
Hay decisiones políticas que, más que por su impacto real, llaman la atención por lo que revelan. Las nuevas ayudas por nacimiento en Alicante —300 euros por hijo— entran de lleno en esa categoría. No tanto por la cuantía, que es modesta, sino por el discurso que las envuelve.
Resulta curioso cómo cambian los marcos según quién los utilice. Durante años se criticaron determinadas políticas públicas vinculadas a la natalidad (como la de Zapatero…) por considerarlas superficiales o directamente propagandísticas. Hoy, sin embargo, ese mismo enfoque regresa en forma de “ayudita” que pretende, ni más ni menos, que fomentar que la gente tenga hijos.
Porque, seamos serios: 300 euros no cambian absolutamente nada en la decisión de formar una familia. No cuando el coste de criar a un hijo se dispara entre vivienda, educación, conciliación y precariedad laboral. Pensar lo contrario no es solo ingenuo, es desconocer la realidad cotidiana de muchas familias.
El problema de fondo es otro. Si de verdad se quiere hablar de natalidad, la conversación no puede quedarse en un cheque puntual. La clave está en construir un ecosistema en el que tener hijos sea viable, no heroico. Y eso implica decisiones mucho más complejas —y menos vistosas— que repartir ayudas simbólicas.
Hablamos de frenar la gentrificación que expulsa a las familias de los barrios, de apostar por una educación pública de calidad, de garantizar servicios básicos accesibles y de preservar una identidad local que no convierta la ciudad en un parque temático para visitantes. En definitiva, de pensar Alicante como un lugar donde crecer —y criar— tenga sentido.
Porque la natalidad no se promulga. No funciona a golpe de titular ni de convocatoria en el BOP. Se construye a largo plazo, con políticas coherentes y sostenidas.
Lo demás, por mucho que se duplique la partida presupuestaria, sigue siendo eso: una ayuda que suena bien, pero que apenas pesa.























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