
Cincuenta años después de la muerte de Francisco Franco, España sigue viviendo un fenómeno tan preocupante como revelador: la reaparición, en espacios mediáticos y políticos, de discursos que trivializan la dictadura o rehabilitan su figura bajo el pretexto de “equilibrar” el relato histórico. Nunca pensé que viviría en un país capaz de blanquear a un dictador que arrancó de cuajo los avances sociales más prometedores de su tiempo. Medio siglo después de su muerte, seguimos discutiendo si Franco “trajo prosperidad”, si “era autoritario pero no fascista” o si “todos fueron igual de malos”. Un país que no ha hecho las paces con su historia se condena a repetir sus sombras.
Es cierto que nadie sabe qué hubiera pasado sin la Guerra Civil: quizá España habría acabado igualmente arrastrada por la Segunda Guerra Mundial, quizá no. Pero lo que sí es objetivo es que España perdió entonces a su generación más brillante. Entre 450.000 y 500.000 personas huyeron al exilio: México, Argentina, Francia, la URSS. La mitad jamás pudo regresar. Durante décadas nos quedamos sin Buñuel, Picasso, Miró, Alberti, Severo Ochoa… sin los cerebros y las manos capaces de empujar una evolución social y cultural que hoy sería incalculable.
No se trata de un debate ingenuo. Es una operación consciente de revisionismo que busca erosionar el consenso académico internacional sobre la naturaleza criminal del franquismo. La investigación historiográfica es unánime: Franco no fue un “mal necesario”, ni un “modernizador autoritario”, ni un “salvador del caos”, sino una grave anomalía democrática que lastró el desarrollo social, económico, científico y cultural de España durante casi cuatro décadas.
El principal antídoto contra el blanqueamiento es la evidencia. Y es aquí donde conviene desmontar los mitos que persisten, pese a estar sobradamente refutados desde hace décadas.
1. El mito de la prosperidad económica: la falacia del milagro franquista
La narrativa que atribuye a Franco la modernización económica del país ignora datos elementales.
Las dos primeras décadas de la dictadura fueron un fracaso rotundo: autarquía, racionamiento, empobrecimiento generalizado y un aislamiento internacional que dejó a España en una situación comparable a la Europa del Este, no a la occidental.
El crecimiento económico de los años sesenta —el llamado “milagro”— fue obra de los tecnócratas del Opus Dei que implementaron el Plan de Estabilización de 1959 siguiendo directrices de integración parcial en la economía occidental. Lo que funcionó fue lo que abandonó el propio franquismo: el aislamiento ideológico y el intervencionismo asfixiante.
Atribuir a Franco ese crecimiento es tan incorrecto como atribuirle la electricidad por haber gobernado cuando se enchufaron más neveras.
2. El mito del “salvador ante el comunismo”: un relato construido a posteriori
El golpe de Estado de 1936 se legitimó retrospectivamente como una “cruzada” contra un supuesto intento de revolución comunista total.
La historiografía es clara: el PCE era minoritaria, no existía un plan para derrocar la República y el conflicto nació de la erosión institucional, la polarización y la violencia política, no de un proyecto revolucionario inminente.
Presentar el golpe como prevención heroica es un ejercicio de propaganda franquista que algunos sectores siguen reproduciendo hoy bajo el disfraz de análisis histórico.
3. El mito del “todos fueron igual de malos”
Equiparar la violencia republicana y la franquista constituye uno de los discursos revisionistas más persistentes.
Es una falsedad metodológica y moral.
Durante la guerra, la represión franquista causó entre 90.000 y 150.000 asesinados, según estudios de referencia. La violencia republicana, aunque existente, fue menor en escala y nunca alcanzó la sistematicidad burocrática ni la duración temporal de la franquista.
Tras la guerra, la comparación se vuelve directamente insostenible: ejecuciones por consejos de guerra (20.000 y 50.000 según diferentes archivos), desapariciones (114.000 contabilizadas en fosas comunes), trabajos forzados, campos de concentración, depuraciones profesionales y un aparato represivo extendido hasta la muerte del dictador. Las instituciones del Estado fueron diseñadas para reprimir. No existe simetría posible entre un régimen democrático en guerra y una dictadura asentada durante casi cuarenta años.
Y eso sin contar la cantidad de gente que pasó muchos años en la cárcel por no comulgar con las ideas imperantes, ser gay o por cosas que hoy decimos en Twitter abiertamente, sin que ni nos llamen la atención.
4. El mito del “autoritarismo sin fascismo”: una distinción interesada
Franco se presenta a menudo como un gobernante “autoritarista”, no fascista. El matiz es engañoso. El régimen contó con todos los rasgos propios de las dictaduras fascistas: partido único, exaltación del líder, represión sistemática, nacionalcatolicismo como ideología oficial, exaltación del Estado y uso intensivo de la propaganda.
La literatura académica distingue entre “fascismo pleno” y “fascismo clerical” o “fascistización”. En cualquiera de esas categorías, el franquismo encaja con comodidad. Intentar rebajarlo a un autoritarismo genérico es una estrategia para minimizar su naturaleza represiva y su alineamiento ideológico con las potencias fascistas europeas.
5. El mito del orden y la ausencia de corrupción: el silencio no es virtud
Bajo un régimen sin libertades, sin prensa independiente y sin separación de poderes, la corrupción no desaparece: simplemente no se investiga.
El estraperlo, los privilegios empresariales, las redes clientelares y los favores políticos fueron estructurales en el franquismo. El supuesto “orden” era miedo, no convivencia: una sociedad disciplinada por la amenaza de la represión, no por la adhesión libre a normas compartidas. Y mucho menos por esa libertad de la que ahora nos gusta hacer gala.
6. El mito de la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial
Franco apoyó ideológicamente y materialmente a Hitler y Mussolini. La División Azul, el suministro estratégico, la sintonía diplomática y las negociaciones para entrar en la guerra lo prueban de manera inequívoca.
No se unió al Eje por conveniencia y por precariedad, no por convicción democrática. Si Alemania hubiera aceptado sus demandas territoriales, la historia española habría sido aún más oscura… o no, porque hubiéramos colgado al enano como hicieron en Italia con Benito.
7. El mito del progreso: España avanzó a pesar de la dictadura
El atraso en educación, infraestructuras, investigación y sanidad es unánimemente reconocido por la comunidad académica. España no avanzó por el régimen, sino por factores externos: inversión extranjera, turismo, remesas de emigrantes y modernización inducida por una economía global que evolucionaba al margen de la ideología del dictador.
El franquismo no modernizó: obstaculizó esa evolución que sí tenía una buena base en los años 30.
8. El mito de la ausencia de crímenes de lesa humanidad
La ONU calificó al régimen en 1946 como “fascista y criminal”. España tiene hoy alrededor de 2.500 fosas comunes documentadas y más de 114.000 desaparecidos, según la Ley de Memoria Democrática. Las investigaciones sobre ejecuciones, torturas, desapariciones forzosas y esclavismo penitenciario sitúan el número de víctimas del franquismo entre 150.000 y más de 200.000, dependiendo de la metodología.
Negar estos hechos no es opinión: es negacionismo.
La responsabilidad histórica y democrática
El blanqueamiento de Franco no es un fenómeno espontáneo: es una estrategia política contemporánea que intenta rehabilitar el autoritarismo como opción legítima en el presente.
La defensa de la democracia exige combatirlo con datos, con memoria y con rigor académico.
La historia no está para reabrir heridas, sino para evitar que se pudran. Franco fue una de las mayores lacras de la historia contemporánea de España. Reconocerlo no es militancia: es honestidad intelectual y compromiso democrático. Y que un 55% de la población española no sepa todo esto, dice poco de nuestra capacidad crítica, lo que hace que hoy, por desgracia, estos artículos sigan siendo necesarios.
















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