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Memoria, coherencia y el patriotismo de pulsera

4 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Sánchez: «No se puede combatir una ilegalidad con otra…»

El paso del tiempo tiene una virtud —suavizar los recuerdos— y un peligro: permitir que la ignorancia tergiverse la memoria. En política internacional eso ocurre, últimamente con una frecuencia alarmante. Basta con que pasen unos años para que conflictos devastadores, decisiones irresponsables o mentiras de Estado queden reducidas a eslóganes simplistas.

Ya lo vimos con la guerra de Irak. Aquella invasión se justificó con unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Fue una guerra basada en una mentira que desestabilizó Oriente Medio durante décadas y que, en España, tuvo consecuencias terribles: el 11M. Sin embargo, hoy todavía hay quien resume aquel desastre con una frase tranquilizadora: “al menos cayó un dictador”. Como si el balance humano, político y moral de aquella operación pudiera resolverse con una línea de manual.

Algo parecido ocurre cuando se pretende simplificar cualquier conflicto actual con el mismo argumento: un dictador menos. Es una forma de pensar tan pobre como peligrosa, porque ignora deliberadamente que las guerras modernas rara vez terminan con soluciones limpias. Lo que dejan suele ser vacío institucional, más violencia y una larga cadena de consecuencias geopolíticas que acaban pagando, como siempre, los ciudadanos, como hoy habrás comprobado si has ido a llenar tu depósito de gasolina.

Por eso sorprende escuchar algunas declaraciones políticas que parecen salidas de un bar en hora punta más que de una institución pública. Las sandeces pronunciadas estos días por ciertos dirigentes —con Ayuso como ejemplo especialmente ruidoso— reducen un escenario internacional complejo a consignas infantiles. Y eso más que oposición política es síntoma de estupidez.

Una cosa es aspirar a ser alternativa de gobierno y otra muy distinta convertir un partido en un frontón que se limita a devolver cualquier propuesta del Ejecutivo con el golpe contrario. Esa lógica automática del “si lo propone el Gobierno, yo digo lo opuesto” puede servir para animar tertulias o para alimentar titulares, pero tiene poco que ver con lo que debería ser un partido de Estado.

Porque, nos guste más o menos su estilo, hay algo que sí ha caracterizado el mandato de Pedro Sánchez en política internacional: la coherencia. Con errores, con decisiones discutibles como la del Sahara, con estrategias que pueden criticarse —como cualquier gobierno—, pero con una línea relativamente consistente en la defensa del derecho internacional y de ciertos marcos diplomáticos. En un contexto global cada vez más dominado por líderes impulsivos, esa coherencia no es poca cosa.

El problema es que vivimos un momento histórico en el que el ruido ideológico se impone al análisis. Mientras algunos líderes internacionales juegan a la geopolítica como si fuera el Risk —con arsenales nucleares en lugar de fichas—, otros se dedican a amplificar el espectáculo. Trump es quizá el ejemplo más evidente de esa lógica: decisiones comerciales erráticas, aranceles lanzados como castigos improvisados y una política exterior basada más en el gesto que en la estrategia.

Pero lo paradójico es que muchas de esas medidas terminan afectando precisamente a quienes menos responsabilidad tienen en ese tablero: trabajadores, pequeñas empresas, economías locales. Y ahí es donde quizá convendría empezar a cambiar el foco.

Tal vez este nuevo “tiro por la culata” geopolítico nos sirva para recordar algo elemental: la estabilidad de un país no se construye satisfaciendo a líderes imprevisibles ni entrando en carreras armamentísticas absurdas, sino fortaleciendo las microeconomías, la vida cotidiana, el bienestar real de la población.

Al final, la política debería parecerse un poco más a la forma en que la mayoría intenta vivir su propia vida. Con coherencia. Sin dispendios innecesarios. Con prioridades claras.

Muchos ciudadanos no aspiran a grandes gestas militares ni a discursos épicos. Lo que quieren es bastante más simple: que sus impuestos sirvan para reforzar la sanidad pública, la educación, los servicios sociales. Y si después de todo eso queda margen, invertir también en cultura, que es lo que realmente construye sociedad.

No para armas. No para alimentar conflictos lejanos. Y, desde luego, no para bailar el agua a quienes convierten la política internacional en una exhibición de fuerza permanente: si no te sometes, te señalan.

Curiosamente, quienes más hablan de patriotismo suelen ser los que lo reducen a gestos superficiales: banderas en la muñeca, consignas repetidas y grandes palabras en un tweet. Un patriotismo de pulsera que luego convive sin problema con comportamientos mucho menos cívicos: el atasco matinal para dejar a los niños literalmente en la puerta del colegio, la indiferencia hacia el vecino del quinto o la incapacidad de pensar en el bien común más allá del propio carril cerril en el que viven.

Quizá por eso resulta tan llamativo que, en medio de todo este ruido, haya momentos en los que uno se siente más orgulloso de este país que de sus versiones más vociferantes. Escuchar voces internacionales como la de Susan Sarandon defendiendo principios básicos de justicia o de derecho internacional produce una sensación curiosa: la de que, pese a todo, España a veces se sitúa en el lado razonable de la historia.

Y no por banderas en la muñeca. Sino por coherencia.

Publicado en: España, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL




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