edad de oro analógica que nunca existió. Se trata de decidir qué capacidades humanas no estamos dispuestos a entregar.

Y pocas parecen tan importantes como leer, comprender, dudar y pensar por nosotros mismos.

Porque una sociedad que deja de comprender lo que lee termina dependiendo de quien sepa contarle mejor qué tiene que pensar. Y entonces el problema deja de ser únicamente educativo.

Se convierte en un problema democrático.

Publicado en: Crítica Social, en titular, España, noticias breves, opinión, REVISTA, SOCIAL, VALENCIA




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