
Gran parte de quienes se dedican a la cultura —o, al menos, de quienes aparentan vivir de ella— lo hacen porque pueden permitírselo. Porque son hijos de papá, porque tienen una red económica previa o porque cuentan con un segundo empleo que garantiza algo tan básico como pagar el alquiler. En muchos casos, ese segundo trabajo es la función pública: profesores, técnicos, personal de la administración. No es una crítica; es una constatación. La cultura, tal y como está planteada, no sostiene vidas completas.
El problema no es solo la precariedad, sino la ficción colectiva que se ha construido alrededor del sector cultural: la idea de vocación como sustituto del salario, de pasión como moneda de cambio, de visibilidad como forma de pago. Se aplaude al creador resiliente, al artista que “se busca la vida”, al que sobrevive con proyectos puntuales, mientras se normaliza que no tenga estabilidad, ni continuidad, ni derechos equiparables a los de cualquier otro trabajador.
Hay, además, un elefante en la habitación del que se habla poco: la estacionalidad. Quienes nos dedicamos a la cultura sabemos que no todos los meses valen lo mismo. Hay picos —festivales, campañas, programaciones intensivas— y largos valles de silencio administrativo y económico. Esa intermitencia genera precariedad, sí, pero también incertidumbre constante. No saber cuándo volverá a entrar un ingreso, ni en qué condiciones, ni bajo qué criterios.
Y aquí conviene hacer un aparte necesario. Si buena parte del trabajo cultural depende de lo público —subvenciones, contrataciones, programaciones institucionales—, al menos debería organizarse con un mínimo de coherencia temporal. El paso de diciembre a enero es especialmente cruel. Mientras la mayoría de trabajadores cobran su paga extra, el actor, el músico, el técnico, el artista o el freelance cultural se enfrenta al mes más largo del año con la cuenta a cero y la agenda vacía. No hay extra, no hay colchón, no hay previsión. Solo espera.
Esta situación se agrava en provincias como Alicante, históricamente menospreciada en inversión cultural y peor pagada que otros territorios. Aquí los presupuestos son más ajustados, las oportunidades más escasas y la competencia más feroz. Se exige profesionalidad con tarifas bajas, se reclama calidad sin garantizar continuidad y se presume de programación cultural mientras quienes la sostienen viven al límite.
Hablar de cultura no debería ser solo hablar de eventos, inauguraciones o titulares. Debería ser hablar de condiciones laborales, de planificación, de respeto al tiempo y al trabajo ajeno. Porque la cultura no puede seguir siendo un lujo sostenido por quienes pueden permitirse no vivir de ella. Y porque, si no se corrige este modelo, el talento no desaparecerá: simplemente se irá a otro sitio… o a otro sector.
Y de la misma manera, la calidad acabará siendo lo mismo: un hobbie secundario sin ningún tipo de continuidad.

















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