
Cada año, el 8 de marzo millones de mujeres salen a la calle en todo el mundo. No es una fiesta ni una tradición reciente: es una jornada de memoria y de reivindicación que recuerda que los derechos de las mujeres no fueron concedidos, sino conquistados.
El Día Internacional de la Mujer tiene su origen en las luchas obreras de finales del siglo XIX y principios del XX. En un contexto de industrialización acelerada, muchas mujeres trabajaban en fábricas con jornadas interminables, salarios mucho más bajos que los de los hombres y sin derechos laborales básicos. Aquellas primeras movilizaciones feministas y sindicales reclamaban algo que hoy parece elemental: mejores condiciones de trabajo, derecho al voto y reconocimiento político.
Uno de los episodios que más influyeron en la memoria del movimiento fue el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York en 1911, donde murieron 146 personas, la mayoría mujeres jóvenes inmigrantes que trabajaban en condiciones precarias. Aquella tragedia puso de manifiesto la explotación laboral que sufrían muchas trabajadoras y reforzó la organización del movimiento obrero femenino.
Sin embargo, la institucionalización de la fecha llegó un poco antes. En 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague, la activista alemana Clara Zetkin propuso establecer un día internacional de lucha por los derechos de las mujeres. La propuesta fue aprobada por más de cien delegadas de distintos países.
Años después, el 8 de marzo de 1917, miles de mujeres rusas se manifestaron en Petrogrado reclamando “pan y paz”, en plena Primera Guerra Mundial. Aquella protesta desencadenó una oleada de movilizaciones que acabaría desembocando en la Revolución rusa. Con el tiempo, la fecha quedó asociada definitivamente al movimiento internacional por los derechos de las mujeres.
En 1975, Naciones Unidas reconoció oficialmente el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, consolidándolo como una jornada global de reivindicación.
Pero más de un siglo después de aquellas primeras protestas, muchas de las demandas siguen vigentes. Las mujeres continúan enfrentándose a brechas salariales, dificultades para acceder a puestos de poder, violencia de género o desigualdades en el reparto de los cuidados.
Por eso el 8M no es únicamente un recordatorio histórico. Es también una jornada para analizar el presente y exigir avances. Cada manifestación, cada pancarta y cada voz en la calle recuerda algo esencial: que la igualdad entre mujeres y hombres no es un punto de llegada alcanzado definitivamente, sino un proceso en construcción.
Y que, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, los derechos sólo avanzan cuando hay personas dispuestas a defenderlos. Por desgracia la igualdad no es un hecho y por eso, este año también, nos toca salir a manifestarnos.























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