
Alicante vuelve a anunciar actuaciones ambientales en sus barrancos. Sobre el papel, la regeneración del Barranco de las Ovejas, el Barranco de Aguamarga y el Barranco de Orgegia parece una buena noticia. Recuperar cauces naturales, mejorar la biodiversidad y reducir el riesgo de inundaciones son objetivos necesarios en una ciudad especialmente vulnerable a las lluvias torrenciales. Nadie sensato podría oponerse a ello.
El problema es otro: estas intervenciones llegan como pequeñas piezas aisladas dentro de una política ambiental prácticamente inexistente. Mientras se anuncian programas paisajísticos para los barrancos, la ciudad continúa tolerando un modelo urbano profundamente hostil con el medio ambiente.
Alicante sigue permitiendo un tráfico asfixiante en pleno centro urbano, con calles dominadas por los coches, sin los carriles bici necesarios, sin TRAM que conecte el centro con muchos barrios, con el Hospital o Elche y niveles de contaminación que contradicen cualquier discurso sobre sostenibilidad. La renaturalización de algunos tramos de ramblas puede mejorar el paisaje, pero no compensa una ciudad diseñada todavía para el automóvil más que para las personas.
Tampoco se aborda con decisión la degradación del litoral, donde los vertidos al mar siguen generando episodios de alarma cada cierto tiempo. En una ciudad cuya identidad está inseparablemente ligada al Mediterráneo, resulta difícil entender que la protección real del entorno marino siga sin ocupar un lugar central en la agenda municipal.
A ello se suma la polémica de los macrodepósitos de combustible en el puerto, un proyecto que simboliza con crudeza la contradicción entre el discurso ambiental y determinadas decisiones urbanísticas. Mientras se habla de corredores verdes y regeneración paisajística, la ciudad sigue debatiéndose entre apostar por un modelo industrial pesado o por un desarrollo urbano más sostenible y coherente con su entorno natural.
El urbanismo pendiente tampoco ayuda. La retirada de las vías ferroviarias del barrio de San Gabriel continúa siendo una promesa aplazada, pese a su evidente impacto urbano, ambiental y social. El barrio sigue conviviendo con una infraestructura que fractura el territorio y limita cualquier posibilidad de regeneración real del frente litoral sur.
Y de los residuos… mejor no hablar…
En ese contexto, la recuperación de los barrancos —integrada en el futuro Plan General Estructural de Alicante— corre el riesgo de convertirse en una operación estética más que en un verdadero cambio de modelo urbano. Restaurar cauces, crear corredores ecológicos o mejorar la vegetación de ribera son actuaciones valiosas, pero insuficientes si no forman parte de una estrategia ambiental coherente.
Porque el medio ambiente urbano no se protege únicamente con proyectos puntuales. Se protege reduciendo el tráfico, defendiendo el litoral, repensando el modelo portuario, eliminando infraestructuras obsoletas y planificando la ciudad desde criterios ecológicos reales.
Los barrancos de Alicante merecen ser recuperados. Pero la ciudad también merece una política ambiental que vaya más allá de los anuncios puntuales y afronte los problemas estructurales que siguen definiendo su paisaje urbano. Mientras eso no ocurra, cada nuevo proyecto verde correrá el riesgo de parecer lo que en el fondo es: un parche en una ciudad que todavía no ha decidido tomarse en serio su propio futuro ambiental.























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