
En Alicante hay proyectos que no envejecen, directamente se eternizan. El Parque Central cumple ya más de 30 años en fase de “ahora sí”, una categoría urbanística propia donde lo importante no es hacer, sino anunciar que algún día se hará. Aquí no se inauguran obras: se inauguran expectativas. Y cada nueva fecha no sustituye a la anterior, se suma, como los anillos de un árbol que nunca llega a crecer. (eso si no lo talan antes, que en Alicante, ya se sabe…)
La semana pasada tocó sesión de ilusión colectiva. Presentación institucional, fotos, titulares y un “proyecto” semisoterrado que prometía transformar la ciudad. Pero lo verdaderamente soterrado, como siempre, no eran las vías, sino los plazos. En Alicante la burocracia no retrasa los proyectos: los convierte en género literario. Un relato por entregas donde cada capítulo acaba con la misma frase: “seguimos avanzando”.
Y en ese avanzar sin moverse, el alcalde Luis Barcala se ha convertido en un especialista. Siete años de mandato dan para perfeccionar una disciplina muy concreta: posar con chaleco, destapar maquetas y señalar planos con gesto serio. La política de obra sin obra, donde la puesta en escena sustituye a la ejecución. Porque mientras las fotos se acumulan, el solar sigue exactamente donde estaba: esperando .
Esta semana el nuevo hito es todavía más afinado: una reunión para empezar a redactar un convenio que definirá los plazos del proyecto. El proyecto ya no tiene plazos: tiene meta-plazos. Es decir, primero acordamos cuándo acordaremos cuándo empieza algo. Una especie de bucle administrativo donde cada paso sirve únicamente para justificar el siguiente anuncio.
Todo ello envuelto, por supuesto, en el lenguaje de la ilusión. “Proyecto transformador”, “impacto positivo”, “voluntad de avanzar lo antes posible”. La retórica sustituye a los hechos con una naturalidad pasmosa. Porque en Alicante el futuro siempre está a punto de empezar, pero nunca termina de arrancar.
Mientras tanto, la ciudad asiste a este espectáculo con una mezcla de resignación y costumbre. Quizá por eso estas burbujas políticas no estallan: porque ya forman parte del paisaje. Aunque a veces, como ha ocurrido con Les Naus, la realidad irrumpe sin previo aviso. Y entonces el problema no es el retraso, sino todo lo que se ha ido escondiendo mientras se hablaba de plazos.
El Parque Central sigue ahí, como una promesa suspendida en el tiempo dentro del relato por redactar, también, de distopías utópicas e insondables de Alicante. Y este viernes, con suerte, dará un nuevo paso decisivo: empezar a decidir cuándo decidirán algo. Treinta años después, Alicante no espera un parque: espera que, algún día, dejen de anunciarlo y empiecen a hacerlo.
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