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Quique González y el arte de cantar con las vísceras

19 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay conciertos que exigen tener los sentidos completamente abiertos. Un espacio acotado en el que confluyen tus propias emociones, las que transmiten los músicos, la carga que traen consigo y el ambiente que te rodea. Tu cometido, simple, es estar atento para que se produzcan esas conexiones que hacen que el precio de la entrada —y el de las cervezas— quede completamente amortizado.

Es viernes 13, pero nadie lleva una máscara amarilla de hockey. Hace mucho que Quique González no viene a Alicante. Pero tiene disco nuevo y algo en el paseo por el pueblo huele a que esta puede ser una de esas noches especiales que solo se explican bien cuando se viven. O cuando, pasado un tiempo, se recuerdan sin necesidad de fotografías, ni demasiadas palabras.

Los neones del ciclo Baltimore Live volvieron a encenderse en Marmarela, y con ellos, esa liturgia contemporánea perdida entre la música y la búsqueda de sentido filosófico a la rutina. Pronto todo esto dejará paso al sol, la primavera, los festivales y el verano, lo que no quita para que el ciclo en si, haya conseguido su objetivo de reivindicar la luz de una noche individual con una banda sonando dos horas en directo.

Rufus T Firefly, León Benavente o Varry B habían dejado el listón alto. Y de alguna manera, eliminaron esas preguntas sencillas que uno, sumido en su rutina, a veces, convierte en duda existencial. Con el tiempo, uno aprende a convivir con una agenda infinita, a seleccionar, a dejar huecos como quien remienda una manta gastada que a ti te gusta demasiado. Que nos dejemos atropellar por la prisa no significa que no debamos hacer excepciones, o que podamos utilizarla para valorar la exclusividad, lo individual o la reinterpretación de la nostalgia que supone ser consciente de todo lo sucedido a ritmo de la BSO de tus últimos 25 años.

Yo no soy de 1973, pero entiendo perfectamente lo que significa llegar hasta aquí: elegir bien qué momentos merecen ser vividos con intensidad, con las vísceras inquietas y el cuerpo despierto preparado para sentir esas emociones que raramente, uno tiene, en la renuncia de tumbarse en el sofá. Y, por eso, a Quique, siempre hay que dejarle ese hueco en el calendario.

Asumida esa premisa, el contexto mental y el viernes adquieren otro peso. Más allá del repertorio (que podría tener mil versiones diferentes – todas buenas) o la trayectoria… ser un kamikaze enamorado, convierte lo trivial en posible. Entre otras cosas, porque este tipo de la camisa verde con chorreras, es el músico que mejor canta las esdrújulas. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es: hay algo profundamente rítmico y humano en esa forma de colocar las palabras, de hacer que encajen como si la parte sintáctica, y no sintética, de la vida, quisiera imponerse a todo eso que nos bombardea en los titulres del Telediario cada día.

En estos tiempos de consumo rápido, donde —como decía Cristina Rosenvinge unas horas antes, en la Casa Bardin— cualquiera puede volverse experto en algo en cuestión de horas, asistir a un concierto así casi exige un ejercicio previo de atención. Escuchar un disco entero. Entenderlo. Dejar que repose. Como si prepararse para un directo fuese también una forma de estudio y, a la vez, una desconexión.

Y entonces sí. Limpio y con 5 meses para saber dónde está cada herramienta en la caja, cuanto vale el oro líquido o que se siente cuando uno roza elterciopelo azul, se acaban los atajos y todo encaja con el resto de anécdotas cantadas del pasado andado. Para algunos puede resultar denso, pero artistas como Quique González convierten el costumbrismo en una forma de seguir el hilo de una evolución que nunca ha dejado de avanzar. Porque lo suyo siempre ha sido eso: hilar historias que parecen propias aunque hablen de otros… y que terminan, irónicamente, funcionando al revés.

Sobre el escenario, el peso se reparte con elegancia. Raúl Bernal, en la producción y teclados, aporta esa capa sutil que sostiene el conjunto; Karlos Arancegui, a la batería, marca el pulso con precisión orgánica; y el bajo, los coros y los punteos funcionan como esas patas robustas de una mesa de anticuario que, sin llamar la atención, a primera vista sostiene todo lo demás.

Tú fuera, degustas tu cerveza de 5,5€, descalzado mentalmente, con los pies en el salpicadero, la luna repartida bajo los brazos de las centenas de inspirados, e inspiradas, allí presentes. Suspendidos, conectando con la memoria emocional que atraviesa a generaciones diversas nacidas entre el 73 y el dos mil.

Y al final, entre apuntes mentales, candiles, luces tenues y conversaciones… como si todo hubiese estado conduciendo hacia ahí, llegas al cierre con “Te juro que estoy mejor” de Sangre en el Marcador. Una elección que resume bien el dilema de cualquier artista con media vida sobre los escenarios: ¿cómo decidir qué canciones tocar cuando cada una de ellas ha sido, para alguien, un lugar donde quedarse un tiempo?

Quizá por eso el concierto no termina cuando la música deja de sonar. Porque de alguna manera entiendes que, aunque estuvieran a punto, nadie pudo con nosotros,

Al salir, Alicante sigue siendo Alicante —los coches, las conversaciones, el murmullo del puerto—, pero algo se ha desplazado ligeramente por dentro. No sabría decir si es euforia o nostalgia. Pero tiene que ver con esa calma breve, casi imperceptible, que desde hace años me deja escuchar a Quique González. Como si durante un rato todo hubiese encontrado su sitio y se hubiera vuelto a desordenar, porque la vida, como las canciones, se descuajeringa después de 3 o 4 minutos de paz y tener la capacidad de rehacer las piezas del «Tente» es lo que le da sentido.

La gente se dispersa sin prisa, como quien intenta no romper del todo la parte mágica de lo que acaba de ocurrir. Y uno camina un poco más despacio, reescuchando en su cabeza todo eso que ha reconectado tus sentidos con la vida, como si después de mucho tiempo, el viernes fuera, otra vez, el puente que separa tu rutina del fin de semana.

Hay conciertos que se recuerdan por el repertorio. Otros, por la compañía. Y luego están los que permanecen por lo que ordenan, aunque sea de forma momentánea. Luego las cervezas recuperan su sabor. La luna ya no está debajo del brazo, llevas los zapatos puestos y paseas despacio pensando que estarías mejor en Conil de la Frontera. La magia es que los retales de todos esos recuerdos prestados de las letras, por un rato se hacen realidad. Porque estos días, no te hace falta meterte a la cama para soñar, ya está la noche y sus conserjes, para permitir que esta vez el pájaro mojado, aunque no sea verano aún, seas tú. Aprendiendo a volar, aunque sólo tengas vísceras, tu instinto y unas cuantas letras buenas de Quique que tararear.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, conciertos top, crónicas, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA




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