
Un informe de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia del Gobierno de España desmonta uno de los discursos más repetidos y simplistas sobre el mercado laboral. Lejos de la idea de que la inmigración “quita empleo”, los datos apuntan en la dirección contraria: sin población migrante, el sistema económico, social y de bienestar se debilita de forma estructural.
Si España redujera un 30% la inmigración, en 2075 tendría 15 millones menos de habitantes y muchos menos trabajadores. Esto no solo implicaría una caída demográfica drástica, sino también una reducción de la población en edad de trabajar: de 33 millones de potenciales trabajadores se pasaría a apenas 24 millones, comprometiendo la sostenibilidad del empleo y de los servicios públicos.
Los sectores clave no se saturarían: se vaciarían. Agricultura, hostelería, educación y sanidad serían los más afectados. Desaparecerían explotaciones agrarias, cerrarían miles de bares y faltarían decenas de miles de profesionales esenciales, como médicos o docentes. Es decir, no habría “exceso de trabajadores”, sino justo lo contrario: faltaría gente para sostener lo básico.
El impacto social sería aún más evidente en los cuidados y los servicios públicos. Con una población envejecida, más de 2,7 millones de personas mayores necesitarían atención diaria, pero habría casi un 30% menos de cuidadores disponibles. En educación, desaparecerían miles de aulas, no por mejora del sistema, sino por falta de alumnado y de estructura.
También caería la economía: menos inmigración implica menos crecimiento, menos ingresos y más presión fiscal. El PIB sería un 22% más bajo y cada trabajador tendría que aportar más para sostener pensiones y servicios. El problema, por tanto, no es que “sobren personas”, sino que faltan condiciones justas para organizar el trabajo y la riqueza.
Reducir el debate a “los inmigrantes quitan trabajo” oculta las verdaderas causas de la precariedad. La acumulación de vivienda en pocas manos, la especulación, la temporalidad, las jornadas interminables o los salarios bajos tienen mucho más peso en la desigualdad que el origen de quienes trabajan. El conflicto no está entre trabajadores, sino en cómo se reparte el poder y la riqueza.
Además, la inmigración no solo sostiene el presente: también construye el futuro. Como señalaba recientemente Antonio Muñoz Molina en El País, en España —igual que ha ocurrido en Estados Unidos— el próximo gran escritor o el descubrimiento científico del siglo puede surgir de un hijo o hija de inmigrantes que hoy estudia en la escuela pública, mientras sus padres viven en la invisibilidad. Una imagen que resume lo que a menudo se ignora: la inmigración no es una amenaza, sino una posibilidad colectiva.
Frente al ruido, los datos son claros: sin inmigración no hay equilibrio posible. Y quizás la pregunta no sea quién sobra, sino qué modelo de país queremos construir y a quién dejamos fuera de él.























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