
Hay una escena que todavía no hemos visto en el cine español, pero que quizá debería rodarse pronto. Empieza con un empresario que se va a vivir a Arabia Saudí para pagar menos impuestos. Lleva su maleta, su banderita en la muñeca, corbata, gomina, gafas de sol.. y un discurso muy claro sobre la libertad fiscal, el peso insoportable del Estado y la injusticia de que Hacienda le quite “lo suyo”. Corte de plano🎬…
… Unos meses después, ese mismo empresario aparece en los informativos pidiendo con urgencia que el Gobierno español movilice recursos públicos para sacarle de allí. Y uno, que tiene tendencia a la ironía, no puede evitar pensar que posiblemente, más que una película berlanguiana, esta sea la mejor campaña pedagógica que hemos tenido nunca sobre para qué sirven los impuestos.
Porque hay que reconocer quela situación tiene algo de experimento social involuntario. Durante años se nos ha explicado que el Estado sobra, que los impuestos son un abuso y que lo verdaderamente eficiente es lo privado. Cuando no hay una necesidad, o ya tienes tu beneficio por herencia (o por mérito) puedes hasta pensar que es un robo que en tu declaración te «quiten» todo lo que te quitan (como si fuera un robo a mano armada).
Sin embargo, cuando las cosas se complican —y hay que mover aviones, activar diplomacia, coordinar rescates o garantizar seguridad— (con todo lo que eso cuesta) resulta que lo privado desaparece con la misma rapidez con la que aparece la factura. – te sonará si has pretendido que te curen algo, de verdad, con tu seguro médico de 19,99€ -.
El caso es que es raro que ninguna aerolínea liberal haya decidido movilizar una flota de rescate gratuita para salvar a cuatro empresarios españoles atrapados a miles de kilómetros. Quizá porque el mercado es muy eficaz… pero no tanto como para perder dinero por altruismo.
Ahí es donde, como cuando vamos al médico, o desaparecen los baches de la carretera, aparece esa vieja estructura que algunos consideran innecesaria: el Estado. Ese “papá ” al que muchos critican mientras todo va bien, o no lo necesitas… pero al que llamas rápidamente cuando las cosas se tuercen y ni tus influencias, ni tus títulos, ni tu dinero pueden ayudarte.
De pronto, quienes nunca necesitaron una ayuda pública (que no quiere decir que no la hayan tenido) pueden intuir, aunque sea por un momento, lo que significa depender de ellas. No porque uno quiera (como cuando yo, por convicción, decido llevar a mi hija a un colegio público), sino porque tu otra opción es acabar en la calle, desamparado, llorando y sin que ni Dios (ni Alá) te salven.
En ese punto, o eres muy tonto y egoísta, o te das cuentas de que las ayudas públicas no existen por capricho. Están ahí para equilibrar desigualdades. Para que quien nace con menos no tenga que quedarse siempre atrás. Para que la sanidad sea un derecho y no un producto. Para que el transporte funcione aunque no sea rentable en cada trayecto. Para que el colegio de un barrio humilde tenga las mismas oportunidades que el de uno acomodado. Y también, llegado el caso, para que un avión nacional vaya a buscar a ciudadanos que se han quedado atrapados en mitad de una guerra.
Es triste que tenga que pasar eso para que te des cuenta de que no hay mayor patriotismo (fiscal) que entender que los impuestos no son un castigo, sino una forma de vivir juntos con cierta dignidad colectiva. Que pagar tributos es, en realidad, la manera más sencilla de cuidar un país.
Quizá por eso, mientras algunos agitan banderas para hablar de lo que significa ser español, otros lo practican de forma mucho más silenciosa cada vez que contribuyen a que el pobre sea un poco menos pobre, a que un hospital funcione o a que un avión público pueda despegar cuando hace falta.
Porque esa es la forma de valorar tu suerte y de, a la vez, ser solidario y cubrirte las espaldas para que no te pase como a muchos en EEUU que mueren por tener una enfermedad con un tratamiento impagable, o se quedan sin ir a la Universidad aún teniendo altas capacidades. Porque si te hubieran herido antes de volver.. seguro que hubieras deseado que te hubiese curado el mejor médico y no uno con un título que le han pagado sus papás. Igual que rezarás (tú que eres católico) para que lleve el avión, el piloto más preparado – que irónicamente, sale de esa igualdad de posibilidades que tanto le gusta ningunear a Ayuso, Abascal…y el resto de zánganos a los que les ríes las gracias.
Moraleja: pensar más allá de uno mismo es, al final, lo que hace que un país funcione.
Porque quiero pensar que cuando esos quince ilicitanos, las mujeres de los futbolistas, los turistas y los empresarios han regresado a casa —gracias a ese Estado que, curiosamente, sí aparece cuando todo lo demás falla— alguno, si no todos, mirarán su próxima declaración de la renta con una perspectiva ligeramente distinta.
Quizá no con entusiasmo. Tampoco nos pasemos. Pero tal vez con una pequeña duda: la de si aquello que durante años llamaron “expolio fiscal” no era, en realidad, una especie de seguro colectivo. Un seguro que no siempre se usa, pero que conviene que exista el día en el que el mundo se complica y no hay aerolínea liberal, ni mercado eficiente, ni libertad espumusa que te saque de allí.
Ese día, de pronto, el Estado deja de ser un estorbo ideológico y vuelve a ser lo que siempre fue: la única compañía que, cuando todo lo demás se cancela, sigue manteniendo el vuelo de regreso.
Y lo curioso es que ese billete —aunque algunos lo olviden— lo pagamos todos, incluidos, irónicamente, los pobres que seguramente, nunca tendrán la suerte de volar a otros continentes.























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