
Hay actos institucionales que ya no se sabe si son ruedas de prensa o espectáculos de comedia. Porque hay que tener cierto talento para, en medio de una tormenta perfecta —pisos turísticos descontrolados, especulación, conflictos culturales como Les Naus—, salir a escena y celebrar que vienen más turistas. No es sarcasmo: es literal.
El último titular es de manual: “dato histórico” de ocupación hotelera en febrero. Un 80% en la ciudad, 90% en playas. Récord absoluto. Y todo presentado como si no existiera contexto alguno. Como si la ciudad no estuviera ya tensionada. Como si más siempre fuera mejor, sin matices, replanteamientos, ni preguntas incómodas.
La aritmética institucional funciona así: más turistas = más éxito. Da igual que el modelo empiece a hacer aguas por todas partes. Da igual que el acceso a la vivienda sea cada vez más complicado o que determinados barrios se conviertan en parques temáticos. El contador sube, luego todo va bien. Fin del análisis.
Lo verdaderamente fascinante es el uso de la palabra “sostenible”. Se repite como un mantra, casi como un hechizo: crecimiento “sostenido y sostenible”. Pero la realidad es menos poética. Cuando hay que recordar que “no podemos morir de éxito”, quizá el problema no sea el éxito, sino cómo se mide.
Mientras tanto, se anuncian más polos de atracción, más infraestructuras, más impulso turístico. Porque, al parecer, la solución a la saturación es… más oferta. Más visitantes. Más impacto económico. Más de lo mismo, pero con mejores palabras. Y en paralelo a todo eso, la coletilla tranquilizadora: regular, controlar, conciliar. Palabras que suenan bien en un foro, pero que llegan siempre después del titular triunfalista. Primero celebramos el récord; luego, si eso, ya veremos cómo gestionamos sus consecuencias.
Así que tras el éxito habrá que aclarar que el problema no es que vengan turistas, sino que no se esté sabiendo contar la historia completa. Porque una ciudad no es solo una cifra de ocupación hotelera ni un balance económico anual. También es quien la habita, quien la sufre y quien empieza a preguntarse si, en todo este relato de éxito, alguien se ha acordado de ellos. Pero claro, reconocer eso ya no tendría tanta gracia. Y el espectáculo debe continuar.























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