
No nos están robando el futuro: ya lo han vendido. A plazos, con intereses y con una sonrisa institucional. Nos dicen que tengamos paciencia, que esto es complejo, que no se puede tocar “al mercado” porque se enfada. Y mientras tanto, el mercado vive de alquiler… en nuestras costillas.
La izquierda de verdad no es un logo morado, ni un tuit ingenioso, ni una tertulia bien iluminada. La izquierda empieza cuando entiendes que si trabajas y sigues siendo pobre, el sistema no falla: funciona exactamente como fue diseñado. Funciona para que obedezcas, para que tengas miedo, para que no levantes la cabeza porque estás demasiado ocupado sobreviviendo.
Nos piden moderación quienes no moderan sus beneficios. Nos piden civismo quienes desahucian con escolta. Nos piden diálogo quienes no negocian nunca nada que no sea cuánto más van a ganar este trimestre. Y lo peor es que hemos comprado el marco: creemos que protestar es exagerado, que enfadarse es infantil, que quemar algo —aunque sea simbólicamente— es cruzar una línea moral. ¿Cuál? ¿La de dormir en la calle con contrato indefinido? ¿La de trabajar 40 horas para pagar una habitación? ¿La de aceptar que la vivienda es un bien de inversión y no un derecho?
La derecha promete casas como quien promete lluvia. No dicen para quién. No dicen a qué precio. No dicen quién las compra. Porque lo saben: no son para vivir, son para rentabilizar. Y mientras, te explican que el problema es que no ahorras, que consumes demasiado aguacate, que no sabes gestionar. Gaslighting económico en prime time.
Luego están los falsos antisistema. Jóvenes cabreados, sí, pero apuntando hacia abajo o hacia el pasado. Creyendo que rebelarse es envolverse en símbolos rancios y obedecer a líderes que jamás han pasado frío. No es antisistema quien defiende jerarquías, fronteras y banderas: eso es el sistema pidiendo refuerzos.
La realidad es más simple y más brutal: cuando no tienes techo, no tienes proyecto; cuando no tienes proyecto, no tienes futuro; cuando no tienes futuro, tarde o temprano estallas.
Y no, no es odio. Es consecuencia. No es violencia: es respuesta. No es radicalidad: es supervivencia.
Llevamos décadas escuchando que hay que esperar, que ya tocará, que ahora no es el momento. Siempre hay una excusa perfecta para no redistribuir, para no expropiar, para no señalar a los culpables con nombre y apellidos. Pero para rescatar bancos nunca faltó urgencia. Para blindar beneficios nunca hubo debate. Para precarizar generaciones enteras, siempre hubo consenso.
La izquierda no está para gestionar la miseria con lenguaje amable. Está para cambiar las reglas, aunque moleste, aunque incomode, aunque tiemblen los cimientos. Todo lo demás es decoración progresista para un sistema profundamente injusto.
Y que no nos engañen más: si cumplir la ley significa vivir peor cada año, si la estabilidad solo existe para los de arriba, si la paz social se basa en que tú no llegues a fin de mes pero no protestes… entonces el problema no es la rabia. El problema es haber aguantado tanto.
Porque cuando no te dejan nada que perder, lo único que te queda es luchar.



















Deja una respuesta