
Durante décadas, imaginar el futuro ha sido uno de nuestros deportes favoritos. Lo hicimos con la épica de 2001: Una odisea del espacio, donde 2001 nos prometía y na inteligencia artificial elegante, viajes interestelares y un silencio cósmico casi espiritual. Lo hicimos también con la ligereza pop de la segunda parte de Regreso al Futuro, donde el año 2015 vendría con monopatines voladores y zapatillas que se atan solas.
Nada de eso ocurrió exactamente así. Pero lo realmente interesante no es que nos equivocáramos, sino cómo lo hicimos…
Porque en 2021, mientras aún soñábamos con esos futuros heredados del cine, Mark Zuckerberg decidió que había llegado el momento de construir uno nuevo. Lo llamó metaverso. Y no era una metáfora: era una promesa corporativa respaldada por 80.000 millones de dólares.
Ochenta mil millones…
Hay algo profundamente revelador en que una empresa pueda invertir esa cantidad en un “supuesto” —una hipótesis de futuro— y no solo no arruinarse, sino seguir funcionando con total normalidad. Quizá ese sea el verdadero salto tecnológico de nuestro tiempo: no la realidad virtual, sino la capacidad del sistema económico para absorber errores colosales sin despeinarse.
El metaverso prometía un mundo donde trabajaríamos, socializaríamos y hasta existiríamos de otra manera. Un lugar más libre, más creativo, más… mejor (que diría Rajoy). Pero lo que terminó emergiendo en Horizon Worlds no fue una utopía digital, sino una versión torpe y caricaturesca de lo que ya éramos.
Avatares sin piernas en salas vacías. Eventos sin público. Experiencias que exigían ponerse unas gafas incómodas para hacer, en esencia, menos de lo que ya podíamos hacer sin ellas. Y, sin embargo, lo más inquietante no es su fracaso tecnológico. Es su fidelidad sociológica.
Porque incluso en ese intento fallido de mundo alternativo se colaron, intactas, las mismas grietas de siempre: desigualdad, aspiraciones frustradas, necesidad de reconocimiento, ansiedad social. El metaverso no inventó nada. Simplemente reflejó —de forma más evidente, más desnuda— lo que ya existía fuera.
Quizá ese sea el verdadero problema de imaginar el futuro desde el presente: que no sabemos imaginar nada que no se nos parezca demasiado. En 2001, la inteligencia artificial era fría pero impecable. En Regreso al futuro, el progreso era divertido. En el metaverso de Meta, en cambio, el futuro fue… incómodo. Vacío, y por qué no decirlo: triste.
Y aun así, aquí seguimos. Meta cierra una puerta —la de la realidad virtual como gran narrativa— y abre otra: la inteligencia artificial, los centros de datos, las gafas inteligentes. Cambia el relato, pero no la lógica. Seguimos invirtiendo miles de millones en promesas que todavía no existen, como si el futuro fuera un producto en fase beta expuesta a guerras, apagones o pandemias que nadie predijo.
Quizá lo más honesto sería admitir que el futuro nunca ha sido lo que imaginamos, sino lo que podemos permitirnos construir… y lo que estamos dispuestos a ignorar mientras lo construimos. Porque si algo ha demostrado esta historia no es que el metaverso haya fracasado. Es que, incluso cuando fallamos a lo grande, el sistema sigue adelante. Y eso, más que futurista, empieza a parecer ciencia ficción.























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