
Quince años después del 15M y tengo la sensación de que el momento de que se repita ha llegado. No necesariamente con las mismas tiendas de campaña, ni con los mismos carteles escritos a rotulador, ni con aquella mezcla de ingenuidad, lucidez y cansancio que llenó las plazas en 2011. Pero sí con la misma certeza. La que evidencia que la democracia no puede reducirse a votar cada cuatro años y mirar cómo otros administran nuestra vida en nombre de unos intereses que casi nunca son los nuestros.
Para quien haya llegado tarde, o para quien haya preferido olvidar, el 15M fue el movimiento ciudadano que estalló tras una manifestación del 15 de mayo de 2011 en un contexto muy parecido al que vivimos ahora: crisis económica, el paro disparado, los recortes como paisaje y una sensación cada vez más extendida de que bancos, corporaciones y partidos habían secuestrado el tablero.
Aquellas acampadas, nacidas de manera pacífica en plazas como la Puerta del Sol en Madrid, o La Muntnyeta en Alicante, reclamaban una democracia más real, más participativa y menos sometida al bipartidismo y al poder financiero. Sus lemas de partida lo decían casi todo: “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros” y “Democracia real ya”.
De aquella sacudida quedaron muchas cosas, aunque algunas se hayan ido diluyendo por el camino. Quedó la conciencia de que el bipartidismo no era una ley natural. Quedó la aparición de nuevas fuerzas políticas. Quedaron mareas, plataformas, cooperativas, redes vecinales, formas de protesta y una pedagogía de la calle que nos recordó que la ciudadanía no es una espectadora sentada en la última fila.
Eso sí… que el bipartidismo ya no exista como existía entonces no significa que el problema esté resuelto. Significa, más bien, que una parte del síntoma cambió de forma. Porque, quince años después no se puede decir que estemos mejor. La vivienda se ha convertido en una frontera de clase todavía más brutal. El precio de compra sigue desbocado: el INE situó la variación anual del Índice de Precios de Vivienda en el 12,8% en el tercer trimestre de 2025. Alquilar una casa, comprarla o simplemente imaginar un proyecto de vida sin heredar patrimonio se ha convertido para demasiada gente en una broma cruel. La burbuja no se fue: aprendió a hablar otros idiomas. Ahora se llama fondo de inversión, alquiler turístico, vivienda de temporada, “coliving”, oportunidad de mercado o rentabilidad.
A la vez, nos están arrebatando lo básico con la paciencia de quien desmonta una casa pieza a pieza. La escuela pública se defiende a base de agotamiento. La sanidad pública resiste gracias a profesionales exprimidos hasta el límite. La vivienda digna ha dejado de ser un derecho para convertirse en una subasta permanente. Y encima proliferan los fachas, no ya como caricatura de otro tiempo, sino como una oferta política perfectamente adaptada al presente: señalar al vulnerable, agitar una bandera, simplificar el miedo y convertir la rabia social en obediencia reaccionaria.
Ahí está una de las grandes derrotas culturales de estos tres lustros: la indignación sigue viva, pero muchas veces apunta en la dirección equivocada. Stéphane Hessel escribió ¡Indignaos! como una llamada contra la indiferencia y a favor de una insurrección pacífica, ética, profundamente democrática. El 15M recogió esa energía y la llevó a las plazas. Pero hoy demasiada indignación se canaliza contra el vecino, contra el migrante, contra la feminista, contra el funcionario, contra el pobre que recibe una ayuda miserable, contra cualquiera que sirva para no mirar hacia arriba.
Por eso hace falta recuperar la calle. No como decorado nostálgico ni como postal de aniversario, sino como espacio de conflicto democrático. La calle no es solo un espacio para una manifestación: es conversación, organización, asamblea, barrio, pancarta, sindicato, AMPA, centro de salud, instituto, mercado, biblioteca, plaza. Es el lugar donde una sociedad recuerda que no todo puede delegarse y que no toda solución cabe en un podcast de mierda.
También hace falta desactivar la bandera como falsa solución. La bandera puede emocionar, claro. Puede formar parte de una identidad, de una memoria o de una celebración. Pero cuando se usa para tapar desahucios, listas de espera, aulas masificadas, salarios precarios y alquileres imposibles, deja de ser símbolo y se convierte en cortina de humo. A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que: no se come bandera. No se paga el alquiler con bandera. No te atienden antes en urgencias por envolverte en una bandera. No estudia mejor un niño porque alguien grite más fuerte “Viva España” desde una tribuna.
Quizá el nuevo 15M no debería nacer con la obsesión del error ratificado de aquello de convertir la demanda en partido, ni con la ansiedad de producir líderes, marcas, siglas y candidaturas. Tal vez debería empezar antes: recuperando la capacidad crítica. Volviendo a hablar de justicia social sin pedir perdón. Recordando que una vida digna empieza por tres cosas sencillísimas y revolucionarias: una casa donde vivir, una educación igualitaria y una sanidad pública que te atienda cuando enfermas.
La lección más importante del 15M no fue que las plazas podían llenarse. Fue que, durante un tiempo, mucha gente dejó de sentirse sola en su enfado. Descubrió que su precariedad no era un fracaso individual, que su hipoteca no era una culpa privada, que su paro no era una vergüenza personal, que su futuro cancelado no era mala suerte. Era política. Era economía. Era sistema. Y hay que recuperar esas sensaciones y actualizar otras.
Quince años después, nos sobran diagnósticos y nos falta calle. Nos sobran tertulianos y nos falta conversaciones más honestas. Nos sobran siglas y nos falta una idea compartida de dignidad. Nos sobran banderas agitadas como anestesia y nos falta una pregunta elemental: cómo puede llamarse demócrata una sociedad donde trabajar ya no garantiza vivir, estudiar no garantiza ascender, enfermar puede ser una condena y alquilar una casa se parece cada vez más a pedir permiso para existir.
Hace falta otro 15M. No para repetir el pasado, sino para dejar de aceptar este presente como si fuera inevitable. Porque la indignación, cuando se organiza, deja de ser ruido y tiene un sentido. Se convierte en memoria democrática. Es defensa propia. Constitución. Y quizá, también, el primer paso para volver a imaginar un país donde vivir no sea un privilegio de unos pocos.

















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