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El viernes en WARM UP. Resulta que perderte entre 26.000 personas sigue molando

4 de mayo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay algo casi antropológico en plantarte delante de 26.000 personas y entender que no todos han venido por lo mismo. El viernes del WARM UP 2026 fue, sobre todo, eso: un mosaico de humanidad variable donde conviven las ganas de escuchar música con la necesidad de dejarse ver, de pertenecer, de posar, de trabajar, de descubrir o de simplemente probar “a ver qué tal”. Un ecosistema que, si lo miras con calma, dice más de nosotros que cualquier encuesta.

Porque sí, están los que vienen por la música —cada vez más conscientes y exigentes—, pero también los que vienen por el hedonismo puro, por ese outfit medido al milímetro y acapara el espejo del baño peinándose. Están los fotógrafos, los redactores, los comerciales que convierten el festival en jornada laboral, y los que pisan por primera vez un recinto así con esa mezcla de fascinación y desconcierto. Más o menos como la economía: con unos precios que hace tiempo expulsaron a quienes no pueden permitirse jugar a esto, y una sensación cada vez más palpable de que esa “clase media” que sostenía el «tinglado» empieza a mirar cada cerveza como si fuera la última del mes – y no es una crítica al festival, ehhh, es a la burbuja social que explotará más pronto que tarde – .

Supongo que, por eso, el WARM UP sigue empezando fuera del recinto. Llegar con tiempo a Murcia es un acto de resistencia emocional. Una marinera bien puesta, el zarangollo, la grasa de unos callos, esa sangre que el postureo ha ido borrando de las cartas de los centros colapsados por turistas de las ciudades… y el cierre – o comienzo, según se mire – perfecto: café asiático y paparajote. Tradición contra tendencia… sabor contra filtro de Instagram.

Con el estómago lleno, el detalle de los flashes de limón y los helados gratis en la entrada fue un guiño simpático —efímero, claro, volaron en minutos—, pero suficiente para que la gente se quedara con que el Low de este año se va a hacer en Torrevieja.

Luego llega el reconocimiento incómodo: con los años, cada vez conoces a menos gente. La fauna cambia. Y sin embargo, la organización este año desmonta el mantra facilón del “esto siempre es lo mismo”. No estaban Dorian, ni Fangoria, ni Vetusta Morla, ni Viva Suecia, ni Arde Bogotá. Y eso, lejos de restar, abre una puerta preciosa: la de dejarse sorprender. Porque quizá —y esto cuesta asumirlo— estamos viviendo una de las mejores épocas de la música en España. Y el viernes lo confirmó: urbana, punk, pop, electrónica, híbridos imposibles… todo cabe si se hace con buen gusto.

Tras los saludos de rigor —ese circuito paralelo de periodistas y habituales que se cruzan de festival en festival—, arrancamos con Ginebras. Son el grupo fetiche de mi hija, lo que automáticamente las convierte en territorio emocional. Me sé casi todo. Y se nota que están creciendo. Han dejado atrás el “me la sopla todo” para entrar en una fase más compleja: esa mezcla de luz y sombra donde conviven lo que te hunde y lo que te salva, entre las cosas moradas y el negro. Es un punto vital compartido por muchos y que merece escenarios grandes. Ellas lo están entendiendo y los del booking (del festival), también.

Esa misma dualidad la mastican Sanguijuelas del Guadiana. Un pie en el pueblo y otro en el presente. Versionar a Robe para no olvidar de dónde vienes y, a la vez, jugar con el autotune sin complejos. Revolá puede que no fuera “el” disco del año, pero desde luego fue uno de los más vividos, seguramente, el que yo más escuché. Y en directo, temas como “100 amapolas” o “Llevadme a mi Extremadura” crecen, se ensanchan – como el alma -, respiran mejor.

Mientras la mayoría se desplazaba hacia Guitarricadelafuente, nosotros hicimos el camino inverso a la marabunta para plantar la tienda en el escenario 3. Al abrirla apareció Biznaga, que es como una declaración de intenciones de todo lo que sucedió allí durante el fin de semana.

Hay debate sobre lo que pinta el punk “acomercial” en un festival, pero en mi modesta opinión… tiene que estar. Porque hablarle solo al convencido no sirve de nada. Biznaga representa a la gente que no llega a fin de mes, a la que protesta con razón. “El entusiasmo”, “El futuro sobre plano” o “Contra mi generación” deberían ser obligatorias. Aunque suenen bajo un patrocinio de whisky. Esa contradicción también somos nosotros.

Después llegó el poeta, Abraham Boba, reinventado con una nueva base más electrónica que le sienta de maravilla. Más músculo, misma mala hostia, pogo emocional. Tuvieron un problema técnico al principio, pero León Benavente siempre es sinónimo de éxito asegurado. Porque su música es como una vil paliza a la monotonía de la que vienes huyendo. Y cuando te das cuenta estás botando con «El Festín», «Gloria» y los temas nuevos, que hay que saber integrarlos y para eso, la experiencia es un grado.

El problema fue el solape con Midnight Generation. Aquella sorpresa del Low ya no lo es tanto. Han crecido, han volado, ya no puedes presumir de descubrirlos. Pero siguen teniendo algo: ese funk ochentero con bajo hipnótico que se te queda pegado horas. “Tender Love” ya no es el techo, es el suelo desde el que despegan. Y lo que les queda…

El cartel se relajó durante un par de horas. James ofrecieron un concierto impecable, un grandes éxitos perfectamente ejecutado, casi quirúrgico. Se les quiere, y mucho, especialmente por aquí. Mejor, incluso, que The Kooks, al menos para mí. Pero fue eso: un Akropolis emocional, sin riesgo. Suficiente para muchos, debatible para otros. A mí con escuchar «Sir Down», «Laid» o «She is star» otra vez, me compensa, me lleva a puntos a los que otros no llegan ni chupando eme. Pero… también me dicen que soy un nostálgico. Y creo que tienen razón.

Con Ultraligera, en cambio, disfruté menos. Pedimos propuestas distintas y luego hay que sostenerlo. Su «spoken word» tiene público, y se entiende. Pero cuando suben las guitarras y asoma ese grunge contenido es donde brillan de verdad. O, al menos, eso creo yo. .. Quizá menos discurso y más ruido me gustarían más, pero ¡joder! es que si me gustara todo, también, sería aburrido ¿no?

El cierre de mi viernes fue otra cosa. Soulwax entendieron perfectamente su papel: subir pulsaciones, cambiar el registro, hacer bailar a 20.000 cuerpos ya sin filtros. Electrónica típica centroeuropea, luces, in crescendos… receta perfecta para reconectar con el pulso del festival. Y luego, un rato de VVV [Trippin’ You]. Tenía mejor recuerdo suyo del bolazo que se pegaron en Las Cigarreras hace ya un tiempo. El neobakalao funciona cuando no da tregua, pero aquí se hizo largo. Divertido, eso sí: el cantante parecía un pipa arrastrando metros de cable mientras alrededor se dibujaban escenas que, con cámara, habrían sido oro puro. Gente puesta, sin filtros, sin narrativa. Solo noche. Que también cabe…

Y con esa imagen decidimos cerrar el primer día. Porque el sábado empezaba pronto y hay rituales que no se negocian: pastel de carne y vermú panocho. Porque, al final, entre tanto estímulo, lo único que permanece es eso: los pequeños placeres que no necesitan escenario. Y la parte de (des)humanidad que nos hace tan maravillosamente imperfectos.

Publicado en: crónicas, en portada, festivales de música, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA, Vega Baja Etiquetado como: Baltimore




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