
La vida de un festival nunca ha cabido en un recinto. Ni en un horario. Ni en un cartel perfectamente maquetado con tipografías limpias, un diseño logrado y nombres en negrita. Los festivales que perduran —los que de verdad dejan poso— son los que encuentran ese equilibrio extraño entre lo que la organización propone y lo que sucede cuando todo eso se diluye: en las horas muertas, en los paseos sin rumbo, en los desayunos que se convierten en ritual…
La matinal del sábado en el WARM UP 2026 fue exactamente eso: un territorio paralelo donde todo encajaba sin que nadie pareciera estar intentando que encajara.
Hay quien reniega del componente turístico de todo esto. De esa fauna reconocible de pulsera en la muñeca, gafas de sol prematuras y paso ligeramente desubicado. Pero la realidad —al menos en Murcia— es bastante más amable. Los “empulserados” de la mañana no son los que arrastran la noche, ni los que convierten la ciudad en una extensión del recinto. Esos, a esas horas, o duermen o están negociando con un dolor de cabeza que no admite discusión.
Lo que queda es otra cosa... Murcia, quizá por esa ausencia de mar que la mantiene anclada a una identidad menos maleable, conserva una autenticidad que sorprende a quien no la conoce. Aquí los precios no se han disparado hasta lo absurdo, y todavía existe ese pequeño milagro cotidiano de despertarte en un barrio donde conviven realidades distintas sin impostura: cruzarte con musulmanes que salen de la mezquita mientras el día empieza a abrirse, o con cambas que ya están apoyados en la barra de un bar boliviano, cerveza en mano, como si el sábado llevara horas en marcha.
Ahí empieza todo… (sin Carmona)
Por tradición, no escrita, nuestro desayuno del sábado en el WARM UP ya no es un desayuno. Es un ritual por fascículos. Una secuencia que se repite con precisión casi litúrgica: el bocata —imprescindible para hacer base—, el café fuerte servido por gente que no bebe (ni sirve) cerveza (ni Magno), y ese paseo sin prisa que te va llevando, casi sin darte cuenta, hasta la plaza de la Universidad.
Ahí es donde la mañana termina de coger forma.
Marineras, almendras, patatas con aceitunas. Mesas ocupadas, terrazas llenas, conversaciones cruzadas. Y ese fenómeno curioso que tanto criticamos en otros contextos pero que aquí funciona: el hedonismo. Aquí, de repente, las pulseras verdes conviven con niños que juegan al fútbol usando dos farolas como portería, gente que sale de misa, murcianos fieles al SOS que se acercan casi por inercia a tomar algo junto al escenario. No hay fricción, ni incompatibilidad. Sólo continuidad.
La música, en ese contexto, deja de ser el centro para convertirse en el hilo (musical) que lo cose todo. El concierto de Huls fue eso: una banda sonora de fondo. Más que un bolo, un paisaje sonoro que acompañaba la conversación, las risas, el murmullo constante de una plaza viva. Pero cuando tocó acercarse a ver a Baloncesto, la cosa cambió.
Este año el WARM UP Estrella de Levante, ha tenido una presencia notable de bandas madrileñas, y hay algo reconocible en ese sonido que llega desde la capital. Un estilo guitarrero con identidad propia. Si hubiera que definirlo con una imagen, sería ese “triple” desde 6,25 metros: una mezcla de punk suave, indie y ese poso de hardcore noventero que aparece cuando menos te lo esperas.
Con una Estrella en la mano, todo entraba mejor...
Primera fila con un entregado club de fans, viejas glorias que se iban sumando sin hacer ruido, y ese juego de pistas que la banda fue dejando caer entre canción y canción sobre el concierto sorpresa. Un runrún que crecía a medida que avanzaba la mañana.
Y es que lo mejor de la plaza es precisamente eso: el festival se fragmenta y, al hacerlo, se multiplica. Se convierte en una suma de momentos más pequeños, más cercanos. Se respira frescura. Se lo toman en serio, pero sin perder la capacidad de divertirse. Aquí no hay rastro de la presión del gran escenario, ni la necesidad de justificar grandes réditos, o que la guitarra se te desafine. Lo que hay es cercanía. Y esa cercanía genera algo que luego es difícil recuperar: fidelidad a primera vista.
Aquí también hay espacio para lo otro. Para el discurso que no siempre cabe en los grandes escenarios. Para un alegato a favor de la sanidad pública. Para reconocer, sin dramatismo, que uno también ha pasado por el diván de un psicólogo. Para preguntarse si todo este mundo multicolor es felicidad real o una versión ligeramente idealizada desde los ojos de Eva-03.
(la organización ya había empezado a mover ficha…)
Abanicos repartidos con la letra impresa de la última canción de Lori Meyers. Un gesto aparentemente inocente que, en realidad, era la primera pieza de un puzle mucho mayor. No tardó en confirmarse: una furgoneta blanca aparcando detrás del escenario, discreta pero imposible de ignorar.
La voz empezó a correrse…
La plaza se llenó sigilosamente. Curiosos, niños con el balón bajo el brazo, gente entrando y saliendo de los bares cercanos con cervezas y vermús. Y los que tenemos ese punto melómano —ese pequeño vicio— disfrutando de la trastienda: los cambios de platillos de la batería, las banquetas prestadas del bar de la esquina, los “ok” de los pipas a través del walkie-talkie.
De repente, el escenario de un grupo emergente se convertía en el lugar donde iban a tocar Lori Meyers… Noni y compañía estaban programados para la noche, pero la magia estaba precisamente en romper esa lógica. No tanto por la banda en sí, sino por lo que provocaron: nos habíamos olvidado de a qué huelen.
Sin foso, sin artificio, sin esa distancia que a veces impone el gran formato. Cuatro temas. El nuevo, “Luces de Neón”, “Emborracharme”… reinterpretados, llevados a terrenos que iban del jazz al soul, con ese poso de psicodelia de Los Ángeles (el grupo granaíno) que siempre encuentra la manera de colarse en su repertorio.
Después de más de veinte años de carretera, ser original es casi una quimera. Pero el sábado lo consiguieron. Se prestaron al juego. Lo disfrutaron. Y nosotros también. Incluso los que, en algún momento, hemos renegado de la admiración que les profesamos, volvimos a caer. Sin resistencia. Como quien se deja dar por el sol después de días de nubes.
Y brilló…. no solo el sol. Porque supongo que eso es lo que comparten Murcia y Granada. O, al menos, a eso sabe cuando el WARM UP atraviesa Murcia y la complementa… y tras la canción precisa… luego, todo se disuelve.
Nos dispersamos sin ver a Vicente Calderón. Porque hay momentos que no necesitan ser completados. Porque, igual que esa sutileza que acabábamos de presenciar, a los que nos gusta degustar la vida buscamos replicarla en otros rincones: Una barra exterior. Camareros simpáticos que deciden por ti. Conversaciones mezcladas que no terminas de entender pero que te hacen reír igual. Y ese pequeño escape mental hacia las realidades que dejamos aparcadas en Alicante.
La siesta, como era de esperar, se quedó en el camino. Pero tampoco hacía falta. En los festivales, los sueños ya los vives sin cerrar los ojos. Y queda mucho día por delante…























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