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8M: demasiadas pancartas para no ver lo que viene

9 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay días en los que uno sale a la calle convencido de estar asistiendo a una demostración de fuerza. Y hay otros en los que, al volver a casa, a uno le queda la incómoda sensación de que quizá estaba presenciando justo lo contrario. Este 8M me ha dejado esa fría sensación…

No por falta de gente. Ni por ausencia de reivindicaciones. Al contrario: había pancartas para todos los gustos, columnas distintas, matices ideológicos perfectamente delimitados, banderas que competían por hacerse visibles. Un mosaico tan amplio que casi parecía un catálogo.

Pero algo chirriaba. Seguramente, porque mientras miles de personas marchaban, en algunos lugares las instituciones ya ni siquiera se molestaban en disimular. A la misma hora que las manifestaciones se organizaban talleres infantiles, conciertos multitudinarios, charlas o una tamborrada copiada de Semana Santa . Nada abiertamente hostil. Nada explícitamente antifeminista. Simplemente otra cosa. Una contraprogramación suave como manera eficaz de restar centralidad a algo que hace no demasiado tiempo era algo que no tenía compentencia y ahora deriva en que un alto porcentaje de jóvenes ya, ni se consideren feministas.

Es palpable que dentro del propio espacio progresista seguimos atrapados en una discusión casi permanente sobre nosotros mismos. Qué pancarta encabeza la marcha, qué lema es el correcto, qué matiz ideológico debe quedar perfectamente delimitado. El resultado es un movimiento lleno de voces, pero cada vez más fragmentado.

Y mientras tanto, hay otro actor político que ha optado por hacer exactamente lo contrario: no moverse. Vox se ha convertido en un bloque compacto que hoy, sin ir más lejos, celebra que las encuestas le dan más de un 20% del voto en Castilla León, sin grandes movilizaciones, ni debates internos retransmitidos en directo, ni discusiones constantes sobre su identidad política. Simplemente espera. Y mientras espera, crece.

Y lo hace sin demasiado ruido, pero con una constancia inquietante. Voto a voto. Barrio a barrio. Incluso en esos lugares donde hace no tanto parecía impensable que alguien se planteara, si quiera votar a algo que no fuera de izquierdas.

Ese es quizá el dato que debería preocupar más que cualquier encuesta: cuando los llamados cinturones rojos empiezan a mirar hacia la ultraderecha como una posible salida, algo profundo se está rompiendo. El desencanto es una explicación fácil. También cómoda. Pero no basta.

Porque mientras ese desencanto se convierte en un deporte nacional dentro del propio espacio progresista, el resultado es bastante claro: se desgasta hasta el límite a quienes gobiernan. Se critica sin tregua a Pedro Sánchez, se ridiculiza a Yolanda Díaz y se amplifican las diferencias internas hasta convertirlas en fracturas permanentes.

El resultado no es una izquierda más exigente. Es una izquierda desmoralizada. Y en política, el desánimo es letal. Porque enfrente no hay un adversario desorganizado. Hay una derecha cada vez más homogénea ideológicamente, con una ultraderecha que marca el ritmo del debate público y una maquinaria territorial que ya controla autonomías, diputaciones y ayuntamientos.

Eso significa poder real. Poder institucional. Poder cultural llevado al ridículo como este fin de semana ha sucedido en Collado Villalba. Y todo eso ocurre mientras el Gobierno sobrevive años sin presupuestos nuevos, el PSOE llega desgastado al final de la legislatura y el resto del espacio progresista continúa atrapado en un debate esteril que no tiene pinta de cerrarse con la unidad que la situación requiere.

Dentro de poco más de un año habrá elecciones. Y conviene recordar algo: no todas las derrotas son iguales. La derrota de Felipe González frente a Aznar en 1996 fue un cambio de ciclo político. Pero el país no giró bruscamente sobre su eje. Lo que se vislumbra ahora es distinto.

Porque si la derecha y la ultraderecha consolidan la mayoría que ya tienen en buena parte del mapa institucional, no será solo un cambio de gobierno. Será un bloque político con capacidad para ocupar durante años todos los niveles del poder: Estado, autonomías, diputaciones y ayuntamientos.

Quizá por eso este 8M deja una inquietud difícil de quitar. No por lo que se gritaba en la calle. Sino por lo que quizá aún no estamos viendo. A veces las sociedades no perciben el cambio de época mientras está ocurriendo. Solo lo entienden cuando ya es irreversible. Y hay momentos en la historia en los que la división de quienes se consideran progresistas termina siendo el mejor aliado de quienes quieren retroceder un siglo.

Pensar que eso no puede pasar aquí sería un error, que en este país ya se cometió una vez. Y nos salió caro, aunque ahora ya muchos, no se quieran acordar.

Publicado en: Crítica Social, en portada, España, feminismo, opinión, Política, REVISTA




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