
Alicante vuelve a mirar hacia Rabasa como si fuese la solución a todos sus males: un gran pabellón, eventos multitudinarios, suelo reservado para el espectáculo. Sobre el papel, ambición no falta. Pero la realidad es otra: se proyecta una gran infraestructura en un entorno que ya hoy es incapaz de absorber lo que tiene.
Rabasa no es un lienzo en blanco. Es, desde hace años, el epicentro de grandes eventos como Area 12, Spring Festival o Costa Sonora. Y cualquiera que haya intentado llegar o salir de allí lo sabe: el caos de tráfico es estructural, no puntual. Calles aledañas colapsadas, accesos insuficientes y una sensación constante de desconexión con el resto de la ciudad —y con San Vicente— que roza lo absurdo.
La clave no está en construir más, sino en cómo se llega y en qué piensan los actuales habitantes del barrio de todo ésto. Y ahí es donde el modelo hace aguas. El transporte público sigue anclado en horarios que no responden a la realidad del ocio y los eventos, con servicios que finalizan en torno a las 22:30. Pretender atraer conciertos o citas multitudinarias sin garantizar cómo volver a casa no es planificación: es improvisación.
El problema no es Rabasa, es la falta de visión. Si se apostara por reforzar el TRAM, aumentar frecuencias nocturnas o diseñar una red de transporte específica para eventos, el relato sería distinto. Pero no. Se insiste en levantar infraestructuras sin resolver lo básico: la movilidad y la accesibilidad.
A esto se suma otra contradicción difícil de ignorar. Alicante proyecta grandes equipamientos deportivos en una ciudad donde, a día de hoy, no existe una masa deportiva que justifique esa escala. El Hércules lejos del fútbol profesional, el Lucentum fuera de la élite, y unas gradas que distan mucho de llenarse de forma habitual. La pregunta es inevitable: ¿para quién es realmente este pabellón en esta ciudad con más de 300 días de sol al año?
En paralelo, la política cultural municipal parece avanzar en dirección contraria a su propio discurso. Se impulsa un modelo de grandes eventos mientras se tensiona la relación con quienes los hacen posibles. El desplazamiento de promotores clave, como Producciones Baltimore SL, de espacios como el Castillo o el Puerto, y ahora la pérdida de su base en la ciudad, dibuja un escenario desconcertante. Alicante quiere eventos, pero parece incómoda con sus organizadores.
El resultado es una ciudad que aspira a ser referente, pero que no termina de ordenar sus prioridades. Rabasa puede ser una oportunidad, sí. Pero sin infraestructuras, sin transporte y sin estrategia, corre el riesgo de convertirse en otro gran proyecto desconectado de la realidad urbana.
Porque antes de construir la ciudad de los eventos, quizá convendría construir, simplemente, ciudad o, al menos, dotarla de lo necesario para saber si estas burbujas tienen sentido, si el ciudadano va a aprovecharlas… o una vez más los únicos beneficiados de esto van a ser los arquitectos que hacen el enésimo proyecto que acaba en un cajón, o los constructores.























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