
El Ayuntamiento de Alicante ha abierto expediente a ocho locales del Casco Antiguo por incumplimientos vinculados a la Zona Acústicamente Saturada (ZAS), con apercibimiento de suspensión de actividad para tres de ellos si en un plazo de quince días no presentan la documentación relativa al limitador de sonido exigido por la normativa.
Desde la activación de la ZAS en noviembre de 2025, la Policía Local ha levantado 198 actas por infracciones graves relacionadas con la ley autonómica de espectáculos y actividades recreativas. De ellas, 54 expedientes han sido remitidos ya a la Conselleria de Medio Ambiente, mientras que el resto continúa en fase de tramitación administrativa.
La medida se presenta como un intento de proteger el descanso vecinal y controlar los niveles de ruido en una zona especialmente tensionada del centro histórico, donde la concentración de locales de ocio y restauración ha generado un conflicto creciente entre actividad económica y vida residencial.
Sin embargo, el problema de fondo no puede reducirse únicamente a una cuestión de sanciones o limitadores de sonido.
Durante años, el propio modelo turístico impulsado desde la administración municipal ha favorecido una expansión desordenada del ocio nocturno y del alquiler turístico en el centro histórico, transformando barrios tradicionalmente residenciales en espacios orientados casi exclusivamente al consumo.
El resultado es un Casco Antiguo cada vez menos habitado por vecinos permanentes y cada vez más ocupado por apartamentos turísticos, visitantes de fin de semana y actividad hostelera intensiva.
En ese contexto, la aplicación de medidas restrictivas como la ZAS termina afectando principalmente a los empresarios hosteleros que han mantenido actividad estable durante años, muchos de ellos negocios locales que ahora se encuentran sometidos a una presión regulatoria creciente.
La paradoja es evidente: primero se permite un modelo urbano basado en la turistificación del centro y después se intenta corregir sus efectos mediante sanciones y restricciones a quienes operan dentro de ese mismo sistema.
Mientras tanto, el crecimiento del alquiler turístico —con una regulación todavía limitada— ha transformado profundamente la estructura social del centro histórico, reduciendo la presencia de vecinos permanentes y alterando la vida cotidiana de los barrios.
Cuidar al vecino es imprescindible. El descanso y la convivencia en el centro deben ser prioridades de cualquier política urbana responsable. Pero ese cuidado exige coherencia.
No basta con abrir expedientes o limitar terrazas si no existe un modelo urbano claro que ordene el turismo, la vivienda, la actividad económica y la vida vecinal.
Porque el problema del Casco Antiguo de Alicante no es únicamente el ruido de algunos locales. Es la ausencia de un proyecto equilibrado de ciudad que permita convivir a residentes, hosteleros y visitantes sin que unos paguen siempre las consecuencias de las decisiones tomadas por otros.























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