
Se ha muerto El Cabrero y parece que se apaga algo más que una voz. Se apaga una forma de estar en el mundo. Una manera antigua, áspera y luminosa de cantar desde la tierra, no desde el escaparate. José Domínguez, nacido en Aznalcóllar en 1944, ha fallecido a los 81 años, dejando tras de sí una de las trayectorias más libres, incómodas y necesarias del flamenco contemporáneo.
Cabrero de oficio, cantaor por verdad y anarquista por decencia, El Cabrero nunca quiso pertenecer del todo a los escenarios, aunque los conquistara desde la simpleza más compleja. Al fin y al cabo, su sitio natural estaba en los caminos, en las veredas, entre las cabras, en esa vida sin impostura que defendió incluso cuando su nombre empezó a circular por festivales internacionales y compartió cartel con figuras de la música mundial. Podía cantar ante miles de personas, pero al día siguiente seguía siendo el hombre que sacaba a sus animales al campo. Ahí estaba su grandeza: en no dejarse domesticar.
Me quedo con el recuerdo haberlo visto en directo hace muchos años, en el apogeo máximo de su talento en un pueblito de Extremadura, su preparación inmerso en la gente de pueblo con su presencia seca y esa voz que parecía venir de un lugar anterior al miedo. Cantaba como quien abre una herida para que entre el aire. Y esa rabia no se olvida.
A El Cabrero lo llamaron muchas cosas: cantaor político, fenómeno social, voz de la Transición, incluso Johnny Cash del flamenco. Etiquetas pequeñas para alguien que no cantaba desde una estrategia, sino desde una necesidad.
Él decía que cantaba lo que sentía y que guardaba cabras. Y en esa frase cabía toda una ética. No necesitaba adornar su rebeldía porque la había vivido desde niño, entre silencios familiares, injusticias heredadas y ese miedo espeso de la posguerra que a algunos los convirtió en obedientes y a él, por suerte para todos, en rebelde.
Su cante hablaba de los abusos del poder, de los pobres, de los jornaleros, de los caminos robados, de los que no tenían voz. Pero también hablaba de dignidad. De no apartar la mirada. De no aceptar que el mundo está bien hecho solo porque algunos aprendieron a vivir cómodos dentro de su injusticia.
Para él hubo cárcel, hubo censura, hubo incomodidad. Pero, también, hubo respeto, admiración y una fidelidad feroz de quienes entendieron que El Cabrero no era un personaje, sino la misma realidad cantando.
Con su muerte, el flamenco pierde a uno de sus nombres más libres. Pero quizá no sea del todo exacto decir que se ha ido. Porque hay artistas que no desaparecen: se quedan resonando en la memoria de quienes los escucharon alguna vez de cerca, o en una de esas cintas de Casette que vendían en las gasolineras. Yo lo recordaré allí, en aquel pueblo extremeño, con el cante limpio, duro en la parte de atrás del coche de mi padre, esperando que me traiga la luna por bulerías.














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