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La senda del poeta y la política «cultural» de la derecha

9 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay una forma muy particular de entender la cultura. Una forma estrecha, polvorienta, con olor a sacristía y a albero. Si nos preguntáramos hoy qué consideran cultura ciertos dirigentes de Vox y de Partido Popular, la respuesta sale sola: toros, religión y, si queda hueco en la agenda, algún museo de belenes o algún proyecto que luego no se hace, como todos los que llevan años cogiendo polvo en Alicante. Todo muy edificante. Todo muy instructivo. Todo muy… de otra época.

Mientras tanto, la llamada cultura incómoda, la crítica, la que camina, la que conecta a la gente con su propia historia, parece despertar una alergia repentina. Y ahí entra en escena algo tan peligroso —al parecer— como la Senda del Poeta, el recorrido que desde 1998 une Orihuela con Alicante siguiendo las huellas de Miguel Hernández.

Sesenta y ocho kilómetros. No es una metáfora: son kilómetros reales. Se recorren andando. Tal vez por eso incomodan. Porque mientras los autobuses y los trenes siguen sin conectar bien esta provincia, la poesía lo hace sin pedir permiso.

Si uno tuviera que buscar un consenso cultural en la provincia de Alicante —algo que pusiera de acuerdo a gente de izquierdas, de derechas y de la peña del dominó— el nombre que saldría casi automáticamente sería el de Miguel Hernández. Junto a Azorín y Paca Aguirre, probablemente el alicantino más universal en esto de las letras. Un poeta al que se estudia en medio mundo. Un poeta que nació pastor y acabó convertido en símbolo literario.

Pero resulta que ese símbolo tiene un pequeño inconveniente histórico: murió en 1942 en una cárcel franquista de Alicante. Y hay historias que, cuando se cuentan completas, parecen provocar urticaria institucional.

La solución que se nos propone es digna de laboratorio: honrar al poeta… pero sin molestar al contexto. Celebrar su nacimiento —qué fecha tan limpia— y olvidarnos del resto. Como si la biografía fuera un menú degustación del que se pueden retirar los platos incómodos.

La Senda del Poeta, sin embargo, tiene la mala costumbre de recordar todo el camino. Empieza en Orihuela, donde nació Hernández, y termina en Alicante, donde lo dejaron morir. Y por el medio ocurre algo todavía más sospechoso: jóvenes caminando, hablando, leyendo versos, discutiendo de literatura y de historia. Con dinero público del Instituto Valenciano de la Juventud. Una combinación que, a juzgar por lo ocurrido, parece intolerable para ciertos guardianes de la pureza cultural.

Curiosamente, dinero cultural sí hay para otras cosas. Hay dinero para copiar tamborradas de Semana Santa que ni siquiera son tradición propia. Hay dinero para escuelas taurinas. Hay dinero para museos de belenes. Si uno se descuida, acabaremos teniendo más pastores de escayola que lectores. Pero para una actividad que convierte la poesía en territorio compartido, que une pueblos y generaciones, que hace caminar a la gente por la memoria de esta provincia… ahí el grifo se seca.

En ese recorrido, además, ocurre otra anomalía histórica: aparece con fuerza la figura de Josefina Manresa. Durante décadas reducida a “la mujer de”, la Senda del Poeta ha contribuído a devolverla al primer plano de la historia cultural. Algo que, en un ecosistema político donde todavía se mira con desconfianza cualquier reivindicación femenina, tampoco parece entusiasmar demasiado.

Por eso conviene decirlo claro: no, no es Miguel Hernández lo que les molesta. Si lo fuera, sería fácil: bastaría con retirarlo de los manuales escolares y asunto resuelto. Pero Hernández ya es demasiado grande para eso. Lo que incomoda es otra cosa: que la poesía se convierta en un espacio público, crítico y compartido. Que los jóvenes aprendan que la cultura no es solo una procesión o una corrida, sino también memoria, debate y preguntas incómodas.

Cuando se dice que Vox amenaza derechos básicos, a veces parece una exageración abstracta. Pero los derechos no desaparecen siempre de golpe. A menudo se encogen poco a poco, como una prenda mal lavada. Primero se recorta una actividad cultural. Luego otra. Después se redefine lo que merece apoyo público. Y al final uno descubre que la cultura oficial cabe perfectamente en una vitrina: un belén, un capote de torero y una estampita.

La poesía, en cambio, tiene la mala costumbre de salir a caminar. Y eso, al parecer, sigue siendo demasiado peligroso.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, LITERATURA, noticias breves, opinión, REVISTA, VALENCIA, Vega Baja




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