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¿Quién necesita el tren más rápido del mundo?

21 de enero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay ideas que se imponen no porque sean necesarias, sino porque suenan modernas. El AVE es una de ellas. Una flecha blanca atravesando el territorio como si la velocidad fuera, por sí misma, una política pública. En La Ventana, Niño Becerra lo dijo sin adornos: España no necesita un tren de tan alta velocidad. Y cuando alguien se atreve a decir una obviedad en voz alta, conviene escuchar. Porque el problema no es el tren sino la puñetera fe ciega.

Cada kilómetro de vía de AVE cuesta más de un millón de euros al año solo en mantenimiento. Repitámoslo despacio, como se leen las cifras obscenas: un millón por kilómetro, cada año. No para construir hospitales, ni escuelas, ni vivienda pública. Para que un martes cualquiera podamos decir: “Tengo que ir a Madrid” y llegar un poco antes a la reunión que podría haber sido un correo.

Ahí está el núcleo del engaño. Cuando uno se pregunta honestamente para qué es “vital” el AVE, la lista se queda raquítica. Urgencias médicas, ninguna. Emergencias sociales, tampoco. El 99% de los argumentos se esconden bajo una palabra que suena respetable: producir. Producir más rápido, moverse más rápido, exprimir más rápido. Como si el tiempo fuera siempre dinero y nunca vida.

España ha confundido movilidad con progreso. Y progreso con velocidad. Hemos comprado la idea de que acercar territorios es siempre bueno, sin preguntarnos a quién acerca realmente. Porque si puedes ir a Madrid desde Galicia, Málaga o Alicante en dos horas y a un precio razonable, pasan tres cosas muy concretas y muy poco románticas.

La primera: no vives en Madrid, pero trabajas para Madrid. La capital se convierte en un aspirador de talento y decisiones, mientras las ciudades periféricas se transforman en dormitorios con encanto. La descentralización es un eslogan; la recentralización, una consecuencia.

La segunda: el turismo se dispara hasta niveles brutales. No el turismo que cuida, sino el que arrasa. El de fin de semana exprés, el de maleta pequeña y huella grande. Ciudades convertidas en escenarios, barrios en parques temáticos, centros históricos donde ya no se vive: se rota.

La tercera: se encarece todo. La vivienda, la vida, el café, la calma. Todo sube menos el billete del tren, porque ahí está la trampa: el AVE se sostiene artificialmente barato para justificar su existencia, mientras el coste real se reparte en silencio entre todos. Incluso entre quienes no lo usan. Incluso entre quienes no pueden permitirse viajar.

Nos han vendido el AVE como cohesión territorial cuando, en realidad, funciona como una autopista social de doble carril: uno rápido para quien llega, otro lento para quien se queda pagando.

Y luego está la gran mentira emocional: la urgencia. ¿De verdad estamos tan apurados? Si estás de vacaciones, no necesitas llegar antes. No es una carrera, es un descanso. Agradeces tardar una hora más, leer, mirar por la ventana, llegar sin la sensación de que el trayecto era un obstáculo y no parte del viaje. Agradeces, incluso, que la velocidad no sea una obsesión, porque la obsesión por correr también tiene su contabilidad: más accidentes, más estrés, más ruido, más territorio fragmentado.

El tren —el tren de verdad— nació para unir sin violentar el paisaje, para coser distancias, no para borrarlas a golpe de presupuesto. Un buen sistema ferroviario no es el que bate récords, sino el que sirve a la mayoría: cercanías que funcionan, media distancia digna, conexiones razonables. Lo cotidiano antes que lo espectacular.

Pero en España nos gusta fardar de cifras. Kilómetros de alta velocidad, rankings europeos, inauguraciones con placa y foto. Somos expertos en confundir grande con bueno y rápido con inteligente. El AVE es la catedral del desarrollismo tardío: carísima, imponente, poco práctica para el día a día y sostenida por la fe de que “algún día” se justificará.

El AVE no es una necesidad social, es una elección política. Y como toda elección, debería someterse a una pregunta incómoda y simple: ¿a quién beneficia de verdad?

Si la respuesta no incluye a la mayoría, si no mejora la vida cotidiana, si no corrige desigualdades sino que las acelera… quizá no necesitamos ir más rápido. Quizá lo verdaderamente urgente sea aprender a llegar mejor.

Publicado en: Crítica Social, España, medio ambiente, noticias breves, opinión, REVISTA, SOCIAL




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