
Alicante vuelve a estar tomada por el fuego, la música, la pólvora y la calle. Les Fogueres ocupan plazas, avenidas, conversaciones y rutinas. Como cada junio, la ciudad se transforma. Pero también, como cada junio, vuelve una pregunta incómoda que demasiadas veces se aplaza: ¿qué ciudad se celebra realmente cuando celebramos la fiesta? ¿Quién tiene sitio en ella? ¿Quién queda fuera? ¿Qué discursos se colocan en el centro y cuáles sobreviven en los márgenes?
En una ciudad sumida en una fiesta que hace tiempo necesita un debate profundo, la programación de Fogueres Populars i Combatives abre una grieta necesaria. No pretende competir con la fiesta oficial ni decorarla con un barniz alternativo. Su propuesta va más allá: recuperar la calle como espacio político, comunitario, cultural y crítico. Allí donde la institucionalidad levanta barreras, racós cerrados y programas previsibles, esta programación recuerda que la fiesta también puede ser encuentro, pensamiento, reivindicación y alegría compartida.
Durante los días 20, 21, 22 y 23 de junio, Fogueres Populars i Combatives propone trobades, cercaviles, pregón, cena popular, música, jam sessions, actividades comunitarias, bajadas a la mascletà y espacios de convivencia en lugares como La Meca, el Casal Popular del Tío Cuc, La Petanca o el Hort Comunitari de Carolines. No es solo una agenda paralela: es una declaración de intenciones. Frente a una fiesta muchas veces secuestrada por el consumo, el turismo de escaparate, el ruido vacío y la repetición de inercias, aquí aparece una foguera social, antifascista, transfeminista, antirracista y popular.
Y hace falta. Hace falta porque Alicante no puede seguir celebrándose de espaldas a sus conflictos. No puede haber fiesta sin preguntarse por el modelo de ciudad que la sostiene. No puede haber pólvora sin hablar de precariedad, de vivienda, de barrios expulsados, de racismo, de machismo, de LGTBIfobia, de espacios privatizados y de una cultura que demasiadas veces queda relegada a un papel decorativo. La fiesta debería ser de todas y todos, pero demasiadas veces se convierte en un escaparate cerrado, donde solo caben quienes conocen los códigos, pagan la cuota o aceptan no molestar.
Por eso son importantes estos espacios. Porque introducen preguntas donde otros solo quieren música de fondo. Porque abren plazas donde otros levantan vallas. Porque recuerdan que la tradición no tiene por qué ser inmóvil ni obediente. Una fiesta viva no es la que repite sin pensar, sino la que se atreve a revisar sus símbolos, sus prácticas y sus ausencias. Una fiesta popular no puede ser solo una marca institucional; tiene que ser una práctica real de participación, mezcla y conflicto democrático.
A esta programación combativa se suman además otras señales de que otra manera de vivir Hogueras es posible. Las Hogueras en bici, previstas el día 21 desde el ADDA, plantean una ciudad recorrida de otra forma, menos dependiente del coche, más amable y más habitable. Las manifestaciones antitaurinas recuerdan que no toda tradición merece ser conservada si se sostiene sobre el sufrimiento. Las reivindicaciones de las bandas musicales apuntan a otra cuestión clave: sin cultura viva, sin música, sin artistas, sin tejido local, la fiesta se queda en decorado.
Y ahí está uno de los grandes debates pendientes. Alicante necesita que la cultura tenga un hueco real en sus fiestas. No un hueco residual, ni un escenario testimonial, ni una programación pensada únicamente para rellenar. Necesita escenarios abiertos, vida en los barrios, conciertos accesibles, propuestas escénicas, poesía, danza, pensamiento, artes visuales, cultura crítica y cultura popular. Necesita que la fiesta no sea únicamente pólvora, barra y monumento, sino también creación, imaginación y comunidad.
Porque Les Fogueres podrían ser mucho más. Podrían ser una oportunidad para pensar la ciudad desde sus barrios. Para abrir espacios intergeneracionales. Para visibilizar a colectivos que no aparecen en los discursos oficiales. Para llenar las calles de música local, de propuestas independientes, de encuentros vecinales, de debates públicos, de cuidados y de memoria. Podrían ser una fiesta menos excluyente, menos rígida, menos complaciente consigo misma.
La programación alternativa de Fogueres Populars i Combatives nos recuerda que el fuego no solo sirve para iluminar monumentos. También puede servir para señalar lo que sobra. Y quizá ahí esté la imagen más potente de estos días: no se trata solo de quemar cartón, madera y pintura. Se trata de preguntarse qué otras cosas deberían arder para no volver.
Deberían arder el racismo, el machismo y la LGTBIfobia. Deberían arder la ciudad convertida en negocio para unos pocos. Deberían arder los espacios cerrados que expulsan a quienes no pueden pagar. Deberían arder la cultura tratada como adorno, la participación reducida a foto institucional, la tradición usada como excusa para no cambiar nada. Deberían arder las miradas reaccionarias que quieren una fiesta dócil, homogénea y sin conflicto.
Y, sobre esas cenizas, quizá podría aparecer otra fiesta. Una fiesta más abierta, más crítica, más de barrio, más cultural, más alegre y más libre. Una fiesta en la que la diferencia no sea tolerada como rareza, sino celebrada como parte imprescindible de la ciudad.
Porque Alicante también arde en sus márgenes. Y a veces es ahí, precisamente ahí, donde el fuego ilumina mejor.



















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