
Hay algo profundamente cómodo —casi higiénico— en indignarse con los poderosos que viven lejos. Es una gimnasia moral muy extendida: uno abre las redes sociales, suelta una gracia contra Donald Trump, escribe un comentario encendido sobre Benjamin Netanyahu o comparte una noticia escandalizado por la última ocurrencia de algún concejal de Collado Villaba… Y listo. Conciencia tranquila. Hemos cumplido con nuestra ración diaria de crítica política.
Es un ejercicio muy satisfactorio porque tiene una ventaja extraordinaria: no tiene consecuencias.
El problema empieza cuando la política deja de ocurrir en Washington, Jerusalén o Bruselas y aparece en la puerta de casa. Cuando ya no se trata de un líder mundial el que te toca los ovarios, o los cojones, sino de alguien que quizá te encuentres en la inauguración de una exposición, en la presentación de un libro o en la mesa de al lado de un restaurante. Ahí la valentía suele evaporarse con una rapidez fascinante.
En Alicante, por ejemplo, estos días la conversación cultural gira alrededor del asunto de las Naus. En corrillos, en bares, en los inevitables pasillos del pequeño ecosistema cultural local, el diagnóstico suele ser contundente: que si esto es un despropósito, que si aquello es una chapuza, que si el modelo cultural de la ciudad lleva años dando vueltas sobre sí mismo como una lavadora estropeada.
El tono suele ser incluso feroz, dependiendo de las birras que uno lleve en el cuerpo. Pero luego llega el momento incómodo: ponerle nombre y apellido a las decisiones. Y es ahí cuando ocurre algo muy interesante. El volumen de la conversación baja de repente, como si alguien hubiera girado el mando invisible de la prudencia colectiva. La crítica que hace cinco minutos era incendiaria se transforma en una nebulosa verbal: “el modelo”, “las circunstancias”, “las dinámicas”, “lo que se está haciendo”.
Nadie concreta demasiado. Es más todo el mundo se esconde, sobre todo los que de alguna manera tienen réditos establecidos (y no siempre reconocidos) con el criticado. Porque señalar directamente al alcalde, Luis Barcala, o a su equipo ya no resulta tan cómodo. Requiere algo más que ironía de barra de bar. Supone asumir que la crítica puede tener efectos secundarios: incomodar a alguien, perder una invitación, que los festeros te miren mal, dejar de ser simpático en determinados círculos, salirse del pequeño sistema de silencios educados que sostiene buena parte de la vida local.
El contraste se percibe incluso en algunos medios de comunicación. Escuchas determinados programas de radio y el tono es demoledor… hasta que el político entra en el estudio. En ese instante el bisturí crítico se convierte en algodón tibio. Las preguntas se vuelven suaves, aparecen las risas cómplices y el invitado abandona el edificio exactamente igual que entró: indemne y sin un rasguño. El cabrón hasta se permite el lujo de culparnos a los demás de algo de lo que no asume su responsabilidad… surrealista.
La política local conoce perfectamente este mecanismo. Sabe que la indignación a distancia es completamente inocua. Que podemos pasar horas analizando los defectos democráticos de medio planeta mientras aceptamos con una docilidad casi admirable las pequeñas miserias de nuestro propio entorno. Que ya vendrá mañana una tamborrada inventada u otra fiesta y la gente pasará página, como si nada.
La mediocridad no se instala solo porque existan políticos mediocres. Se instala porque alrededor se forma un ecosistema perfectamente adaptado a ella: periodistas que no quieren incomodar demasiado porque la siguiente cuña la paga el «criticado», gestores culturales que prefieren no significarse, profesionales que critican en privado y callan en público…
Y de ahí, al egoísmo no hay mucha distancia. Ese pequeño cálculo permanente de qué conviene decir y qué conviene callar. A quién se puede criticar sin riesgo y a quién es mejor no mencionar. A qué distancia exacta debe estar el poder para que podamos permitirnos ser valientes.
Así seguimos: muy severos con los líderes mundiales y extraordinariamente prudentes con los que tenemos a veinte minutos en coche. Luego nos preguntamos por qué la política local parece cada vez más gris.
La respuesta, en realidad, es bastante sencilla: porque entre todos la estamos diseñando exactamente así.























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