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Sumar o desaparecer: la izquierda ante el espejo de su propia vanidad

19 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser estrategia y se convierte en instinto de supervivencia. Este es uno de ellos. Y, sin embargo, lo que vemos es otra cosa: siglas defendidas como trincheras, liderazgos acariciados como reliquias, egos tratados como patrimonio cultural inmaterial.

La propuesta de Gabriel Rufián de aunar las fuerzas de la izquierda en un frente común no es una genialidad táctica. Es, sencillamente, sentido común. Y quizá por eso levanta tantas resistencias.

Porque aquí nadie quiere perder su idiosincrasia. Nadie quiere diluir su acento, su bandera, su relato propio. Y es legítimo. El BNG no es lo mismo que EH Bildu. Esquerra Republicana de Catalunya no es Compromís. La Chunta Aragonesista no es Más Madrid. Cada uno responde a una realidad territorial, a una historia, a una sensibilidad concreta. Pero no estamos discutiendo identidad. Estamos discutiendo sobre supervivencia parlamentaria.

La fragmentación puede ser un lujo en elecciones locales, donde la cercanía y la estructura territorial sostienen resultados. Pero en unas generales, el sistema no perdona la dispersión. La aritmética electoral no entiende de matices ideológicos: entiende de escaños. Y los votos que no alcanzan el umbral suficiente en provincias pequeñas se evaporan como si nunca hubieran existido.

Ahí están Soria. Cuenca. La Rioja. Asturias. Circunscripciones donde uno o dos miles de votos pueden decidir si una fuerza entra o desaparece. Donde dividirse no es una expresión de pluralismo, sino una invitación al desangre.

Es ridículo plantear batallas intestinas que no van a dar réditos a nadie. Nadie va a salir fortalecido de competir por el mismo espacio electoral cuando el adversario no está dentro, sino enfrente. Nadie gana cuando el resultado final es un escaño menos para el conjunto.

Y, sin embargo, la tentación es poderosa. Las “paguitas” son suculentas y el aforamiento da mucho de si. Los grupos propios garantizan visibilidad, financiación, estructura. El pastel es limitado, pero todos quieren su porción intacta. La política, en su versión más cruda, también es eso: poder, recursos, permanencia. Y eso, hoy, con la ultraderecha enfrente es un error imperdonable, porque hay momentos que exigen algo más que cálculo contable. Exigen amplitud de miras.

No se trata de disolver partidos ni de borrar trayectorias. Se trata de acordar mínimos comunes. Un programa básico, claro, innegociable en lo esencial. Un frente que permita que cada voto progresista cuente allí donde ahora se pierde por pura dispersión. Y luego ya, la lista con la idea, no los nombres y las siglas que no dicen nada.

Eso es, en esencia, la idea: sumar, no uniformar. Coordinar, no absorber. Entender que en determinadas elecciones la lógica no es la del matiz, sino la del bloque. La izquierda tiene ante sí una decisión incómoda: preservar cada sigla como si fuera un fin en sí mismo o asumir que las siglas son instrumentos, no templos. Que no se fundaron para perpetuarse, sino para transformar.

Rufián no está proponiendo un acto de fe. Está señalando una evidencia matemática y científica. Y frente a la evidencia, el romanticismo identitario puede resultar letal.

Hay momentos históricos que no perdonan la miopía. Este puede ser uno de ellos. O se suma, o se resta. Y a veces, restar no es sólo perder poder. Es perder la posibilidad misma de influir. Por eso, la pregunta no es quién encabeza la lista. La pregunta es si habrá lista que encabezar.

Publicado en: Crítica Social, en portada, España, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL




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