
Crónica de un freelance cansado pero no rendido
Cuando yo empecé en esto del periodismo —ahora freelance, como casi todo el mundo— los periódicos pagaban unos 150 euros por artículo. Combinabas reportajes que te llevaban una semana, o más, con crónicas, y si tenías suerte, colabas alguna noticia local que te permitía rozar el mileurismo. Un término que entonces parecía el punto medio entre el semi-pobre y una clase media que, en realidad, nunca existió del todo.
Pensaréis por qué cuento esto. Y lo hago para ilustrar la vida del freelance y explicar cómo, en apenas quince años, mientras el sueldo medio de casi cualquier gremio ha crecido, el mío —el nuestro— se ha dividido por tres en el mejor de los casos. Por cinco, en el mío.
El otro día alguien comparaba este oficio con la pasión. Y quizá tuviera razón, si entendemos la pasión como ese proceso en el que, cuanto más lo vives, más te cansa o más se repite. Si a eso le sumas precariedad, y mientras tu “riqueza” se divide, los gastos se multiplican, el sentido del año que se va se explica solo. Y si lo pienso bien, quizá no hacían falta 200 artículos, otras tantas noticias, ni ciento y pico crónicas.
Porque es difícil no mezclar tu realidad con la que cuentas. La objetividad, muchas veces, se ve agredida por todas esas rutinas contra las que tus propios textos se rebelan. Y aun así, la calidad debería tener un valor. Más o menos el mismo que la constancia, la honestidad o los sueños que la conjunción de todo eso permite, a veces, cumplir.
Es difícil ser un romántico en los tiempos que corren. Contar noticias requiere más ojo que búsqueda, porque en cada esquina de esta provincia hay una historia. Y eso es el síntoma inequívoco de que algo no funciona. Más aún cuando se te pasa desapercibido porque estás scrolleando contenidos creados con IA o porque tu cerebro se satura, espoleado por un buenismo que maquilla justo aquello que no te gusta ver.
Un año tiene 365 días. Y si he escrito más de mil posts, sin ser matemático, entiendo que han pasado más de tres cosas delante de mí – y de ti -cada día. Por eso me hace gracia que aquello que a algunos les ha saturado esta semana —recopilar todo un trabajo— otros puedan sintetizarlo en treinta segundos. Yo, personalmente, llego desinflado a este 31 de diciembre. Y me consta que no soy el único.
Lo que cuento, irónicamente, es también el vaivén en el que mi propia vida está sumergida: un alquiler que se ha ido de madre, una lista de la compra en la que ya no hay productos impagables, porque directamente no están. Empatía con huelgas que reflejan, a gran escala, lo que yo vivo en pequeñas dosis en hospitales, institutos, Hacienda o autobuses.
Si no fuera optimista, hace años que habría renunciado a esta lucha. Y seguramente por eso debo quedarme con lo importante: con haber dejado de estar solo. Con que este 2025 ha sido el año de la consolidación de asociaciones como Unir Alacant, Mistela Punx, Amitat, las asociaciones de vecinos, La Carretilla… Que, desde su discordancia, están haciendo la ardua labor de construir lo que los políticos, por desgracia, no hacen. O hacen menos de lo que deberían (incluidos los de la oposición)
Y sí: ha sido el año del apagón, el año en que Mazón nos dio vergüenza ajena, el de la bipolaridad política permanente, el del tasazo de basuras. Pero también ha sido el año en que muchos decidimos no mirar hacia otro lado. Porque esto que me pasa a mí, no es una excepción, sino una parte de muchas historias y realidades que no deberían haber normalizado no tener vacaciones, cambiar de hábitos alimentarios, el ocio o el hecho de tener que compartir casa porque para una, para ti, o tu familia, ya no llega.
Llegar cansado no es lo mismo que llegar derrotado. Y quizá ese sea el único balance honesto que puedo hacer de este 2025. Que todo esto, alguien tiene que contarlo. Sin filtros, con objetividad y de la forma más realista que se puede en las condiciones nefastas en las que nos está tocando vivir. Aunque sólo sea para que si a ti también te pasa, no te resignes, ni te quedes callado.
Luchemos por un 2026 mejor. Nos lo merecemos.
















Deja una respuesta