
En Las horas hay una escena en la que Virginia Woolf le dice a su marido: «No se puede encontrar la paz evitando la vida, Leonard…».
Hoy se nos llena la boca con palabras como libertad, apoyo institucional, intercambio de opiniones… como si fueran inherentes a la cultura. O como si bastara con pronunciarlas para mejorar el mundo. Son conceptos necesarios y fáciles de compartir. El problema es que cada vez me cuesta más escucharlos sin fijarme más en quién los pronuncia o en quién paga las consecuencias cuando alguien decide ejercerlos de verdad.
El caso de Macklemore lo explica bastante bien. El rapero ha quedado fuera de las fechas restantes de la gira estadounidense de Ed Sheeran después de sus posicionamientos públicos a favor de Palestina. Nadie le ha prohibido cantar ni decir lo que piensa. Simplemente, varios propietarios de recintos, con mucho millones de dólares en el banco, no lo quieren sobre sus escenarios.
(No vaya a ser que la gente «normal» piense…)
En la caricatura del asunto, queda claro que la censura contemporánea no siempre necesita un señor con tijeras. A veces basta con controlar el escenario, el contrato o el dinero. Y esto me interesa mucho más que convertir a Macklemore en mártir. Porque él, a diferencia de muchos otros, seguirá teniendo público, conciertos y seguramente una carrera estupenda. La cuestión es otra: qué ocurre cuando expresar una posición tiene un coste real.
Lo digo después de más de veinte años dedicándome a la cultura y conociendo de cerca la dependencia que generan subvenciones, contratos, publicidad institucional, invitaciones y relaciones con administraciones. Cuando quien tienes enfrente puede decidir sobre tu próxima ayuda, programación o colaboración, la libertad sigue existiendo, claro. Pero empieza a ser bastante más cara.
En Alicante esto tampoco resulta especialmente difícil de reconocer. Celebramos la cultura como espacio de pensamiento crítico mientras buena parte de quienes la producen dependen de quienes reparten recursos, programan espacios o contratan proyectos.
No hace falta desarrollar mucho más la contradicción. Porque creo que queda claro que no posee la misma libertad quien tiene la llave que quien espera que le abran la puerta.
Yo la conozco desde la precariedad. Sé que determinadas críticas pueden cerrarte oportunidades y que callarse suele resultar profesionalmente más rentable. Pero precisamente ahí aparece algo que me preocupa mucho más que perder una colaboración concreta: empezar a medir lo que dices.
Y la cultura no debería servir para medir nada. Porque el humor tiene parte de ofensa. La modernidad es ruptura. La palabra es contenido. El sonido, divergencia. El arte que merece la pena no nace de preguntarse constantemente si incomodará a quien firma la factura. Y no, aunque me lo digan mucho, ni vivo en las nubes, ni es una utopía, ni es imposible cambiar las cosas.
No quiero convertir la precariedad en una virtud. La precariedad no hace libre a nadie. Al contrario: convierte el dinero en una herramienta de disciplina extraordinariamente eficaz.
Por eso me interesa que Macklemore haya mantenido una posición sabiendo que podía tener consecuencias. Y, por eso, también me decepciona Ed Sheeran. No conocemos las conversaciones ni las presiones sobre su equipo. Seguramente hayan sido importantes. Precisamente por eso el asunto resulta interesante. Defender principios cuando no cuestan nada, de boquilla, sentado en un water cagando… o en el sofá… es facilísimo. La cosa cambia cuando mantener a alguien en una gira puede significar perder recintos, contratos o millones de dólares.
Y Sheeran podía asumir ese coste. Ha decidido no hacerlo. No hace falta elevarlo a tragedia ni convertirlo en villano. Basta con mirar la decisión. Y, si te dedicas a esto te vendrán muchos nombres a la cabeza, que sin ser tan conocidos, actúan igual.
En ese contexto, no importa, nada mientras el público siga yendo a los conciertos, o sigamos utilizando plataformas cuyas prácticas criticamos, comprando productos de empresas que detestamos o participando en circuitos culturales profundamente condicionados por intereses económicos.
Mantenerse completamente al margen es casi imposible. Pero eso no significa que dé igual en qué gastamos el dinero que destinamos a divertirnos. Nos gusta imaginar la cultura como una relación limpia entre artistas, obras y espectadores. No lo es. Detrás existen propietarios, promotoras, fondos de inversión, plataformas, instituciones, patrocinadores, medios y algoritmos que condicionan lo que termina llegando hasta nosotros.
En música, Spotify y las grandes estructuras de la industria. En cultura, subvenciones y programación. En periodismo, publicidad institucional y comercial… Y así llegamos a una de mis contradicciones favoritas: hablar muchísimo de independencia mientras sobrevives pendiente de quien paga la factura.
Siempre quedan artistas mediocres, o medios extraordinariamente dóciles, con quienes pueden retirarles algo y ferozmente valientes con quienes no tienen absolutamente ningún poder sobre ellos.
No hace falta obligar a nadie a mentir. Basta con conseguir que tenga miedo de decir determinadas verdades. Por eso conviene desconfiar un poco cuando escuchamos discursos grandilocuentes sobre pensamiento crítico, diversidad, cultura transformadora o intercambio de ideas. No porque esos conceptos sean falsos, sino porque pueden convertirse fácilmente en una liturgia vacía.
La cultura no es interesante porque sea «minoritaria», rara o alternativa. Lo es cuando consigue contradecir el orden impuesto, incomodar, romper consensos, inventar lenguajes y permitir que aparezca algo que no estaba previsto.
Eso es, para mí, libertad. No una palabra colocada en una programación institucional. No una frase bonita en una presentación. Ni algo que defendemos únicamente mientras nadie se enfade y no haya dinero en juego. Y al final también queda una responsabilidad bastante menos abstracta: La tuya.
Puedes seguir consumiendo exactamente lo mismo y mirar hacia otro lado. O puedes dejar de ir a determinadas cosas, compartir aquello que te representa, apoyar otros circuitos, mojarte a tu manera o pensar un poco mejor en qué gastas la parte de tu dinero que dedicas a divertirte.
Porque elegir, y mantener intacta la opción de hacerlo libremente, también es eso. Y sólo ahí, o cuando piensas, o escribes, es cuando te puedes sentir independiente y dormir tranquilo.
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