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El odio como refugio

14 de marzo de 2026 por La Discordante de Alicante Deja un comentario

Hay personas que dedican horas, días enteros, a insultar a desconocidos en redes sociales. No se trata de un arrebato ocasional, ni de un desacuerdo político intenso. Es otra cosa: una ocupación. Una forma de estar en el mundo. Una identidad construida a base de desprecio.

Desde la sociología y la psicología social sabemos que el odio raramente nace de la fuerza. Nace de la frustración, de la sensación de pérdida y, sobre todo, de la impotencia. Quien odia de forma compulsiva no está tanto reaccionando a lo que el otro dice como a lo que el otro representa: un recordatorio de su propia irrelevancia o de su miedo a quedarse atrás.

Las redes sociales han convertido esa emoción antigua en un sistema de amplificación permanente. El anonimato o el pseudónimo no solo protegen: desinhiben. La distancia digital elimina los frenos morales que normalmente operan en la interacción cara a cara. Es el fenómeno que la psicología denomina desinhibición online: cuando la identidad se diluye, la responsabilidad también lo hace. El insulto deja de sentirse como un acto agresivo y se experimenta como una descarga emocional.

La cobardía es parte de la ecuación. No porque quien insulta detrás de un alias sea necesariamente un cobarde en otros ámbitos de su vida, sino porque el anonimato permite una forma de violencia que nunca se sostendría bajo la mirada directa del otro. El pseudónimo crea una ficción de impunidad. Y la impunidad, incluso la imaginada, es una de las condiciones que más facilitan la agresión.

Pero reducirlo a un problema individual sería simplificar demasiado. El odio contemporáneo también tiene arquitectura política. España arrastra un problema histórico que rara vez se aborda con honestidad sociológica: la guerra civil no terminó culturalmente en 1939. Terminó militarmente. Las fracturas simbólicas, morales y familiares permanecieron durante generaciones. Durante décadas, el conflicto fue silenciado más que elaborado. El resultado es una sociedad donde las identidades políticas siguen organizándose en torno a imaginarios de guerra: vencedores y vencidos, patriotas y traidores, “rojos” y “enemigos de España”.

Las redes sociales han reactivado ese marco mental porque funcionan mejor cuando el mundo se simplifica en bandos. El algoritmo premia la indignación, la simplificación y la confrontación. El debate complejo no circula bien; el insulto sí. Y, por eso, no sorprende que los ataques más violentos se dirijan contra mujeres visibles en la política, especialmente cuando se identifican con posiciones progresistas o feministas. En ese punto confluyen dos dinámicas: la polarización política y la misoginia.

La sociología del odio digital muestra un patrón constante: cuando una mujer ocupa espacio público —opinando, legislando, liderando— no solo se cuestionan sus ideas. Se cuestiona su derecho mismo a estar ahí. Los insultos que reciben rara vez se dirigen a su capacidad profesional. Se dirigen a su cuerpo, su sexualidad o su legitimidad como mujeres.

Es lo que muchas investigadoras llaman castigo de género. Un mecanismo informal que busca recordar que el espacio público ha sido históricamente masculino. Aquí aparece una paradoja relevante. Muchos de los agresores se presentan a sí mismos como defensores de una masculinidad fuerte, tradicional o “real”. Sin embargo, el comportamiento que adoptan en las redes es profundamente dependiente: necesitan la aprobación de una comunidad digital, repiten consignas, participan en campañas coordinadas de hostigamiento y rara vez actúan solos. La masculinidad que reivindican es performativa, casi ritual. Se demuestra insultando.

En términos psicológicos, este tipo de comportamiento suele responder a una identidad frágil. Cuando una identidad se percibe amenazada —sea nacional, política o de género— tiende a reaccionar de forma más agresiva. La agresividad funciona entonces como una defensa frente a la inseguridad.

Lo inquietante es cuando ese odio deja de ser exclusivamente verbal. Cuando la violencia simbólica encuentra continuidad en la vida cotidiana. El paso de la red a la puerta de casa no es un salto inesperado; es una escalada. La deshumanización progresiva que se produce en los entornos digitales reduce la empatía hacia la víctima. Si alguien ha sido convertido durante meses en un objeto de burla, desprecio o amenaza colectiva, aparece un punto en el que algún individuo decide actuar. A veces por fanatismo, otras por búsqueda de notoriedad.

Ese momento revela algo incómodo: el odio raramente es espontáneo. Se cultiva cuando se normaliza en tertulias y discursos políticos, cuando los algoritmos lo recompensan con visibilidad y cuando la impunidad se convierte en norma.

La pregunta, por tanto, no es solo por qué algunas personas odian de forma tan desmesurada. La pregunta es qué tipo de ecosistema social permite que ese odio se convierta en una actividad cotidiana, casi rutinaria.

Las sociedades democráticas siempre han tenido conflictos ideológicos intensos. Lo nuevo no es la discrepancia. Lo nuevo es la banalización de la violencia verbal y la facilidad con la que se organiza colectivamente. En última instancia, el odio persistente suele ser un síntoma de algo más profundo: una crisis de pertenencia. Cuando las personas sienten que no tienen control sobre su vida, su economía o su estatus social, buscan explicaciones simples y culpables visibles. Las redes sociales ofrecen ambos.

Pero ninguna sociedad puede sostenerse mucho tiempo si convierte el desprecio en su lenguaje común. El odio es adictivo, porque simplifica el mundo. Pero también es estéril. No produce comunidad, no produce conocimiento, no produce política. Solo produce ruido.

Y a veces, demasiado a menudo, produce miedo. Y por eso, es necesario legislarlo y obligar a quien gestiona las redes ponga límites. Hay uno muy sencillo, asociar las cuentas a DNIs no eliminaría todo el problema, pero convertir en denunciable al agresor, sí puede ser un principio. O el final de una tónica que se ha convertido en peligrosa.

Publicado en: Crítica Social, España, noticias breves, opinión, Psicología - Sociología, repetibles, REVISTA, SOCIAL




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