
Alicante anuncia la modernización de más de 250 paradas de autobús con nuevas marquesinas, paneles informativos y pantallas interactivas. Una inversión millonaria centrada en la imagen del servicio que vuelve a poner el foco en lo accesorio mientras lo esencial sigue sin resolverse. Se renuevan soportes, pero no se garantiza un mejor transporte público para la ciudadanía.
La experiencia reciente invita al escepticismo. Infraestructuras presentadas como avances —desde ascensores urbanos hasta máquinas de recarga del transporte— han acabado pasando más tiempo fuera de servicio que funcionando. El problema no es solo qué se instala, sino si realmente funciona y se mantiene.
Más que nada, porque el día a día del autobús en Alicante sigue marcado por esperas largas, frecuencias insuficientes y un servicio que no cubre las necesidades reales de la población. Sin más autobuses y mejores horarios, los paneles que anuncian tiempos de llegada sirven de poco.
El transporte público no puede limitarse a una cuestión estética o tecnológica. Es una herramienta clave para garantizar el derecho a la movilidad, reducir desigualdades y avanzar hacia un modelo de ciudad más sostenible. Hace falta un servicio con mayor frecuencia, operativo las 24 horas y útil para la vida cotidiana.
Además, la planificación no puede quedarse dentro del término municipal. La conexión eficaz con otras localidades de la provincia es imprescindible para reducir la dependencia del coche y facilitar desplazamientos laborales, educativos y sociales.
Si de verdad se quiere apostar por un modelo de movilidad sostenible, las prioridades están claras: más frecuencias, servicio continuo, fiabilidad en el funcionamiento y políticas que desincentiven el uso innecesario del vehículo privado. Todo lo demás, por muy moderno que parezca, es secundario.























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