
Dicen que el Bar Guillermo no cierra. Que se traslada. Que seguirá “a pie de calle”, como si las calles fueran intercambiables, como si bastara mover un mostrador unos metros para que la memoria viajara con él, metida en una caja junto a la cafetera. Pero no. Las ciudades no funcionan así.
El Bar Guillermo llevaba setenta años junto al Mercado Central. Setenta. Eso no es un negocio: es un organismo urbano. Un punto del mapa donde se mezclaban el olor del ajo de su mítica pericana con el ruido de las cajas de pescado, donde el arroz sabía un poco a lunes y a jueves, a rutina, a mercado, a vida de barrio.
Y ahora el local se vende. Es curioso cómo funcionan estas cosas. Primero aparece la palabra inversión. Después llega la palabra revalorización. Y finalmente desaparece la palabra bar.
Entonces alguien dice: tranquilos, no cierra. Claro que no cierra. Se traslada. Como si trasladar un bar fuera como trasladar una planta. El problema es que la esencia de un sitio no es móvil. No tiene ruedas. No se desmonta con la campana extractora ni se guarda junto a las sillas.
Alicante tiene una habilidad extraordinaria para esto: conservar la nostalgia mientras desmonta la realidad que la producía. La ciudad vive cada vez más de lo que fue. De los bares que recuerdas. De los comercios que ya no están. De los nombres que sobreviven en las conversaciones. Mientras tanto, lo que surge nuevo suele venir con fecha de caducidad turística. Espacios pensados para el visitante de paso, para el consumo rápido, para el fin de semana largo.
Y así, poco a poco, el centro se convierte en un decorado. Un decorado con hamburguesas premium, apartamentos turísticos, cafés de 4 euros y terrazas fotogénicas. Muy limpio. Muy luminoso. Muy rentable (dicen). Pero con poca esencia de ciudad. Sin infraestructura de barrio, sin clientes habituales y sin bagaje.
Porque el comercio local —el verdadero, el que crea tejido— no se improvisa. Necesita décadas. Necesita clientes que vuelven. Necesita barrios donde la gente viva, no solo duerma entre maletas. Cuando uno de estos lugares históricos se mueve, aunque siga abierto, algo se rompe.
No es culpa de Paco Macià, que bastante tiene con mantener vivo un negocio familiar durante setenta años. El mérito está precisamente ahí: seguir defendiendo la cocina de mercado en un tiempo donde todo tiende a convertirse en espectáculo gastronómico.
Pero el hecho de que Guillermo tenga que mudarse dice mucho de la ciudad. Dice que el suelo vale más que la historia. Que la memoria pesa menos que una operación inmobiliaria. Y que Alicante, cada vez más, prefiere monetizar el turismo de paso antes que cuidar el comercio que le daba carácter.
Y eso no es nostalgia, es una evidencia de cambio. Y no todos los cambios aportan cosas como estaréis comprobando.























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