
Cada cierto tiempo vuelve el mismo debate: ampliar el servicio de socorrismo en las playas de Alicante más allá de la temporada alta. Esta vez, con la vista puesta en la Semana Santa, el sector hostelero ha reactivado una demanda que, en apariencia, parece razonable: más seguridad, más servicios, más empleo. ¿Quién podría oponerse?
Pero conviene detenerse un momento y mirar el mar sin la prisa del calendario turístico…
Las playas no son un decorado. No están ahí únicamente para responder a picos de ocupación ni para adaptarse al ritmo de la economía local. Son ecosistemas vivos, cambiantes, que siguen sus propios tiempos. El invierno y los meses de transición no son un “paréntesis” hasta la siguiente temporada, sino una fase necesaria de regeneración: cambios en la temperatura del agua, dinámicas de corrientes, acumulación de algas, presencia de posidonia. Elementos que, desde la lógica turística, se perciben como molestos, pero que desde la lógica ecológica son imprescindibles.
Extender el socorrismo durante todo el año implica, en el fondo, asumir que la playa debe estar siempre “lista”, siempre disponible, siempre domesticada. Y ahí es donde surgen las dudas. ¿Hasta qué punto seguimos forzando el litoral para que encaje en un modelo de uso continuo? ¿Qué margen dejamos a los ciclos naturales si todo debe funcionar como en pleno agosto?
Es cierto que la medida generaría empleo, y eso es relevante, obviamente. Aunque también lo generaría invertir en cuidado medio-ambiental… Pero también lo es que los recursos públicos son limitados, y que cada decisión implica renuncias. ¿Es esta la prioridad? ¿O hay necesidades más urgentes en la ciudad que requieren inversión sostenida y no estacional?
Además, existe una realidad que rara vez se menciona: hay una comunidad —discreta, constante— que ya utiliza las playas todo el año. Bañistas habituales, deportistas, paseantes. Personas que conocen el mar, que saben leerlo, que entienden cuándo entrar y cuándo no. No necesitan una bandera para interpretar el estado del agua ni un servicio permanente que convierta la excepción en norma.
El riesgo de fondo es convertir cualquier espacio en un producto continuo, sin pausa, sin descanso. Y quizá la pregunta no sea si podemos tener socorristas todo el año, sino si debemos aspirar a que la playa funcione como si fuera verano permanente. Porque no todo es turismo. Y porque, en algún momento, también habrá que decidir si queremos playas vivas o playas siempre disponibles.























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