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El verde también es una forma de resistencia.

23 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hasta el verde han manipulado los adalides de la libertad impostada con sus banderas y sus asociaciones del color de la naturaleza con lo militar y las políticas de mierda. Por suerte, hay conceptos suficientemente instaurados como para que cuatro fachas lo pongan en duda. Ese verde, que te quiero verde, que sobrevivió a Lorca, que pasea en bicicleta, lleva una bandera contra las nucleares, que crece en los balcones de nuestras creencias y se enraiza con amor a lo que nos rodea y sin presupuesto.

Este mes, en Carolinas, han pasado dos cosas aparentemente pequeñas: un domingo de trueque de plantas y otro de bienvenida a la primavera con balcones engalanados. Dos gestos mínimos , domésticos y profundamente políticos. Porque hoy, cuando el color verde se ha convertido en un campo de batalla simbólico —ocupado incluso por quienes menos tienen que ver con la sostenibilidad—, un barrio decide devolvérselo a la vida cotidiana. A la tierra. A la primavera,. A las manos y a la imagen característica de lo que florece todos los años en marzo.

Sin discursos grandilocuentes. Sin campañas institucionales. Sin fotos de inauguración. La vida, a veces, parte de la simpleza de unos cuantos vecinos intercambiando esquejes, regando macetas, colgando geranios, margaritas, helechos —y sí, también alguna planta de marihuana— en balcones que, durante unas horas, convierten la calle en algo parecido a un bosque vertical. Un bosque humilde, pero real.

En la distopía de la polarización, eso, aunque no lo parezca, es una enmienda a la totalidad. Porque el ciudadano, más allá de depositar un voto cada cuatro años, sigue teniendo herramientas eficaces para elegir: cuál es la ciudad que queremos. Aunque quienes gobiernan estén más pendientes del cemento que de la vida y de talar árboles. Aunque la política institucional se llene de buitres encorbatados que proyectan mucho (y mal) y construyen poco.

Carolinas lleva tiempo demostrando que hay otra manera de hacer las cosas. Es, probablemente, el único barrio que puede permitirse presumir cada lunes de una agenda socio-cultural que no cabe en un cartel. Debates, clases de apoyo, charlas en valenciano, cineclub, excusas constantes para acercarse a Las Cigarreras, redes vecinales que funcionan como auténticas fortalezas frente a los desahucios y las desigualdades.

Y entre todo eso, lo que parece accesorio pero no lo es: un huerto urbano que abre sus puertas cada dos sábados, jornadas de replantación colectiva, actividades donde jóvenes y mayores comparten tiempo, conocimiento y algo más difícil de nombrar: comunidad.

Ese es el verdadero verde. No el del uniforme. No el que se han apropiado. No el que se usa como arma arrojadiza. Sino el que se cultiva, el que se cuida, el que se comparte.

Pasear bajo balcones engalanados tiene algo de reparación. Como si, por un momento, la belleza que no llega desde las instituciones —esa que se queda atrapada en expedientes, reclamaciones ignoradas y promesas incumplidas— encontrara un camino alternativo. Más lento, más frágil, pero también más honesto.

Los bosques, al fin y al cabo, nacen así. Dejando espacio. Permitiendo que algo crezca. Y sobreviven cuando alguien decide no arrasarlos… o cuando otros, después, vuelven a plantarlos.

Carolinas entiende que la ciudad no es solo lo que se construye, sino también lo que se cuida. Que el futuro no depende únicamente de grandes planes urbanísticos, sino de pequeñas decisiones cotidianas. Que hay una política que no pasa por los despachos, pero que transforma igualmente cuando conoces al vecino de arriba y haces «patria» en la plaza, en el Ateneu o en el bar de los aperitivos.

El ganador del concurso de balcones es lo de menos. Porque cuando un barrio decide llenarse de verde —del de verdad—, ganan todos: la calle, la naturaleza, la convivencia.

Y, sobre todo: los que se quedan.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, en portada, opinión, REVISTA, SOCIAL Etiquetado como: Carolines




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