
Hay lugares que no fallan nunca: el Castillo de Santa Bárbara, por ejemplo, siempre consigue sorprender… aunque no necesariamente en el sentido que uno espera. El mismo espacio que ha dejado escapar planes que llenaban de vida sus muros, ahora inaugura una exposición de portadas de discos. Y uno no sabe si subir por cultura o por curiosidad antropológica.
Porque conviene hacer memoria: el Castillo dejó irse a Elche el ciclo “Conciertos en el Baluarte”, aquel plan perfecto de sábado en el que Alicante, por unas horas, parecía una ciudad que entendía lo que tenía entre manos. También se esfumó “Live The Roof”, esa rara avis que daba otro color a los veranos, y por el camino se quedaron conciertos como los de The Limboos o Morgan, que no pedían mucho: solo un escenario y un mínimo de criterio.
Ahora, en su lugar, llega “SymphonicArt”. Cincuenta portadas de discos de rock sinfónico expuestas en una sala. Que sí, que Pink Floyd o Genesis están muy bien, y que las portadas son arte, nadie lo discute. Pero hay algo profundamente irónico en convertir un espacio con vistas al Mediterráneo en una especie de Spotify en pausa, mientras la música en directo se queda abajo, en la ciudad, buscando sitio entre quejas de vecinos y la imaginación de cuatro chavales.
El discurso oficial habla de “dinamización”, de “espacio cultural de referencia”, de atraer públicos diversos. Palabras grandes para decisiones pequeñas, o al menos desconectadas de lo que ya funcionaba. Porque aquí no se trata de elegir entre una exposición o un concierto: se trata de entender qué convierte un lugar en algo vivo. Y, de momento, parece que la respuesta institucional es colgar cuadros donde antes había aplausos.
Mientras tanto, el Castillo sigue acumulando visitantes —cerca de un millón al año, dicen—, como si la cantidad pudiera sustituir a la calidad. Turistas suben, hacen fotos, bajan. La cultura, mientras tanto, pasa de puntillas o directamente ni aparece. Y en ese tránsito, Alicante pierde algo difícil de medir pero fácil de reconocer: la sensación de que las cosas tienen sentido. Porque no es lo mismo recibir a un visitante convenciéndole con un plan con vistas, que subir a ofrecer algo que puede ver en mi salón, o dándose una vuelta por Naranja y Negro.
Lo seguirán ninguneando, pero el criterio cultural es importante. Saber qué atrae, cómo atraerlo y, sobre todo, no espantarlo cuando lo tienes delante. Y aquí es donde la programación empieza a parecer una tómbola: un fin de semana medieval por aquí, una visita teatralizada por allá, una exposición que podría estar en cualquier otra sala sin vistas ni historia.
Al final, uno no puede evitar pensarlo: a veces da la sensación de que un mono de feria decide la programación del Castillo, tirando dardos sobre un calendario, combinando ideas sin hilo conductor, confiando en que el escenario —imponente, indiscutible— haga el resto. Seguramente, ese sea el problema: creer que el Castillo lo aguanta todo. Incluso la falta de criterio.























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