
Se ha instalado la peligrosa idea de que en materia turística todo vale. Alicante vuelve a rechazar la implantación de una tasa turística incluso en un contexto tan evidente como las Hogueras, una fiesta que multiplica la presión sobre la ciudad. Mientras otras ciudades europeas han entendido que el turismo debe contribuir al mantenimiento del espacio que consume, aquí seguimos anclados en un modelo donde atraer visitantes parece el único objetivo, sin medir sus consecuencias.
El problema no es solo la tasa turística, sino el modelo de ciudad que estamos aceptando sin debate. Nos quedamos sin viviendas accesibles, los precios se disparan y el espacio público se deteriora. Y, sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo la misma: más promoción, más visitantes y ningún mecanismo real de compensación. La idea de que el turista “ya aporta con su consumo” resulta insuficiente cuando los costes colectivos —limpieza , seguridad, infraestructuras— recaen exclusivamente sobre la ciudadanía.
Resulta especialmente llamativo que se aumenten las subvenciones a las Hogueras mientras se descarta cualquier vía de financiación externa. El Ayuntamiento anuncia incrementos presupuestarios —más dinero público para monumentos y organización—, pero renuncia a explorar fórmulas que permitirían repartir mejor el esfuerzo económico. Se socializan los gastos mientras se privatizan los beneficios del turismo, un desequilibrio difícil de justificar. Eso sí, luego no les molan los impuestos, ni la sanidad pública, ni la educación…
La negativa a la tasa turística no es técnica, es ideológica. Se apela a la financiación estatal o autonómica, se esquiva el debate local y se evita cualquier medida que pueda incomodar al sector turístico. Pero gobernar una ciudad implica tomar decisiones incómodas cuando son necesarias, y esta lo es. No se trata de demonizar al visitante, sino de asumir que el uso intensivo de la ciudad tiene un coste. Que bastante nos han subido ya la tasa de basuras este año ¿no?
Porque al final la pregunta es sencilla: ¿quién paga la fiesta? Hoy por hoy, la respuesta parece clara: la pagan los vecinos. Pagan el encarecimiento de la vivienda, el desgaste de los servicios públicos y el impacto ambiental. Y además, con sus impuestos, financian parte del espectáculo. Rechazar la tasa turística no es una decisión neutral; es elegir que el modelo actual continúe sin correcciones. Y eso, más que una política, empieza a parecer una renuncia.




















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