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500 manifestanes con folios no cambian nada

26 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay algo obsceno en la repetición del lamento. Nos quejamos en voz baja, en corrillos, en redes sociales, en sobremesas interminables. Nos escandalizamos por la vivienda imposible, por las VPPO de La Condomina convertidas en símbolo de chapuza o de algo peor, por los fondos buitre que compran barrios como quien compra cromos.

Pero cuando llega el momento de ocupar la plaza, apenas somos quinientos. Y quinientas personas, en una ciudad de más de trescientos mil habitantes, no es una marea: es un síntoma.

El miércoles no fracasó una convocatoria; quedó al descubierto una forma blanda de entender la protesta. La concentración estaba ahí, correcta, previsible, casi educada. Más pendiente de una lista de asociaciones y políticos más pendientes de aparecer en la foto que otra cosa. Todo iba como siempre hasta que el Sindicat de Carolines y el de la Zona Norte – que no estaban invitados a «la fiesta»- rompieron la liturgia.

Sacaron una pantalla en la que se iban sucediendo realidades, dos megáfonos que se escuchaban, empezó a poner nombres propios al relato, cifras, multas —más de 6.000 euros por frenar desahucios, por enfrentarse a la autoridad, por poner el cuerpo donde otros ponen un tuit— y una enumeración incómoda de responsables. Desde el alcalde hasta el presidente del Gobierno. Sin abstracciones.

Eso fue lo más honesto de la tarde. Porque la queja, si no incomoda, es decorado. Y llevamos demasiado tiempo convirtiendo la indignación en performance. Coreamos consignas que ya no interpelan a nadie. Repetimos eslóganes, con el «Bella Ciao» de fondo… que sí… que un día fueron pólvora y hoy son eco. No porque estuvieran mal, sino porque han dejado de atravesar la realidad. La política templada, la foto correcta, el “cumplimos con estar” ya no bastan frente a un problema estructural. Y la vivienda lo es.

No es un desajuste puntual. Es una estructura que expulsa, que precariza, que convierte el derecho al techo en una carrera de obstáculos. Es un modelo que permite que unos acumulen mientras otros no pueden emanciparse. Y ante eso no sirve la indignación de calendario. Hace falta estrategia, relato, alternativa. Hace falta señalar culpables, sí, pero también construir una arquitectura política que vaya más allá del grito.

Aquí es donde la reflexión se vuelve incómoda. Porque es fácil pedir dimisiones. Es necesario, incluso. Pero si detrás no hay un proyecto reconocible, una base sólida, una narrativa capaz de seducir más allá del convencido, el grito se disuelve. Mientras tanto, fuerzas políticas fascistas que apenas se posicionan —o que lo hacen a golpe de simplificación— acumulan votos. No porque tengan mejores soluciones, sino porque ofrecen un marco claro, aunque sea tramposo. Y eso debería hacernos pensar.

También debería hacernos pensar la ausencia. Durante la semana previa se habló mucho de si “valía la pena” ir. Siempre hay una excusa razonable: el trabajo, el cansancio, el desencanto. Todo comprensible. Lo que no es tan entendible es la coherencia selectiva. No se puede despreciar la movilización y luego delegar todo en el voto. Ni se puede deslegitimar la calle y después lamentar que nada cambie.

La queja sin compromiso es entretenimiento. Hay, sin embargo, un contraste revelador. En Carolines, donde se ha levantado un huerto, un Ateneo, una programación constante, donde el barrio es algo más que un código postal, la conciencia política tiene cuerpo. Allí la comunidad no es una etiqueta; es una práctica diaria. Quizá porque cuando el agua, la luz y el techo no están garantizados, la política deja de ser ideología y se convierte en supervivencia.

Conviene hablar de clase sin miedo. No como consigna antigua, sino como realidad palpable. Cuando las cosas te van razonablemente bien, la corrupción es ruido de fondo. Cuando no, es amenaza directa. Y quizá el verdadero problema sea que hemos normalizado demasiado. Que años de gestión basada en atajos y silencios han inoculado la idea de que, si pudiéramos, muchos haríamos lo mismo. Esa es la derrota cultural más profunda: la aceptación del cinismo.

Por eso, esto no trata de declarar una guerra, sino de abandonar el inmovilismo. Si queremos que la queja sea algo más que catarsis, necesitamos menos ritual y más organización. Menos apropiación simbólica y más trabajo sostenido. Menos nostalgia y más imaginación política. La protesta exige descaro, pedagogía, modernidad y valentía para señalar, pero también humildad para construir.

Porque el derecho a tener un techo es la base de la dignidad. Y si no somos capaces de defenderlo con algo más que quinientas presencias esporádicas, el problema no será solo de quienes gobiernan. Será también nuestro.

La pregunta no es si vale la pena quejarse. La pregunta es cómo convertir la queja en fuerza real. Y esa respuesta no se imprime. Se grita, se organiza y se sostiene en algo más que siglas.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, en portada, juventud, noticias breves, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL




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